Las semanas después del reencuentro fueron como un sueño para Laura. Cada día esperaba ansiosa el sonido de una notificación en WhatsApp. Cristian, desde Estados Unidos, parecía emocionado por volver a hablar con ella. Recordaban juegos de la escuela, se reían de tonterías del pasado, y aunque la distancia era enorme, Laura sentía que de alguna manera él estaba cerca otra vez.
Pero poco a poco, empezó a notarlo distinto.
Ya no era el niño tierno que le prometía una casa blanca junto a un lago. Ahora hablaba con más seguridad, a veces con un aire impulsivo que la descolocaba. Usaba palabras nuevas, contaba anécdotas de fiestas, deportes y salidas con amigos que ella ni podía imaginar desde su realidad en Cuba.
Laura lo escuchaba con una mezcla de admiración y tristeza.
Él había cambiado.
Y ella seguía siendo la misma chica sencilla, concentrada en sus estudios, en su pelo, en estar bonita para sentirse segura.
Una tarde, mientras conversaban como siempre, Laura leyó una frase que le heló la sangre:
-"Es que a mi novia le gusta cuando hago eso..."
Laura se quedó paralizada mirando la pantalla.
-¿Novia? -tecleó lentamente.
Del otro lado, los puntos suspensivos aparecieron y desaparecieron antes de que él contestara.
-Sí... tengo novia aquí en la secundaria. No te lo había dicho porque no quería que te sintieras mal.
El corazón de Laura dio un vuelco. Había esperado tanto ese reencuentro, había soñado tantas veces con él... y ahora todo se derrumbaba de golpe.
Intentó sonreír, fingir que no pasaba nada, pero la decepción la consumía por dentro.
Aun así, no podía dejar de hablarle.
Él seguía siendo Cristian.
Su Cristian.
Editado: 21.02.2026