El tiempo no se detuvo, aunque en el corazón de Laura hubiera querido congelarse aquel último día en que vio a Cristian.
Los primeros meses en su nueva ciudad fueron extraños. Nueva escuela, nuevos rostros, nuevas rutinas. Al principio le costó adaptarse: tímida, callada, siempre comparando todo con lo que había dejado atrás. Pero poco a poco la vida la empujó a seguir.
Laura comenzó a hacer amigas en su salón. Descubrió que no era tan difícil compartir risas en los recreos, ayudar en las tareas y contar secretos bajo el murmullo de las clases. Con ellas aprendió a sentirse parte de algo, aunque por dentro aún guardara un vacío.
Cada año fue avanzando de grado, más responsable, más centrada en sus estudios.
Pero también, como toda adolescente, comenzaron a importarle cosas nuevas: su cabello castaño largo, que peinaba con cuidado cada mañana; la ropa bonita que escogía para sentirse bien; y esa ilusión de verse arreglada frente al espejo, como si así pudiera darle forma a los cambios de su vida.
De los 8 pasó a los 9, luego a los 10, después a los 11 y 12… hasta que, sin darse cuenta, llegó a los 13 años.
Aunque mucho había cambiado a su alrededor, algo en ella seguía intacto: el recuerdo de Cristian.
El anillo que él le había regalado, guardado como el tesoro más preciado, brillaba cada vez que lo miraba. Era su manera de no olvidar, de sentirse conectada con ese niño de ojos marrones que le había prometido un futuro juntos.
Y así, mientras soplaba las velitas de su cumpleaños número trece, Laura se dio cuenta de que, aunque habían pasado cinco años, su corazón aún le pertenecía a él.
Cristian
mi familia y yo nos fuimos del país a EstadosUnidos, pasaron 5 años y todavía recuerdo a esa niña tímida y bonita que nuestro amor creció en la primaria, en cambio yo comencé una etapa de mi vida" la secundaria " ahí hice amigos y la verdadera es que cambie demasiado
Editado: 21.02.2026