El sol caía suave aquella tarde, iluminando el patio de la escuela. Laura y Cristian se sentaron bajo su árbol favorito, lejos del bullicio de los demás niños. Cristian, con su característico impulso, sacó de su bolsillo una pequeña cajita que Laura no había notado antes.
-¿Qué es eso? -preguntó ella, intrigada.
Cristian sonrió, un poco nervioso.
-Abre -dijo.
Dentro, brillaba un anillo pequeño, simple pero con un encanto especial. Laura lo tomó entre sus dedos y lo observó asombrada.
-Es... hermoso.
-Es para ti -dijo Cristian, con una sonrisa tímida-. Prométeme algo, Laura.

Ella lo miró con atención.
-¿Qué cosa?
-Prométeme que siempre lo vas a guardar -dijo él, extendiendo la mano para que colocara el anillo-. Y que nunca olvidarás nuestras promesas.
Laura, con el corazón latiendo fuerte, asintió.
-Lo prometo.
Cristian tomó aire y comenzó a contarle sus sueños, con la seriedad que solo él podía tener a los siete años:
-Cuando seamos grandes... nos vamos a casar. Tendremos una casa blanca, con una ventana que dé a un lago hermoso, ¿sabes? Y ahí... ahí seremos muy felices.
Laura lo miró maravillada, su timidez desapareciendo un poco ante la pasión de Cristian por sus planes.
-Sí... -susurró-. Yo también quiero eso.
Cristian la tomó de la mano, apretándola suavemente.
-Entonces lo haremos realidad. Te lo prometo.
Ese pequeño anillo, brillante bajo el sol, se convirtió en un símbolo de algo más grande: un amor inocente, lleno de sueños y promesas eternas, que ni la distancia ni los años podrían borrar.
Nunca pensé que algo tan pequeño pudiera doler tantos años después
Editado: 31.01.2026