El despertador sonó más fuerte de lo que Laura recordaba. Abrió los ojos lentamente, y la realidad volvió de golpe: ese era su primer día en la high school. Se levantó de la cama con nervios, se vistió con unos jeans ajustados, una blusa clara y dejó su cabello largo suelto, con ese brillo que siempre cuidaba.
Al bajar, su padre la miró con una sonrisa orgullosa.
—Vas a estar bien, hija. Solo sé tú misma.
Laura asintió y tomó su mochila. El camino a la escuela se le hizo eterno, con el corazón acelerado. Cuando llegó, lo primero que la impactó fue lo enorme del edificio: pasillos infinitos, lockers metálicos, decenas de chicos caminando en todas direcciones, riendo, hablando en inglés… Se sentía dentro de una película.
Mientras buscaba su salón, escuchó una voz con un acento que la hizo girar.
—¿Tú eres nueva, verdad?
Era una chica de cabello oscuro y rizado, piel trigueña y una sonrisa espontánea.
—Sí… soy Laura —respondió tímidamente.
—Soy Camila, también soy cubana. —Los ojos de la chica brillaban de emoción—. ¿De qué parte eres?
—De La Habana.
—¡Yo igual! Qué suerte, ven conmigo, así no andas sola.
Laura sonrió, sintiéndose un poco menos perdida. Entraron juntas al salón y Camila la llevó a un grupo de tres estudiantes que ya conversaban animadamente.
—Chicos, ella es Laura, viene de Cuba también.
Un chico alto, de cabello oscuro y ojos marrones, levantó la mano en señal de saludo.
—Soy José, bienvenida.
Junto a él, una chica bajita y risueña dijo:
—Yo soy Gabriela.
Y otra, de mirada intensa y cabello liso, añadió:
—Lia, mucho gusto.
Laura se presentó tímidamente, y el grupo la recibió con calidez. La campana sonó, y el profesor de Historia entró con un aire serio. La clase comenzó en inglés, y Laura, aunque entendía bastante, se esforzaba por seguir cada palabra, escribiendo apuntes nerviosamente.
Camila, al lado, le susurraba explicaciones rápidas cuando la veía perdida. José, en cambio, parecía observarla con curiosidad cada cierto tiempo, aunque Laura no lo notaba.
Durante el receso, el grupo la invitó a almorzar con ellos en la cafetería. Laura aceptó, aliviada de no tener que sentarse sola. Entre charlas y risas, Gabriela le preguntó:
—¿Y qué tal te parece Estados Unidos hasta ahora?
—Es todo muy diferente, pero… creo que me voy a acostumbrar —respondió Laura.
Lia bromeó:
—Ya verás, aquí todo pasa más rápido de lo que imaginas.
José, mientras la escuchaba, no dijo mucho, pero en su mente guardaba un detalle importante: ese apellido que Laura había mencionado en la lista de asistencia le sonaba demasiado familiar. Lo asoció de inmediato con alguien muy cercano a él… pero decidió no decir nada, al menos por ahora.
Laura, sin saberlo, acababa de hacer un lazo con el primo de Cristian. El destino, poco a poco, volvía a tejer su red.
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Editado: 21.02.2026