Un amor que florece

27. Lugar Favorito

El día de Navidad era una fecha esperada por muchas familias, un momento de unión para celebrar y compartir. Para algunos, representaba un día especial de regocijo y felicidad; para otros, cargaba consigo un significado doloroso y profundo. Mientras en una casa podía haber una familia sentada a la mesa, desbordando alegría en su reunión, en otros rincones la realidad era distinta: grupos compartiendo en las calles o personas sumidas en la soledad. Justo en instantes como este, existen historias que no emanan la misma dicha; hogares fracturados, ausencias que pesan y corazones angustiados. En este caso, había una familia invadida por el temor a perder, frustrada y devastada. Así es la realidad de este mundo tan amplio y, a veces, tan injusto.

Los minutos de búsqueda prontamente se convirtieron en dos eternas horas. Los chicos ya se habían reunido en el punto indicado, cada uno con un semblante preocupado; se miraban entre sí, negando alguna esperanza de haber encontrado a su preciado amigo.

El señor Rosario tenía un semblante abatido. Despojándose de sus lentes para posteriormente cubrir su rostro en un intento desesperado de ocultar sus lágrimas.

—Gracias por su ayuda, chicos —respiró hondo volviéndose a colocar sus lentes—. Ya es tarde, vengan, los llevaré a casa.

—Nosotros podemos seguir buscando, señor —intervino Thomas, y todos asintieron en secuencia.

El hombre le miró con nostalgia, aun con el corazón angustiado y lleno de remordimientos, y les sonrió a todos con gratitud.

—Sus padres, al igual que yo, estarán preocupados. Son unos niños, agradezco que me hayan ayudado hasta ahora. Volveré a la comisaría y seguiré buscando, prometo encontrar a su amigo... mi hijo —esto último lo dijo en un susurro casi imperceptible—. Además, la nieve parece estar aumentando, no se pueden exponer tanto al frío.

Al final todos asintieron, no sin antes hacerle prometer que les informaría cuando supieran del paradero de Mariano.

«Qué buenos amigos hiciste, hijo».

Los llevó a todos a sus respectivos hogares, velando así por su seguridad, para después continuar con su búsqueda. «Tal vez debería ir a casa de Lukas... estaría más tranquilo si estuviera con él».

Mientras tanto en casa, Maddison caminaba de un lugar a otro con pasos torpes y ansiosos. Se encaminó a la habitación de su hijo, abriendo la puerta que antes no se atrevía a abrir.

Sus ojos se llenaron de angustia al ver el estado de todo. Su habitación estaba a oscuras, con las cortinas cerradas; al encender las luces pudo ver el desastre de ropa sucia por doquier, hojas de cuadernos arrancados y libros esparcidos en el piso. Guió sus pasos hasta su cama; por un momento visualizó a su hijo acurrucado bajo las sábanas llorando, y a ella frente a esa puerta ignorando su dolor.

«Qué insensible he llegado a ser como madre».

Se dispuso a recoger la ropa sucia, luego la llevó a lavar para regresar y recoger los libros y cuadernos esparcidos por el suelo. Cuando empezó a recoger los envoltorios de galletas y barras de proteína, visualizó entre los trozos de papeles esparcidos algo que capturó su atención.

«Odio esto». «Ya no quiero seguir».

Frases incompletas leídas en los trozos apenas legibles de algunos papeles. Algunas hojas arrugadas tenían rayones sin sentido al momento de abrirlas. Sus ojos simplemente se cristalizaron; rápidamente fue a su cama moviendo las sábanas y la almohada, esperando encontrar algo más, alguna señal, tal vez.

En ese momento cayó la foto. Un recuerdo se conectó en su memoria.

—Esta foto... La tomé yo hace unos años —sus dedos acariciaban con anhelo el rostro de su niño de unos nueve o tal vez ocho años, al lado de su mejor amigo.

Recordó vagamente aquel día de picnic, cuando los niños insistían en querer ir a ese lago; decían que era un lugar maravilloso y que se convertiría en su nuevo...

—Lugar favorito.

La mujer angustiada tomó un abrigo, su celular y escribió a su esposo un mensaje antes de salir. El eco de la puerta siendo cerrada se hizo presente en la casa. No podría usar su auto a causa de la nieve, así que se fue caminando, se podría decir que casi corriendo. Por suerte, el lago no estaba a una gran distancia y pudo llegar con facilidad atravesando los árboles y arbustos. Estuvo de pie frente al lago; caminó por sus orillas buscando visualizar a su hijo en algún punto.

Su desespero era palpable en sus ojos. Sus manos temblaban, tal vez por la frialdad en el aire o por la ansiedad que recorría su cuerpo. Sus pies tropezaban a cada rato con pasos torpes y atropellados. La desilusión se apoderó de su cuerpo cuando miraba a su alrededor buscando, esperando ver una silueta o algo, pero nada.

Al final se arrodilló a sus orillas. El lago parecía tan campante con sus aguas seguramente heladas; su hijo podría estar solo y con frío en cualquier lugar, sin nadie en quien apoyarse, sin nadie que lo socorra.

—Y si mi bebé intenta... qui... qui... —su oración no pudo ser completada. Se negaba rotundamente a ello. Su hijo jamás lo haría, ¿verdad?

Un eco se hizo presente. un sonido reconocido se escapaba en algún lugar bajo la nieve. Maddison buscó entre la nieve.

«—Hijo, te he dicho un montón de veces que silencies ese celular cuando estamos a la mesa —regañó la mujer colocando los cubiertos sobre la mesa. —Es Lukas, mamá. Es importante —insistió levantándose de la mesa para contestar la llamada. —No soporto escuchar la melodía de esa canción, cariño —expresó esta vez dirigiéndose a su esposo. —Lo sé, era su canción favorita».

Y lo encontró: el celular de Mariano. Vio un nombre reconocible en la pantalla.

—Menos mal, creí que nunca contestarías, Mar —la voz de Lukas resonó en su cabeza. Entonces una ola de emociones estalló en su interior.

—Lukas —el mencionado hizo silencio al no reconocer aquella fémina voz—. Encontré el celular de mi hijo, pero a él no lo encuentro.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.