El 4 de marzo llegó más rápido de lo que Laura esperaba. Trece años ya... un número que sonaba grande, aunque por dentro aún sintiera que una parte de ella seguía siendo la niña que alguna vez corrió por los pasillos de su antigua escuela junto a Cristian.
Ese día su madre la llevó a una piscina para celebrar. Laura sonreía, saludaba a sus amigas y soplaba las velitas del pastel, pero en el fondo había un vacío que no sabía ocultar.
No estaba él.
El chico de las promesas, el que le había regalado un anillo que todavía brillaba en su dedo.
Veinte días después, exactamente a las 12:00 del 24 de marzo, Laura tomó el Facebook de su madre y escribió con nerviosismo:
-¡Feliz cumpleaños, Cristian! 🎂✨
El corazón le latía fuerte mientras esperaba una respuesta. Y llegó.
El mensaje de él apareció en la pantalla y Laura sintió un cosquilleo extraño, mezcla de alegría y miedo.
Entonces, sin pensarlo demasiado, escribió rápido:
-Cristian... no es mi mamá. Soy yo, Laura.
Hubo un silencio corto. Hasta que él contestó:
-¿Laura? ¿De verdad eres tú?
Las palabras volvieron a fluir, y pronto él le pidió su número para hablar por WhatsApp. Esa noche rieron y recordaron historias de la infancia. Pero Laura también notó algo distinto en él.
Cristian le contó que ya había empezado la secundaria en Estados Unidos. Su forma de hablar era más directa, incluso un poco arrogante a ratos. Tenía nuevos amigos, nuevas rutinas, otra vida completamente diferente.
Y aunque seguía llamándola "mi Laurita", ella podía sentirlo: ya no era el mismo niño de antes.
Editado: 21.02.2026