Un amor para Nebraska

Capítulo 3: Nebraska

—Lo bueno de Cork es que no hace demasiado calor incluso en verano—informa Arizona—. Yo soy team invierno. Es agradable venir de un lugar cálido de cuarenta grados a este pueblo con la mitad de los grados.

—Mami, tengo hambre.

—Ahora comemos algo, Angie, aguanta un poco más.

Arizona saca una bolsa de caramelos y le da uno a mi hija bajo mi mirada atenta.

—No comiences con tus reproches, Nebra. Un caramelo engañará el estómago de tu hija.

No digo nada, saco mi celular y busco el número del abogado, quien insistió en venir por nosotras al aeropuerto.

Él no responde, pero llega un mensaje pidiendo que vayamos a la entrada.

—Tenemos que ir a la entrada del aeropuerto.

—Genial. ¿Dónde es eso? Yo no tengo idea donde estamos paradas.

Miro para todos lados.

—Preguntemos. Ahí hay un guardia.

Arizona me detiene y me pide que cuide su maleta.

—Yo me ocupo.

Saca pecho y camina contoneando las caderas hacia el guardia de seguridad que le debe haber parecido guapo.

—¿Po qué la tía camina así? ¿Le duele algo? —la pregunta de mi hija me saca una carcajada.

—Así es tu tía en modo cazadora de hombre—mi hija arruga el ceño—. No importa, ya entenderás cuando seas mayor.

Arizona utiliza sus habilidades coquetas, pero no veo que surtan efecto con el guardia de seguridad, minutos después regresa indicándonos la entrada.

—Hablaba muy poco inglés, no sé si me dijo que soy linda o que estaba flaca, de cualquier manera fue antipático.

—Al menos te dijo a donde ir. —agarro la mano de mi hija, Arizona me ayuda con las maletas y vamos a la entrada.

La realidad es que no planeaba viajar. Tenía planes de tomarme unos días del trabajo e ir a la playa con Angie, pero mi jefe mencionó que tomarme unas semanas de vacaciones me vendría bien para buscar inspiración porque últimamente mi trabajo no era el mejor. Lo malo es que si no trabajo, no me pagan y si no recupero la inspiración me despedirá.

El mismo día Daniel llamó para decirme que no podía ir al acto de fin de curso de Angie y le dije que tenía que viajar a Irlanda, pensando que se negaría a dejarme salir del país con nuestra hija, y no fue así, me envió la autorización firmada por fax sin ningún problema y como Arizona quería venir, me convenció para conocer a nuestra hermana.

Todavía no entiendo por qué mamá no nos dijo que teníamos una hermana y yo también quiero conocerla. Siempre fuimos Arizona y yo tras la muerte de mamá. Ahora ya no somos las únicas Adams.

—Vaya, los irlandeses están de muerte. —menciona sonriéndole a un grupo de hombres esperando taxis.

—Deja de mirar los traseros de desconocidos. No sabes si son irlandeses o turistas.

—De igual manera me gustan—ríe—. Vamos, admítelo.

—Bien, son guapos. —musito en voz baja. No quiero que mi hija piense que ando cazando hombres como Arizona.

Nos detenemos en la entrada.

—¿Dónde está tu amor de escuela?

—No digas eso delante de él, Ari. —regaño.

Oh sí, descubrí que Zeke Samuels fue de quien me enamoré cuando tenía catorce años. Mi flechazo duró dos años hasta que nos mudamos a California.

Sabía que su nombre me sonaba familiar, lo busqué en las redes y al verlo, lo supe. Ya no era el adolescente guapo que me tenía loca, sino un hombre guapo y casado al que no podía mirar.

No es que llevara mucho tiempo sin salir en una cita o tener algún encuentro placentero.

—¿Nebraska y Arizona?

Ambos nos volteamos y nos encontramos frente a Zeke Samuels. Es alto, de cabello castaño claro, rostro cuadrado con labios finos y nariz bien definida. Recuerdo que me gustaba mirar sus ojos azules y me deslumbraba su sonrisa. Ya no es joven flaco sin músculos, ahora es un hombre con músculos definidos.

—Sí, somos nosotras—se apresura a responder mi hermana—. ¿El abogado Zeke?

Él sonríe.

—El mismo.

«No revivas el pasado, Nebraska. Él está casado con una guapa morena».

—Un placer conocerlas. Espero hayan tenido un buen vuelo.

—Tuvimos un poco de turbulencias y mis pechos no la pasaron bien con eso, pero está bien, fue mi culpa por no utilizar sostén.

Pongo los ojos en blanco.

—Así es mi hermana. —exclamo riendo.

—Yo soy Angie. —se apresura a decir mi hija y extiende la mano.

Zeke le sonríe a mi hija y la estrecha con suavidad.

—Un placer conocerte, Angie. Habíamos hablado por teléfono.

Ella asiente.

—Ahora sé que mi mamá se llama Abaska. Solo yo puedo llamarla mamá.

—Me alegra que eso sucediera.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.