Un amor inocente

Capítulo 28

El martes amaneció cargado de rumores. En la escuela, apenas Laura puso un pie en el patio, notó las miradas clavadas en ella. Unos susurros aquí, unas risitas allá... todos recordaban lo ocurrido en el recreo del día anterior.

Laura respiró hondo y decidió no agachar la cabeza.
-No me voy a dejar -se dijo a sí misma.

Daniela entró minutos después, con la barbilla en alto y una sonrisa arrogante, como si fuera ella la vencedora del enfrentamiento.

En plena tercera clase, la directora golpeó la puerta del aula. La profesora de Matemáticas se hizo a un lado y la mujer, con gesto serio, pidió:
-Laura Pérez y Daniela Torres, acompáñenme.

Las dos se miraron con furia contenida. Al levantarse, las sillas chirriaron en un silencio cargado de tensión.

Minutos después, la puerta de la dirección volvió a abrirse. Esta vez entraron Cristian y José, también llamados por su participación en el alboroto.

La directora los observó a todos con los brazos cruzados.
-Lo de ayer fue inaceptable. En esta institución no se toleran peleas ni enfrentamientos, mucho menos en horario escolar.

Los cuatro permanecieron en silencio, incómodos, evitando cruzarse las miradas.

-Así que tendrán una sanción. Hoy, después de clases, se quedarán hasta las cinco de la tarde ordenando la zona de la librería, que está hecha un desastre.

Daniela abrió los ojos como platos.
-¿Hasta las cinco? ¡Pero yo...!
-No hay peros -cortó la directora, con voz firme.

Laura no dijo nada, aunque en el fondo pensaba que al menos ese castigo sería una forma de mantenerse ocupada. José se encogió de hombros resignado. Cristian, en cambio, explotó:
-¡¿Hasta las cinco ordenando libros?! Eso es injusto, yo no me peleé con nadie.

-Se acabó la discusión -replicó la directora-. Y más te vale que no vuelvas a protestar, Cristian.

Los cuatro bajaron la cabeza y respondieron casi al unísono:
-Sí...

Cuando salieron de la oficina, en el pasillo, el murmullo de los estudiantes aumentó. Lía y Gabriela se acercaron de inmediato a Laura.
-¿Qué pasó allá adentro? -preguntó Gabriela con ojos curiosos.
-Una sanción... tenemos que ordenar la librería hasta las cinco -explicó Laura.
-¡Uff! Pero tranquila, amiga, nosotras estamos contigo -agregó Lía, dándole un abrazo.

Cristian, un poco más atrás, seguía refunfuñando.
-¡Cinco horas de castigo! Ni que hubiéramos incendiado la escuela... -murmuró con fastidio.

El timbre del recreo sonó a lo lejos, pero la tensión entre los cuatro apenas empezaba.

La jornada de clases terminó y, mientras todos los demás alumnos salían felices rumbo a sus casas, Laura, Daniela, José y Cristian caminaron arrastrando los pies hasta la librería de la escuela.

El lugar estaba hecho un desastre: montones de libros polvorientos en el suelo, revistas amontonadas y papeles amarillentos tirados en cada rincón.

-Genial... justo lo que quería un martes por la tarde -refunfuñó Cristian, pateando una caja vacía.
-Ay, deja de quejarte -saltó Daniela, arrojándole un trapo-. Ponte a trabajar.
-¡No me mandes tú! -respondió Cristian, molesto.

Laura, que intentaba mantenerse al margen, suspiró.
-Miren, si nos organizamos, acabamos más rápido y salimos antes.

José asintió y comenzó a levantar libros.
-Estoy de acuerdo. Daniela, acomoda esa pila. Cristian, ayúdame con los estantes. Laura, tú ve clasificando los textos por materia.

Durante unos minutos trabajaron en silencio, aunque el ambiente estaba cargado de tensión.

De repente, Daniela lanzó una carcajada sarcástica.
-Qué curioso, ¿no? Laura y Cristian "trabajando juntos" otra vez.
Cristian la fulminó con la mirada.
-Ya basta, Daniela.
-¿O qué? ¿La vas a defender como siempre? -insistió ella, con una sonrisa venenosa.

Laura apretó un libro contra su pecho y respondió con calma, aunque la voz le temblaba:
-No necesito que me defiendas, Cristian. Yo puedo sola.

Cristian dio un paso hacia ella, molesto.
-¡Pero si ni siquiera hice nada!

Laura intentó seguir trabajando, pero Daniela volvió a atacar:
-Claro, no hiciste nada... excepto mirarla como si fuera lo más importante del mundo.

La frase cayó como un trueno en la habitación. José tosió incómodo y fingió revisar una caja. Cristian se quedó helado, sin saber qué responder.

Laura dejó el libro sobre la mesa y, sin mirarlos, murmuró:
-Mejor sigamos, que si no, no terminamos nunca.

El silencio volvió, pero esta vez estaba lleno de reproches y palabras no dichas.




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