Un amor para Nebraska

Capítulo 11: Nebraska

Miro la ropa en la cama y exhalo aire contenido en los pulmones.

No tengo idea que ponerme. La última vez que tuve una primera cita fue más de diez años atrás y esa época era diferente a la actual. Sin olvidar que estaba en mis veinte y no tenía una hija.

Si me pongo algo ajustado y sensual como aquella vez, me sentiré rara y que le falto el respeto a la Nebraska que es mamá. Si me visto casual como usualmente, Zeke puede opinar que me da igual nuestra salida. Como no sé a donde vamos a ir, no tengo idea si ponerme vestido, pantalón, tacones o dejar los tacones en casa.

Me siento más pérdida que en clase de educación sexual cuando nos explicaron como nacían los bebés.

Esta mañana desperté con la idea de escribirle a Zeke para cancelar la cita, no lo hice por no saber que decir y quedé conmigo misma que me vestiría casual, si él aparecía, iría un rato, luego inventaría una excusa y regresaría; si no aparecía, me convencí de que no pasaba nada y cuando lo viera sería como si la escena con mi hermana nunca hubiera sucedido.

No esperé cruzármelo y que dejara claro que sí quiere salir conmigo y no sabía como invitarme. Eso cambia todo.

—No sé que ponerme. —digo en voz alta.

—Vaqueros, una blusa que no sea muy de día y tampoco muy de noche con brillos ni lentejuelas—dice la voz de Arizona detrás de mí—. Puedes ponerte unos zapatos sin tacos o usar tacos y llevar un par sin tacos en el bolso.

La ignoro, aunque tomo en cuenta lo que dice.

»¿Vas a seguir sin hablarme, Nebra? Ya me disculpé un millón de veces. Mira, te hice un cupcake—se pone frente a mí y extiende el cupcake.

—¿Tú lo hiciste?

—Bueno, lo hizo Adelaida, tu hija y su amiga lo decoraron y yo te lo traje.

La ignoro y busco una remera decente. Tengo demasiada ropa de mamá.

»Nebra, no te dejaré en paz hasta que me perdones y sabes que puedo ser muy pesada. Deberías agradecerme, pues va a salir con tu amor platónico gracias a mí y si todo sale bien podrás despedirte de Rick. Si hubiera dependido de ustedes, te habrías ido de aquí sin saber que le gustabas y te arrepentirías de no haberlo intentado.

—Ari…

—Ya, no me hagas sufrir más. No me gusta estar peleada contigo y estoy dispuesta a hacer lo que sea para compensártelo. Me acostaré con un hombre barrigón con bigotes por ti.

—¿Y eso por qué sería por mí?

—No me acostaría con uno así por mi cuenta, pues la barriga dificulta muchas cosas y los hombres con bigotes me dan desconfianza, pero lo haré para ponerme en vergüenza a mí misma.

Intento no reír, mas fracaso, con Arizona es casi imposible no reírse.

—¿Lo harías por mí?

—Claro, haría lo que fuera por ti, excepto tirarme de un acantilado, pues le temo a las alturas y probablemente me congelaría en la punta—apoya el cupcake en la mesa de noche y se acerca—. Ya perdóname—me abraza con fuerza—. Por favor, no lo volveré a hacer, al menos no sobria y de forma consciente. Soy tu hermanita.

—Ya no eres la hermanita menor, April lo es.

—Yo lo fui primero desde que nací. Vamos, hemos compartido muchas cosas juntas, no solo al esperma fallido y a nuestra madre sobreprotectora. Dejé a mi hija en tu casa.

—Todavía no asumo que te refieras a tu casa rodante como hija.

—Cada loca con su tema.

—Suéltame que debo vestirme.

—Lo haré si me dices que me perdonaste.

No sé si debería hacerlo o no, sin embargo, es mi hermana y no me gusta estar peleada con ella.

Odio no hablarle cuando hemos estado juntas siempre y fuimos unidas desde que tengo memoria. Aunque ella anduviera viajando por el país en su “Sheila”, siempre se mantuvo en contacto, estuvo cuando parí a Angie, no se perdió ninguno de mis cumpleaños, ni tampoco los de Angie. No importaba si en aquel momento estaba en una punta del país mientras yo en otra, ella hacía lo que sea para estar cada vez que la necesitaba, incluso ayudarme a empacar las cosas de mi exesposo y me esperó fuera de tribunales con tequila y café tras firmar el divorcio.

Es impulsiva, mas no hace las cosas con malas intenciones.

—Bien, te perdono, ya te sacaré la ley del hielo.

—Te amo—dice besando mi mejilla y soltándome—. Bien, veamos que tienes…—agarra una blusa de tiras de color rosa—. Esta quedará bien con los zapatos de tacón rosa que tienes.

—No, esta blusa es muy escotada. Ni recordaba que la tenía.

—¿Y? Tienes un cuerpo de infarto. Tuviste suerte de volver a tu talla tras el nacimiento de Angie. Hay muchas madres que no lo logran, y también no obtener estrías. Luce tus melones.

—Meloncitos. Tampoco son grandes. —agarro mis pechos.

—Melones medianos, tampoco son pequeños—bajo mis manos y Ari toca mis pechos—. Y están firmes. Ponte la blusa sexy.

—Soy madre.

—Puedes ser una madre sexy. Deja lo de madre anticuada cuando tu hija sea adolescente.




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