Un amor inocente

Capítulo 47: Algo no encaja

El lunes amaneció pesado.
No por el clima… sino por esa sensación rara que a veces aparece sin aviso. Como si algo estuviera a punto de cambiar, aunque nadie supiera exactamente qué.
Laura lo sintió desde que salió de casa.
Y no se equivocaba.
En la escuela, el ambiente parecía normal.
Risas en los pasillos, mochilas cayendo, saludos de siempre.
Pero cuando Laura entró al aula… lo vio.
Cristian.
Sentado en su lugar.
Callado.
Demasiado callado.
No estaba con el celular.
No estaba molestando a nadie.
Solo… estaba ahí.
Pensando.
Laura frunció ligeramente el ceño.
—¿Lo viste? —susurró Gabriela sentándose a su lado.
—Sí… —respondió Laura sin apartar la mirada—. Está raro.
Lía se inclinó un poco. —Desde que llegó no ha dicho casi nada.
Laura bajó la vista, inquieta.
Eso no era normal.
Durante la primera clase, el silencio de Cristian se volvió más evidente.
Ni una broma.
Ni una mirada.
Ni siquiera cuando el profesor hizo un comentario que normalmente habría aprovechado.
José, desde su asiento, lo observaba de reojo.
Sabía que algo pasaba.
Pero tampoco sabía cuánto podía decir.
En el recreo, Laura estaba con Lía y Gabriela cuando lo vio pasar.
Solo.
Sin detenerse.
Sin mirarla.
Eso le dolió más de lo que esperaba.
—Ok, eso sí es raro —dijo Gabriela—. Ni te saludó.
Laura apretó los labios.
—Voy a hablar con él.
—¿Segura? —preguntó Lía.
—Sí.
Lo encontró cerca de los casilleros.
Apoyado, con la mirada perdida.
—Cris.
Cristian levantó la vista.
Por un segundo… su expresión cambió.
Suave.
Casi como antes.
—Lau… —dijo.
Pero duró poco.
—¿Qué pasa contigo? —preguntó ella directamente.
Cristian desvió la mirada.
—Nada.
Laura cruzó los brazos.
—No te creo.
Silencio.
—Estoy bien —insistió él.
—No estás bien —respondió ella—. No me miras, no hablas… ni siquiera me saludaste.
Cristian soltó aire, frustrado.
—Solo estoy… ocupado.
Laura lo miró fija.
—¿Ocupado en qué?
Él dudó.
—Cosas.
Laura frunció el ceño.
—Siempre dices eso cuando no quieres hablar.
Eso le pegó.
Cristian apretó la mandíbula.
—No todo gira alrededor de ti, Laura.
El silencio fue inmediato.
La frase cayó pesada.
—No dije eso… —respondió ella, dolida.
—Pero actúas como si sí —replicó él, más seco de lo que quería.
Laura retrocedió un paso.
—¿Sabes qué? Olvídalo.
Cristian pasó una mano por su cabello, frustrado.
—Lau…
Pero ella negó con la cabeza.
—No, en serio. Si no quieres hablar, no lo hagas.
Se dio media vuelta.
Y se fue.
Desde lejos, José vio todo.
Suspiró.
—La estás cagando… —murmuró.
Más tarde, en el taller, Laura intentaba concentrarse.
Pero no podía.
Su lápiz se detenía a cada rato.
Su mente volvía a la misma escena.
—¿Otra vez pensando en él? —preguntó Gabriela suavemente.
Laura suspiró.
—No lo entiendo…
Lía apoyó su mano sobre la mesa. —Dale espacio. A veces la gente se cierra cuando no sabe qué hacer.
Laura asintió, aunque no estaba convencida.
—Sí… pero…
No terminó la frase.
Porque en el fondo…
sentía que no era solo eso.
Al final del día, Cristian salió del colegio sin esperar a nadie.
José lo alcanzó.
—Ey.
Cristian no respondió.
—¿Vas a seguir así? —preguntó José.
—¿Así cómo?
—Como si nada importara.
Cristian se detuvo.
—No empieces.
José lo miró serio.
—Laura no tiene la culpa de lo que te pasa.
Cristian apretó los puños.
—No sabes nada.
—Entonces dime.
Silencio.
Cristian negó con la cabeza.
—No puedo.
José suspiró.
—Entonces deja de lastimarla por algo que ni siquiera entiende.
Esa frase se le quedó clavada.
Pero Cristian no respondió.
Esa noche, Laura miró su celular más de una vez.
Esperando.
Un mensaje.
Una señal.
Algo.
Pero no llegó nada.
Y sin darse cuenta…
ese lunes no solo fue incómodo.
Fue el comienzo de una distancia
que ninguno de los dos sabía cómo detener.




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