Un amor inocente

Capítulo 49:Noticias que cambian todo

El miércoles por la tarde la casa estaba en silencio.
No era un silencio incómodo… era tranquilo. De esos que normalmente a Laura le gustaban.
Pero ese día no.
Ese día sentía algo raro en el pecho.
Como si algo estuviera por pasar.
Como si su vida estuviera a punto de moverse… sin preguntarle.

Subió a su habitación sin prisa.
Kai, su pequeño Golden Retriever, la siguió como siempre, torpe y feliz, chocando un poco contra la puerta al entrar.
—Tú sí que no piensas en nada… —murmuró ella, acariciándole la cabeza.
Ojalá fuera así de simple.

Se sentó frente a su laptop.
No tenía nada urgente que hacer, pero necesitaba distraerse.
Abrir el correo fue automático.
Una costumbre.
Un gesto vacío.

Hasta que dejó de serlo.

Un correo nuevo.
Remitente desconocido.
Asunto:
Programa de formación — Diseño de joyas — París

El mundo se le quedó en silencio.
Literal.
Como si alguien hubiera bajado el volumen de todo.

—No… —susurró.
Pero ya lo estaba abriendo.

Cada palabra que leía hacía que su respiración cambiara.
Más corta.
Más rápida.
Más intensa.

“Nos complace informarle…”
“Ha sido seleccionada…”
“Talento emergente…”
“Programa en París…”

Sus manos empezaron a temblar.
El cursor parpadeaba frente a ella.
Pero Laura ya no lo veía.

Porque su mente se había ido a otro lugar.

París.
Talleres.
Diseños.
Escaparates llenos de joyas.
Su nombre.
Su trabajo.
Su sueño.

Y entonces…
algo más.

Cristian.

El contraste le cayó de golpe.
Como si alguien la hubiera empujado de una nube.

—Esto no puede ser real… —murmuró, con la voz quebrada.
Volvió a leer.
Despacio.
Como si necesitara convencerse.
Como si buscara un error.

Pero no lo había.

Era real.

Y eso era lo más aterrador.

Se llevó una mano al pecho.
Su corazón latía tan fuerte que dolía.
No era solo emoción.
Era miedo.

Porque ese correo no solo significaba una oportunidad.

Significaba una decisión.

Y las decisiones…
cambian cosas.

—Papá… —susurró.
Y de pronto no pudo quedarse quieta.

Se levantó tan rápido que la silla se movió hacia atrás.
Bajó las escaleras casi corriendo, con la laptop en las manos, sin pensar en nada más.

—¡PAPÁ! —gritó.
Su voz salió más temblorosa de lo que esperaba.

Su padre levantó la vista de inmediato.
Sofía salió de la cocina.
Liam frunció el ceño.

—¿Qué pasó? —preguntó él.
Laura no podía hablar bien.
Sentía la garganta cerrada.

—Miren… —dijo, acercándose—. Solo… miren…

Le entregó la laptop a su padre.
Se quedó de pie.
Inmóvil.
Observando su cara.

Cada segundo se sintió eterno.

Su padre leía.
Sofía se inclinó a su lado.
Liam se acercó curioso.

Y Laura…
sentía que si hablaba…
iba a llorar.

—Laura… —dijo su padre finalmente.
Y en su voz había algo que la hizo quebrarse un poco más.

—Esto es… increíble.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—¿Sí? —preguntó en un susurro.
Como si necesitara permiso para creerlo.

Sofía la miró con una sonrisa suave, emocionada.
—Es más que increíble… es tu sueño.

Eso fue suficiente.

Las lágrimas salieron.
No de tristeza.
No del todo.

De algo más grande.

—Me aceptaron… —dijo, riendo entre lágrimas—. Mamá… me aceptaron…

Liam abrió los ojos.
—¿Te vas a París? —preguntó, impactado.

Laura dudó.
Ese “te vas”…
pesó.

Porque ahí estaba.
La realidad.

No era solo una oportunidad.
Era irse.

—No lo sé… —admitió—. No sé qué hacer…

Su padre dio un paso hacia ella.
—Sí lo sabes.

Laura lo miró.

—Esto es lo que siempre quisiste.

Su corazón dio un vuelco.

Sí.
Lo era.

Pero no era lo único que quería.

—Tengo miedo… —susurró.

Sofía tomó su rostro entre las manos.
—Eso significa que es importante.

Laura cerró los ojos un segundo.

—¿Y si… cambia todo?

Su padre sonrió con tristeza suave.
—Va a cambiar.

Esa honestidad le dolió.
Pero también…
la sostuvo.

—Pero eso no es malo —añadió él—. Crecer nunca es quedarse igual.

Laura soltó una risa nerviosa.
—No estoy lista para crecer tanto…

Liam intervino:
—Pues te toca igual —dijo—. Porque vas a romperla allá.

Laura lo miró, riendo entre lágrimas.
Y lo abrazó.

—Los amo…

Y por un momento…
todo se sintió bien.

Pero no completo.

Porque en el fondo…
faltaba alguien.


Minutos después, Laura subió a su habitación.
Cerró la puerta.
Se apoyó en ella.

Y ahí…
sin nadie mirando…
dejó de sonreír.

Respiró hondo.

—París… —susurró.

Y luego…
sin poder evitarlo…

—Cristian…

Se llevó una mano al rostro.

—¿Qué voy a hacer contigo…?

No lloró.
Pero estuvo cerca.

Agarró el celular rápidamente.
Necesitaba hablar.
No pensar.

Videollamada.
Gabriela.
Luego Lía.

—¡Contesten, por favor…!

Aparecieron.

—¿Qué pasó? —preguntó Gabriela.
—Laura, estás pálida —añadió Lía.

Laura sonrió.
Pero sus ojos la delataban.

—Me voy a París.

Silencio.

Explosión.

—¡¿QUÉ?!

Risas.
Gritos.
Incredulidad.

Laura giró la cámara, mostró el correo, habló rápido, casi sin respirar.

—No sé qué hacer… —admitió finalmente.

Gabriela la miró seria.
—Sí sabes.

Lía asintió.
—Este es tu sueño.

Laura bajó la mirada.

—Sí… pero…

No terminó.

Porque no quería decirlo en voz alta.

Que su sueño…
tenía el mismo peso que perder algo.

Y ese “algo”…
tenía nombre.

Gabriela suavizó la voz.
—Laura… ¿es por Cristian?

Silencio.

Laura no respondió.

Pero no hacía falta.

Lía habló con suavidad:
—Si es real… va a resistir.

Laura cerró los ojos un segundo.

Ojalá fuera tan simple.

Porque en el fondo…
sabía algo que le dolía admitir.

El amor no siempre pierde por falta de sentimientos.

A veces…
pierde por caminos distintos.




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