La semana transcurría lento, y en el aula de informática el ambiente estaba cargado de un silencio inquieto, apenas interrumpido por el tecleo de algunos alumnos. Laura trataba de concentrarse en la pantalla, pero sentía las miradas clavadas en su espalda.
Daniela, sentada unas filas más atrás, no quitaba los ojos de ella. Cada tanto soltaba un comentario venenoso en voz baja, dirigiéndose a una de sus nuevas amigas del salón.
-Mira cómo se hace la inocente... -dijo, lo suficientemente fuerte para que Laura alcanzara a escuchar.
Laura apretó la mandíbula, sin girarse. No iba a darle el gusto de verla alterada.
José, desde su puesto cercano, se inclinó un poco hacia ella.
-Ignórala... no vale la pena.
Antes de que Laura respondiera, Cristian, que estaba del otro lado del pasillo, giró bruscamente la silla.
-¿Quieres callarte de una vez, Daniela? -dijo con voz dura, lo que hizo que toda la clase se girara sorprendida.
Daniela abrió los ojos con fingida inocencia.
-¿Perdón? Solo estaba hablando, ¿o ahora también tengo prohibido hacerlo?
El profesor levantó la voz para llamar al orden, pero la tensión ya estaba servida. Carlos, que observaba todo desde la primera fila, se giró hacia Laura con una sonrisa tranquila.
-Oye, ¿te ayudo con el ejercicio? -le dijo en un tono amable, inclinándose un poco hacia su computadora.
Eso fue suficiente para que Cristian se pusiera rígido, golpeando su teclado con fuerza. Daniela sonrió de lado, satisfecha con la reacción.
Laura, algo incómoda, asintió a Carlos.
-Sí... gracias.
Cristian murmuró entre dientes, con un tono bajo y rabioso:
-Idiota...
Laura lo escuchó y se giró indignada.
-¡Basta ya, Cristian! ¿Qué te pasa?
El silencio en el aula era absoluto. El profesor suspiró, cansado de la situación, y se cruzó de brazos.
-Laura, Cristian, afuera los dos.
Laura cerró los ojos un segundo, harta. Cristian se levantó de mala gana, y ambos salieron de la sala, dejando atrás un murmullo de susurros y miradas curiosas.
En el pasillo, Laura lo encaró.
-¿Qué pretendes? ¿Hacerme quedar mal delante de todos?
Cristian la miró con rabia contenida.
-Lo único que me molesta es ver cómo dejas que cualquiera se te acerque.
-¡No soy tuya! -le espetó ella, sin pensarlo.
Por un momento, los dos quedaron en silencio, respirando agitados. Las palabras de Laura resonaron entre ellos como un golpe que ninguno esperaba.
Laura se quedó mirándolo con el pecho agitado.
-¡No soy tuya! -repitió con más firmeza, como para que no quedara duda.
Cristian apretó los puños.
-¿Y entonces de quién eres, Laura? ¿De Carlos? ¿De José? -su voz estaba cargada de celos y frustración-. Porque parece que cualquiera tiene más derecho que yo a estar cerca de ti.
Laura lo fulminó con la mirada.
-¿Escuchas lo que dices? Nadie tiene derecho sobre mí, ni Carlos, ni José... ¡ni tú!
Cristian la miró fijamente, con una mezcla de rabia y dolor en los ojos.
-Lo único que quiero es que entiendas que me importas... -su voz se quebró por un instante, bajando el tono-. Pero parece que soy el último en tu lista.
Laura dio un paso hacia él, con el rostro serio.
-¿Y crees que dándole celos con Daniela, o gritándome delante de todos, me vas a demostrar eso? Porque si es así, Cristian, lo único que consigues es alejarme más.
Él frunció el ceño, pero no respondió. Se limitó a apartar la mirada hacia el suelo, como si las palabras de Laura lo hubieran golpeado más fuerte que cualquier discusión.
-No entiendes nada... -murmuró al final, con la voz apagada.
Laura lo observó por un momento, sintiendo una punzada en el pecho, pero no dijo más. Dio media vuelta y regresó al aula, dejando a Cristian solo en el pasillo, con la rabia y la confusión mordiéndole por dentro.
-¡No me ignores, Laura! -exclamó, con los ojos brillando entre enojo y desesperación.
Ella se giró bruscamente, forcejeando.
-¡Suéltame, Cristian!
-No -respondió él con firmeza, apretando un poco más-. No voy a soltarte hasta que me escuches.
Laura lo miró con indignación.
-¿Qué más quieres decirme? ¿Que soy una traidora? ¿Que no puedo hablar con nadie más que contigo?
Cristian respiró hondo, tratando de contenerse.
-Quiero decirte que no soporto verte con otros... que me mata ver a Carlos acercándose a ti, a José defendiéndote como si fuera su deber... -su voz bajó un poco, mostrando un atisbo de vulnerabilidad-. Y yo mientras quedo como el idiota que solo grita y se equivoca.
Laura lo observó sorprendida unos segundos, pero luego sacudió la cabeza.
-Entonces cambia, Cristian. Porque mientras sigas actuando así... yo no voy a quedarme a tu lado.
Cristian apretó los labios, sus ojos temblaron como si quisiera responder, pero no encontraba las palabras. Laura aprovechó ese instante de duda, forcejeó con más fuerza y logró soltarse del agarre.
Ella dio un paso atrás, respirando agitada.
-No me busques hasta que aprendas a respetar lo que siento.
Y sin darle oportunidad de decir nada más, Laura se giró y volvió al aula, dejando a Cristian en medio del pasillo, con la mano aún temblando por el vacío de su brazo.
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Editado: 03.04.2026