El lunes llegó más rápido de lo esperado. En los pasillos de la escuela se notaba aún el eco de la fiesta de José. Todos comentaban lo mismo: "¿viste el beso de Cristian y Daniela?". Laura hacía lo posible por no escuchar, pero los murmullos se colaban igual en sus oídos.
Daniela, radiante y confiada, caminaba del brazo de Cristian. Reía fuerte, como para que todos la notaran.
-Mi amor -dijo con voz dulce pero mirada calculadora-, ¿te acuerdas que hoy vamos a repasar juntos para el examen? Mi papá dice que puedes venir a casa cuando quieras.
-Sí, claro -respondió Cristian, serio, sin tanto entusiasmo.
Laura estaba en su casillero acomodando libros, fingiendo indiferencia. José la vio desde lejos y quiso acercarse, pero se contuvo. El ambiente estaba demasiado cargado.
Daniela no perdió la oportunidad. Soltó a Cristian un segundo y se acercó a Laura.
-Hola, Lau -sonrió, pero con un tono que no sonaba tan inocente-. Te ves mejor que en la fiesta, ¿descansaste?
Laura levantó la vista y respondió seca:
-Sí, gracias.
Cristian, incómodo, trató de suavizar la tensión.
-Daniela... vámonos, que se hace tarde.
Daniela entrelazó sus dedos con los de él, como si quisiera remarcar el gesto frente a Laura.
-Claro, mi niño, vámonos. -y antes de girar, le susurró a Laura casi en burla-. No te preocupes, yo cuido bien de él.
Laura apretó los dientes, pero no dijo nada.
Mientras caminaban hacia el aula, Cristian notó la incomodidad en Daniela.
-Dani, ¿era necesario? -preguntó en voz baja.
-¿Qué cosa? -respondió ella, fingiendo inocencia.
-Eso de restregarle todo en la cara a Laura...
Daniela se detuvo en seco, molesta.
-¿Todavía piensas en ella, Cristian? ¿Es eso? Porque si es así, mejor dímelo ahora. Yo no voy a dejar que Laura me quite lo que es mío.
Cristian guardó silencio. No quería admitir nada, pero tampoco podía negar lo que aún sentía.
La tercera clase del día era Matemática. Laura estaba sentada en su pupitre, intentando concentrarse, mientras José escribía algo en su cuaderno y Daniela se acomodaba demasiado cerca de Cristian, como si el simple hecho de rozarle el brazo la hiciera feliz.
El profesor estaba por empezar a explicar un ejercicio cuando la puerta se abrió de golpe. La directora entró con una sonrisa formal.
-Buenos días, chicos. Perdón la interrupción -dijo con voz firme-. Hoy tenemos un nuevo compañero en el aula.
De inmediato, todos los ojos se dirigieron hacia la puerta.
Un muchacho alto, de cabello rubio y ojos azules, entró con paso seguro. Llevaba el uniforme impecable y una mochila colgada al hombro. Aunque su apariencia era claramente extranjera, su sonrisa cálida lo hacía cercano.
Holaa,como están espero que muy bien, ya somos más de 400 estamos muy contenta la verdad nunca pensé llegar a tanto y como siempre les doy las gracias por leer, Laur
Editado: 13.03.2026