Los días en la high school empezaban a sentirse menos pesados para Laura. El bullicio de los pasillos, los casilleros llenos de libros y las conversaciones a toda prisa eran distintos a lo que había vivido en Cuba. Sin embargo, poco a poco, gracias a Lia, Gabriela y José, comenzó a encontrar un lugar donde encajar.
Aquella mañana, en la clase de historia, la profesora escribía fechas y nombres de presidentes a toda velocidad en la pizarra. Laura apenas alcanzaba a tomar apuntes.
José, sentado a su lado, inclinó la cabeza hacia ella.
-¿Ya entendiste lo que dijo? -le susurró, mientras señalaba la libreta de Laura.
Ella lo miró, algo perdida.
-Más o menos... la verdad es que estoy medio confundida todavía.
José soltó una pequeña risa y le acercó su cuaderno.
-Tranqui, yo te explico después. No es tan complicado como parece.
Laura sonrió con alivio.
-Gracias, José.
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A la hora del almuerzo, el grupo se reunió en la cafetería. Gabriela hablaba sin parar sobre un chico del equipo de fútbol, mientras Lia se reía y hacía comentarios sarcásticos que hacían a todos reír. Laura los escuchaba con atención, sintiéndose más cómoda que los primeros días.
José, en cambio, parecía más observador. A veces intervenía en la conversación, pero la mayor parte del tiempo la miraba a ella, estudiando cada gesto.
-Laura, ¿te gusta la música latina o ya te acostumbraste a lo que ponen aquí? -le preguntó de repente.
Ella sonrió.
-Siempre me va a gustar la salsa y el reguetón, aunque aquí escuchen más pop o rap.
-Bien -dijo José-, porque yo también extraño esas fiestas familiares donde siempre terminábamos bailando.
La respuesta la hizo reír. Por primera vez, Laura sintió que alguien en ese lugar entendía un pedacito de lo que había dejado atrás.
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Ese mismo día, al salir de clases, el grupo decidió ir por helados. Gabriela y Lia se adelantaron entre risas, discutiendo sobre qué sabor era el mejor. Laura y José, sin darse cuenta, se quedaron un poco atrás.
-¿Sabes algo? -dijo José, rompiendo el silencio mientras caminaban-. Me alegra que estés aquí. Eres... diferente, no sé, como si ya hubieras vivido mucho más de lo que aparentas.
Laura lo miró de reojo, sorprendida por su comentario.
-Supongo que la vida te cambia... y yo tuve que crecer rápido.
José asintió despacio, con esa sonrisa tranquila que siempre parecía esconder algo más.
En ese instante, Gabriela los llamó desde adelante:
-¡Vamos, tortolitos! Que se derrite el helado.
Laura rodó los ojos y rio, pero José solo se encogió de hombros con una sonrisa divertida.
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Esa noche, en casa, mientras guardaba sus cosas, Laura se recostó en la cama y escribió en su diario:
"Hoy sentí que alguien me entiende un poco más. José... es raro, pero siento que puedo confiar en él. Aunque no sé por qué, a veces tengo la impresión de que me observa con demasiada atención, como si supiera algo de mí que yo no le conté."
Mientras tanto, en su cuarto, José se quedó pensativo frente a su celular, con la pantalla bloqueada en el chat de un contacto al que no se animaba a escribir: Cristian.
"¿Será ella realmente? -se preguntó- No quiero apresurarme... pero cada palabra, cada gesto, me recuerda demasiado a lo que me contaste de Laura."
Decidió esperar un poco más. Aún no era momento de hablar.
Editado: 13.03.2026