El viernes llegó con una sensación rara.
Nada estaba roto… pero tampoco estaba bien.
—Lau, ese diseño está brutal —dijo Lia, apoyándose en su hombro mientras caminaban.
—Te lo juro, cuando estés en París nos vamos contigo —añadió Gabriela.
Laura sonrió. —Primero tengo que terminarlo bien.
—Ya lo estás haciendo —respondió Gabriela.
Laura asintió… pero su mente no estaba ahí.
Estaba en Cristian.
La cancha hervía.
El sol caía fuerte, el aire estaba pesado y el entrenamiento llevaba más de una hora. Nadie hablaba mucho. Solo respiraciones agitadas, gritos del entrenador y el sonido seco del balón.
—¡Circuito otra vez! —ordenó el entrenador—. ¡Quiero velocidad, no excusas!
Cristian ya estaba sudado, con la camiseta pegada al cuerpo.
Pero no se detuvo.
Nunca se detenía.
Primero sprint.
Luego cambio de dirección.
Control de balón.
Pase.
Gol.
Repetir.
Otra vez.
—¡Rodríguez, más rápido! —gritó el entrenador.
Cristian apretó los dientes y aceleró aún más.
Un compañero, Martín, lo miró con molestia. —¿Siempre quieres lucirte o qué?
Cristian ni lo miró. —Solo juego.
—Sí, claro… “solo juego” —respondió Martín con sarcasmo—. Te crees mejor que todos.
Eso fue suficiente.
Cristian frenó en seco. —¿Tienes algún problema?
—Sí —dijo Martín, acercándose—. Que juegas solo, no en equipo.
El ambiente cambió.
Los demás jugadores dejaron de moverse.
—Si no puedes seguir el ritmo, no es mi culpa —respondió Cristian, seco.
Martín lo empujó del hombro. —Bájale un poco, estrella.
Cristian reaccionó de inmediato.
Le devolvió el empujón con más fuerza.
—No me toques.
—¿Y si lo hago qué? —lo desafió Martín.
En un segundo, estaban cara a cara.
—¡Dale entonces! —soltó Cristian, con los ojos encendidos.
Martín levantó la mano, dispuesto a golpear.
Cristian hizo lo mismo.
—¡EH! ¡YA! —gritó el entrenador, metiéndose en medio y empujándolos a ambos hacia atrás.
Los separó con firmeza.
—¿Qué les pasa? ¿Esto es un equipo o un ring?
Cristian respiraba agitado, con la mandíbula tensa.
Martín escupió a un lado, molesto. —Pregúntale a tu favorito.
El entrenador se giró hacia Cristian. —¿Esto es lo que eres ahora? ¿Un jugador que pierde la cabeza?
Cristian no respondió.
—Porque te aviso algo, Rodríguez —continuó—. Allá afuera, donde quieres llegar… esto no te va a servir de nada.
Silencio.
Pesado.
Real.
—Vuelvan a la línea —ordenó—. Y si alguien más pierde el control, se va.
Cristian caminó de regreso sin mirar a nadie.
Pero por dentro…
ardía.
Recreo
—Hoy tengo práctica otra vez —dijo Gabriela emocionada—. Estoy nerviosa.
—Te va a ir increíble —respondió José, sin dudar.
—¿Vas a ir a verme? —preguntó ella, medio en broma.
José sonrió. —Claro.
Lia miró a Laura. —Ok… esto ya es oficial.
—¡Cállate! —dijo Gabriela riendo.
Laura sonrió… pero al levantar la vista, vio a Cristian.
Más serio.
Más tenso.
En el patio, el grupo estaba reunido.
Gabriela hablaba emocionada de su práctica de porristas, Lia hacía bromas… José la escuchaba con esa sonrisa que ya decía demasiado
Cristian se acercó.
—¿Se puede? —preguntó.
—Claro —respondió José.
Se sentó.
—Hola, preciosa —dijo Cristian, sin mirarla del todo.
—Hola… —respondió Laura, notando el tono.
—¿Todo bien? —preguntó ella.
—Sí —contestó él, seco.
Silencio.
—¿Y tu mano? —insistió Laura al ver los nudillos marcados.
Cristian la escondió ligeramente. —Nada.
—Cristian…
—Ya dije que nada —la cortó, más brusco de lo necesario.
El ambiente cambió.
Gabriela dejó de hablar.
Lia miró a Laura.
José frunció el ceño.
Laura se tensó. —Solo estaba preguntando.
Cristian se levantó. —No es para tanto.
—No, pero tampoco tienes que responder así —dijo ella, firme.
Él la miró… con esa mezcla de cansancio y molestia. —No tengo ganas de hablar ahora, Laura.
Y se fue.
Así.
Sin más.
Nadie habló por unos segundos.
—Ok… —murmuró Lia— eso estuvo raro.
Laura bajó la mirada. —Sí…
Gabriela la miró con preocupación. —¿Estás bien?
—Sí… —respondió, aunque no sonaba convencida.
José no dijo nada.
Pero se levantó.
—Ahora vengo.
Cristian estaba detrás del gimnasio, apoyado contra la pared, mirando el suelo.
José se acercó despacio.
—¿Se puede o también me vas a cortar? —dijo con calma.
Cristian soltó una pequeña risa sin humor. —Di lo que viniste a decir.
José se cruzó de brazos. —¿Qué te pasa?
—Nada.
José negó. —No me vengas con eso. Te conozco.
Cristian pateó una piedra con frustración. —Estoy cansado, ya.
—No es solo eso.
Silencio.
—Es el programa, ¿no? —insistió José.
Cristian apretó la mandíbula.
—Sí… es eso —admitió finalmente—. Y todo lo demás.
José asintió. —¿Y por eso le hablas así a Laura?
Cristian levantó la mirada. —No le hablé mal.
José lo miró serio. —Sí lo hiciste.
Cristian desvió la mirada. —No tengo la cabeza para explicarle todo ahora.
—Entonces díselo —respondió José—. Pero no la apartes así.
Cristian suspiró, pasándose la mano por el pelo. —No quiero que se meta en esto.
José frunció el ceño. —Ya está metida, Cristian. Es Laura.
Silencio.
—Si te importa… —añadió José— no la alejes cuando más lo necesita.
Cristian se quedó callado.
Las palabras le pesaban.
—No sé cómo manejarlo —admitió en voz baja.
José se suavizó un poco. —Aprende… pero no a costa de ella.
Cristian cerró los ojos un segundo.
—Voy a pensarlo.
José asintió. —Hazlo rápido.
Editado: 13.05.2026