Un amor inocente

Capítulo 42:Equilibrio inestable

El viernes llegó con una energía distinta. En los pasillos se sentía movimiento, emoción… y un poco de nervios.
Laura caminaba junto a Lía y Gabriela, riendo por cualquier cosa.
—Mañana es el partido —dijo Lía emocionada—. Esto se va a prender.
—Y más te vale que griten —añadió Gabriela—, porque yo voy a lucirme.
Laura sonrió. —Siempre lo haces.

Entrenamiento
El silbato sonó fuerte y el equipo se movió al instante.
—¡Cambio de ritmo! ¡Quiero velocidad! —gritó el entrenador.
Cristian recibió el balón y arrancó. Uno, dos… esquivó a dos jugadores con un giro rápido, el tercero intentó cerrarle el paso, pero él cambió de dirección en seco, dejando atrás una estela de frustración.
—¡Vamos, Rodríguez, no te me duermas! —se escuchó desde la banda.
Cristian sonrió apenas, acelerando aún más.
El balón pasó de sus manos a un compañero, corrió en diagonal, recibió de nuevo y, sin pensarlo, lanzó una jugada limpia y precisa.
—¡Eso! —gritó uno de sus compañeros—. ¡Así se juega!
El entrenador caminaba de un lado a otro, observando cada movimiento.
—Otra vez, misma jugada —ordenó.
Esta vez fue más rápido. Más agresivo. Más seguro.
Cristian terminó la jugada con una caída controlada en el césped, respirando agitado, pero con una sonrisa de satisfacción.
Uno de los chicos le dio un golpe en el hombro. —Estás encendido hoy.
—Siempre —respondió Cristian, levantándose.
Mientras volvía a su posición, levantó la mirada hacia las gradas… casi por costumbre.

Después de clases
José llegó, y apenas vio a Gabriela, su expresión cambió.
—Así que porrista…
—Sí —respondió ella.
—Entonces no me pierdo ni un partido.
Gabriela sonrió. —Más te vale.
Laura y Lía intercambiaron miradas cómplices.
El partido
El ambiente estaba encendido.
Gabriela brillaba en la coreografía.
Cristian brillaba en la cancha.
En medio del juego, él levantó la mirada…
y ahí estaba Laura.
Ella le sonrió.
Él respondió… y en la siguiente jugada anotó.
Después del partido
Todo era ruido, risas y celebración.
Gabriela abrazaba a sus amigas. José no dejaba de mirarla.
Pero Cristian… fue directo hacia Laura.
—Vaya… —dijo acercándose— no sabía que gritabas tan fuerte, preciosa.
Laura levantó una ceja, divertida. —Claro… alguien tenía que motivarte.
Cristian sonrió de lado. —¿Ah sí? Entonces ese punto fue gracias a ti.
—Obviamente —respondió ella, cruzándose de brazos—. Sin mí no eres nada.
Cristian soltó una risa baja. —Qué ego, preciosa.
—¿Te molesta? —replicó ella, acercándose un poco más.
—Para nada —dijo él, sin apartar la mirada—. Me encanta.
El ambiente entre ellos cambió. Más ligero… más cercano.
—Jugaste bien —dijo Laura, ahora más suave.
—Lo sé —respondió él con una sonrisa confiada—. Pero jugué mejor porque estabas mirando.
Laura negó con la cabeza, sonriendo. —Eres imposible.
Cristian se inclinó un poco hacia ella. —Y tú sigues viniendo a verme… así que algo te gusta.
Laura sintió el calor subirle al rostro… pero no se echó atrás.
—No te emociones tanto, Rodríguez.
—Ya estás usando mi apellido… vamos avanzando, preciosa.
Laura soltó una risa.
Por un momento, no había peleas, ni celos, ni pasado.
Solo ellos.
A unos metros, Lía miraba la escena con una sonrisa.
—Míralos… —murmuró.
Gabriela asintió. —Cuando están así… parece que sí pueden lograrlo.
José, en silencio, observó a Cristian… y luego a Laura.
Y aunque todo parecía perfecto…
sabía que ese equilibrio no iba a ser tan fácil de mantener.




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