Un amor inocente

Cap 50

El jueves cayó con un peso distinto.
Laura despertó temprano, pero no descansada. Había soñado con calles de París, vitrinas llenas de joyas… y, en medio de todo, la voz de Cristian llamándola.
Se sentó en la cama, mirando su celular.
Nada nuevo.
Pero algo dentro de ella sabía que ese día no iba a ser normal.

En el colegio, todo parecía igual… pero no lo era.
Laura estaba más callada.
Más en su cabeza.
Gabriela y Lía lo notaron de inmediato.
—¿Vas a decirle hoy? —preguntó Gabriela en voz baja.
Laura tragó saliva.
—No sé…
Lía apoyó su mano sobre la mesa. —No puedes guardártelo mucho tiempo.
Laura asintió.
Sabía que tenían razón.

Al otro lado del aula, Cristian tampoco estaba mejor.
No hablaba.
No bromeaba.
No miraba a nadie… excepto a Laura.
Y cuando lo hacía, apartaba la vista rápido.
Como si sostener esa mirada fuera demasiado.

José lo observaba en silencio.
Sabía exactamente lo que estaba pasando.
Y sabía que ya no había forma de evitarlo.

En el recreo, Cristian finalmente tomó una decisión.
Se acercó.
Directo.
Sin rodeos.
—Lau… —dijo.
Laura levantó la vista.
Su corazón se aceleró de inmediato.
—¿Sí?
Cristian dudó apenas un segundo.
—¿Podemos hablar? A solas.
Laura sintió un nudo en el estómago.
—Sí…

Caminaron hasta un rincón más apartado del patio.
El ruido del colegio seguía ahí… pero entre ellos, todo se sentía lejano.
Pesado.
Importante.

Ninguno habló de inmediato.

Hasta que Cristian soltó:
—Tengo que contarte algo.

Laura lo miró.
Su voz ya le decía que no era algo pequeño.

—Yo también… —respondió suavemente.

Se miraron.
Y en ese momento…
ambos supieron que lo que iban a decir…
iba a cambiar todo.

Cristian respiró hondo.
—Me llegó una oportunidad… —empezó—. Para irme a entrenar fuera.
Laura sintió el corazón en la garganta.
—¿Fuera…?
—Sí —asintió—. A California.

Silencio.

Laura parpadeó.
Una vez.
Dos.

—¿Irte…? —repitió, en un susurro.

Cristian asintió.
—Es una beca… para fútbol. Es… importante.

Laura sintió algo romperse muy despacio dentro de su pecho.

—Claro que es importante… —dijo, intentando sonreír—. Es tu sueño.

Pero su voz no sonó como quería.

Cristian la miró fijo.
—Lau…

Pero ella negó suavemente.
—Espera… —susurró—. Yo también tengo que decirte algo.

Ahora fue el turno de Cristian de tensarse.

Laura respiró hondo.
—Ayer… me llegó un correo.

Sus manos temblaron un poco.

—Me aceptaron en un programa de diseño de joyas… en París.

El silencio fue absoluto.

Cristian no reaccionó de inmediato.

París.

Se quedó quieto.
Procesando.

—¿París…? —repitió.

Laura asintió.
—Sí…

Se miraron.

Y por primera vez…
no había celos.
No había orgullo.

Solo realidad.

Dos sueños.
Dos caminos.
Dos direcciones distintas.

Cristian pasó una mano por su cabello, nervioso.
—Wow…

No era lo que quería decir.
Pero era lo único que le salió.

Laura bajó la mirada.
—Sí…

El silencio volvió.
Más pesado.
Más real.

—Supongo que… —empezó Cristian— esto es bueno, ¿no?

Laura soltó una pequeña risa sin humor.
—Sí… debería serlo.

Se miraron otra vez.

Pero ahora…
ya no era igual.

Porque en ese instante…
los dos entendieron algo que ninguno quería decir en voz alta.

Que tal vez…
quererse no iba a ser suficiente.

Cristian dio un paso más cerca.
—Lau… yo no quiero alejarme de ti.

Laura levantó la mirada.
Sus ojos brillaban.
—Yo tampoco.

—Pero esto… —añadió él— no es algo que podamos ignorar.

Laura negó suavemente.
—No.

Silencio.

—¿Qué hacemos? —preguntó él, casi en un susurro.

Laura no respondió de inmediato.

Porque no tenía una respuesta.

Porque no existía una respuesta fácil.

Solo decisiones.

Y consecuencias.

Finalmente, lo miró.
—No lo sé…

Y esa fue la verdad más honesta que pudieron darse.

El timbre sonó a lo lejos.
Pero ninguno se movió.

Porque en ese momento…
el mundo siguió avanzando.

Pero ellos…
se quedaron quietos.

En medio de algo que todavía no era un final…
pero que ya no se sentía como un principio.

Y por primera vez…
el futuro dejó de ser un sueño compartido.




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