La noticia de que Cristian tenía novia dejó a Laura con un vacío imposible de llenar. Aun así, decidió que debía intentarlo. Tenía que distraerse, vivir nuevas experiencias, convencerse de que podía seguir adelante.
Una noche, en el cumpleaños de una amiga, conoció a un chico llamado Ryan. Era simpático, hablaba mucho y parecía interesado en ella. Pero Laura, entre risas y música, sentía que cada palabra de él pasaba de largo.
Ryan intentó sacar conversación:
Ryan:
—Me han dicho que eres la más aplicada del grupo. Seguro vas a terminar siendo abogada o doctora, ¿no?
Laura (forzando una sonrisa):
—Sí… puede ser. Me gustan los estudios.
Ryan (acercándose un poco más):
—Pues seguro también te gusta bailar, ¿quieres que vayamos a la pista?
Laura (mirando hacia otro lado, aburrida):
—La verdad no mucho, prefiero quedarme aquí.
Ryan siguió hablando, contando anécdotas y chistes. Laura asentía, sonreía por cortesía, pero por dentro no dejaba de comparar todo con Cristian: su risa, su manera de mirarla, sus promesas.
Al final, mientras Ryan seguía entusiasmado, Laura pensó en silencio:
“No importa con quién hable, nadie me hace sentir como él…”
Editado: 21.02.2026