Un amor inocente

Capítulo 38 – Nuevos ritmos

El lunes se sentía distinto.
No era solo el clima, ni las clases, ni el ruido habitual del pasillo.
Era como si todo estuviera avanzando… aunque nadie lo dijera en voz alta.
Laura caminaba con Lia y Gabriela hacia el aula, escuchando a medias lo que decían.
—Te lo juro, ese profesor me odia —decía Gabriela.
—No te odia, solo no haces nada —respondió Lia sin levantar la vista de su cuaderno.
—¡Claro que hago!… sobrevivo.
Laura sonrió.
—Eso también cuenta.
Lia giró el cuaderno un segundo.
—Miren esto.
Era un nuevo diseño. Más estructurado, más detallado. Ya no parecía solo un dibujo… parecía un proyecto real.
—Esto es increíble —dijo Laura.
Gabriela asintió.
—Cuando seas famosa, quiero ropa gratis.
—No —respondió Lia tranquila—. Tú pagarás el doble.
Las tres rieron.

En el otro extremo del pasillo, Cristian cerraba su casillero cuando José se le acercó.
—Entrenas hoy, ¿no?
—Siempre.
—¿Y el programa del que hablaste?
Cristian dudó un segundo.
—Voy a intentar entrar.
José lo miró con una mezcla de orgullo y seriedad.
—Eso ya es mucho.
Cristian asintió, pero su mirada se desvió automáticamente hacia Laura.
José lo notó.
—Oye… —dijo en voz baja—. Si vas a hacer eso, tienes que estar listo para todo lo que viene con eso.
Cristian no respondió.
Pero entendió.

El recreo fue más tranquilo de lo normal.
El grupo estaba reunido en su mesa de siempre. Sin gritos. Sin tensión.
Solo conversación.
—El sábado deberíamos hacer algo —propuso Gabriela.
—¿Qué? —preguntó Laura.
—Algo fuera de la rutina. Cine, comida… lo que sea.
José levantó la mano.
—Yo apoyo.
—Obvio —dijo Gabriela.
Se miraron.
Y esta vez, nadie dijo nada… pero todos lo notaron.
Lia apoyó el mentón en su mano.
—Yo puedo después de las cuatro. Tengo que terminar un diseño antes.
—¿Otro? —preguntó Laura.
—Sí.
—Estás obsesionada.
—Estoy enfocada.

Cristian llegó unos segundos después.
—¿Qué están planeando?
—Vida social —respondió Gabriela—. Deberías intentarlo.
—Estoy intentando no arruinarla —respondió él.
Laura lo miró.
Y sonrió apenas.

Después de clases, el campo volvió a ser el lugar de Cristian.
El sonido de los pasos sobre el césped, los gritos del entrenador y el golpe del balón marcaban el ritmo de la tarde.
Laura llegó sola esta vez.
Se sentó en las gradas, en silencio, observándolo.
Cristian la vio.
Y, sin darse cuenta, empezó a jugar mejor.
Más concentrado. Más preciso.
Como si supiera que ella lo estaba mirando.
Cuando terminó, caminó hacia ella con la respiración agitada, una sonrisa marcada en el rostro.
—Otra vez aquí, preciosa —dijo, orgulloso.
Laura levantó la mirada, con una sonrisa tímida.
—Me gusta verte jugar, Rodríguez.
Él soltó una risa suave, pasando una mano por su cabello.
—¿Ah sí?
—Sí… se nota que es lo tuyo.
Se hizo un pequeño silencio. No incómodo… sino sincero.
Laura bajó un poco la mirada antes de hablar.
—Cristian… ese programa del que hablaste…
Él se tensó apenas.
—Sí.
—Quiero que lo intentes —dijo ella, mirándolo otra vez—. Que cumplas tus sueños… y disfrutes cada victoria que tengas.
Cristian la observó en silencio, sorprendido.
No esperaba eso.
—¿En serio?
Laura asintió.
—Sí. No quiero que te detengas por nada… ni por mí.
El viento movió suavemente su cabello.
—Si eso es lo que quieres… ve por ello.
Cristian tragó saliva, sintiendo algo más profundo que cualquier emoción impulsiva.
—¿Y nosotros? —preguntó en voz baja.
Laura lo sostuvo con la mirada.
—Nosotros… veremos cómo hacerlo funcionar.
Él sonrió, esta vez sin orgullo… solo con verdad.
—Entonces lo voy a intentar en serio.
—Hazlo —respondió ella suavemente.
Y por un momento…
todo parecía posible.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.