La primera semana pasó más rápido de lo que Laura imaginó. Cada día se sentía un poco más cómoda en los pasillos de la high school, sobre todo porque ya no estaba sola. Camila la acompañaba siempre, y el grupo de José, Lia y Gabriela la había acogido con los brazos abiertos.
Un viernes por la tarde, mientras guardaba sus libros en el locker, Camila se acercó emocionada.
—¡Laura! El sábado vamos a salir todos al centro comercial. ¿Te animas?
Laura dudó un instante, nerviosa.
—No sé… apenas los conozco.
—Y por eso mismo tienes que ir. Así nos conoces mejor —insistió Camila con una sonrisa traviesa.
Al final, Laura aceptó.
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El sábado, todos se encontraron frente a la entrada del shopping. Gabriela llevaba una bolsa gigante de helio, Lia no dejaba de sacar fotos con su celular, y José, más tranquilo, esperaba recargado contra una pared. Cuando vio llegar a Laura, le dedicó una sonrisa discreta.
—Hola, Lau, ¿lista?
Ella asintió.
El grupo pasó la tarde entre risas, recorriendo tiendas, probándose ropa absurda solo por diversión y comiendo helado en la plaza central. Para Laura todo era nuevo: la cantidad de luces, la música, la gente. Se sentía como en una película, rodeada de amigos que apenas conocía, pero con los que empezaba a sentirse parte de algo.
En un momento, Gabriela sugirió entrar a una tienda de accesorios. Laura, distraída mirando un collar, no notó que José se acercó.
—Te queda bien ese —dijo señalando el colgante que ella sostenía.
Laura lo miró sorprendida.
—¿De verdad? No creo… yo no suelo usar muchas cosas.
—A veces lo simple es lo que más resalta —respondió él, con un tono que la hizo sonrojar.
Camila interrumpió la tensión con una carcajada, probándose unas gafas enormes.
—¡Vamos, chicos! Si no compramos nada, nos van a echar.
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Más tarde, cuando salieron del centro comercial, se sentaron en una fuente iluminada. Entre bromas y confesiones, Laura empezó a reírse como hacía mucho no lo hacía.
Lia la observó y dijo:
—Pareces diferente ahora, ¿sabes? Como si te estuvieras soltando.
Laura sonrió tímidamente.
—Supongo que… sí. Gracias a ustedes.
José la miró de reojo, y aunque no dijo nada, algo en su interior le decía que esa chica no había llegado a su vida por casualidad.
Editado: 21.02.2026