Un Amor Tan Travieso

Capítulo 1

Es el año 1840 y se corría la noticia de que un nuevo medio de transporte llegaría para revolucionar la forma de viajar como se conocía hasta aquel entonces.

La locomotora a vapor ya era un hecho que se instalaría en la nación y el encargado de llevar a cabo este ambicioso proyecto era el ingeniero en obras Don Manuel Calero, conocido en la industria de los motorizados y que participó en la construcción de las líneas de La Habana en nombre de su majestad el Rey. Ahora que regresó a su país, está a cargo de esta ambiciosa obra, para conectar a la nación por medio de rieles, así que cada tanto tenía reuniones con los Fortunato, para fijar precios del carbón, revisar los transportes, además de cotizar los terrenos a cargo de esta poderosa familia y por ende, por donde pasarían algunas de las vías ferroviarias, trabajando con ellos hace más de un año y formando una buena relación de amistad.

Ya una tarde, después de evaluar balances y fijar el nuevo precio del carbón, Agustín y Víctor comparten unas copas de jerez con el ingeniero en un salón, mientras hablaban de temas banales.

Manuel miraba por la ventana a los grandes jardines de la mansión de Víctor en un día cálido de primavera, mientras las esposas Fortunato bordaban camisas y charlaban, vigilando a su vez como sus hijos jugaban.

— Sería muy beneficioso para nuestras empresas si unimos a nuestras familias — decía con determinación Manuel a los Fortunato, girándose para mirarles — Piénsenlo, yo traigo las máquinas de vapor y ustedes el combustible que las impulsa, juntos tendríamos un monopolio poderoso.

Agustín negaba con la cabeza

— Sé que es tentador escuchar aquello, pero ya sabe que nosotros no comprometeremos a nuestros hijos

— Si, eso ya me lo han dicho la primera vez que les propuse acordar un matrimonio con mi hija — Manuel se aleja de la ventana y caminaba de manera pausada exponiendo una idea — Ya sé que quieren que sus hijos sean libres para contraer nupcias con quien sea de su agrado. Pero, podríamos intervenir y ayudarles en esa decisión.

Víctor y Agustín se miran levantando una ceja, puesto que, para sus negocios, una unión de ambas familias sería muy conveniente.

—¿Qué propone Manuel? — pregunta Víctor con cierto interés

— Que le dé una oportunidad a mi hija Emelina de cautivar a uno de sus muchachos, que le conozcan y que formen una sana relación de amistad. Esto con los años, puede hacer que el amor florezca y sea alguno de sus muchachos quien decida de manera libre y voluntaria desposar a mi hija.

— Y ¿qué pasaría si al cabo de algunos años eso no ocurre? — interviene Agustín

— Nada. Todo seguirá igual que antes, pero estoy seguro que celebraremos un matrimonio, mi hija es una niña adorable y encantadora, se los aseguro.

— ¿Cómo quiere que nuestros hijos se conozcan? — seguía Agustín en su cuestionamiento.

— He visto que sus esposas realizan varias tareas hogareñas que toda dama debe de saber. Puedo traer a mi hija para que aprenda de ellas, además de tomar sus lecciones con el maestro que les imparte clases a sus muchachos, puesto que ella también tiene 12 años.

— Debemos preguntar a Celenia y Amelia, si quieren y están dispuestas a enseñarle a una niña todas esas cosas, puesto que esos conocimientos se pasan de madre a hija — respondía Agustín

— Estoy seguro que a ellas les gustaría tener esa compañía — intervenía Víctor, dando una pequeña sonrisa a Manuel — lo que a mí respecta, no me parece mal su propuesta

— A mí tampoco — continúa Agustín — puesto que no tenemos nada que perder y sí mucho que ganar.

Los Fortunato estrechan la mano de Manuel y acuerdan celebrar esa noche en casa de Agustín una cena con las familias, para que Sebastián y Sergio puedan conocer a Emelina.

...

— Siento que mi pequeño club de costura cada vez crece más — decía sonriente Amelia al acomodar el peine que tenía en su cabello rubio, mirándose al espejo del tocador que se encontraba en el dormitorio, mientras hablaba con su esposo.

— Creía que eso te molestaría, ya que dijimos que no comprometeríamos a Sergio sin su consentimiento — respondía Víctor, quien acomodaba su pañoleta que estaba en su cuello.

— Pero no lo estamos comprometiendo, solo le estamos presentando a una niña con la cual puede formar una linda amistad, eso les hará bien a los muchachos

— Creo que te hará bien a ti, siempre has querido una hija

Tocan a la puerta del dormitorio, y Víctor camina lentamente ayudándose de su bastón al dar los pasos, puesto que sus piernas eran débiles, debido a una lesión que sufrió hace años. Al abrir, ve a su hijo quien estaba ya arreglado para salir.

Sergio se parecía bastante a Víctor, sus mismas facciones, su color de ojos azules oscuros y su mismo comportamiento, entre ingenuo y caprichoso, en lo único que sé diferenciaban, era en el color de su cabello, puesto que había heredado el hermoso rubio de su madre, mientras que el resto de los Fortunato se caracterizaban por tener el cabello oscuro.

— ¿Ya estás listo? — pregunta Víctor a su hijo

— Papá, no quiero ir. Las cenas con los inversionistas siempre son aburridas, no puedo hacer nada más que sentarme en la mesa en silencio esperando a que nos vayamos.

— Pero vamos a casa de papá Agustín, estará Sebastián también, además que los Calero llevarán a su hija, podrán charlar — insistía Víctor que miraba a su hijo de manera cariñosa

— Eso es peor. No me gustan las niñas, son chillonas y siempre actúan con desagrado a todo lo que yo hago — respondía afligido Sergio

— Eso lo dices porqué te gusta enseñarle grillos, ratas o ranas; en general cualquier alimaña, por eso ya las sirvientas no traen a sus hijas para que jueguen contigo — reprendía Amelia al levantarse del tocador

— Lo único divertido que tenían esas niñas era verlas gritar. Si no les gustan las bromas es mejor que se vayan — respondía de mala gana Sergio




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