Un Amor Tan Travieso

Capítulo 8

El tiempo avanzaba y los días sumaban experiencias en la vida de Sebastián, Sergio y Emelina, quienes eran muy cercanos y prácticamente siempre estaban juntos.

Sergio cumplió su promesa. Nunca volvió a hacerle una broma a Emelina y tampoco le mentía, aunque la verdad lo pudiera avergonzar, haciendo que tuvieran una confianza prácticamente perfecta. Emelina le podía contar sobre cualquier cosa, incluso aquellas íntimas y privadas, sin sentir pudor en ello, puesto que él era su mejor amigo.

En cuanto a Sebastián, a pesar de los años, su comportamiento no había cambiado, se mantenía igual de agradable, pacífico y carismático. Charlaba mucho y de variados temas, pero solo lo hacía con los más cercanos, puesto que se le dificultaba entablar relaciones con otras personas por su carácter tímido. Él disfrutaba de pasar tarde con Emelina para leerle poemas y tener su cálida presencia que le traída tranquilidad y una felicidad plena.

Los padres de Emelina querían que su hija debutará en sociedad, pero ella se negaba por miedo al rechazo social, puesto que las damas que no atraían pretendientes y no eran cortejadas, eran el hazmerreír y alimentaba los chismes de la burguesía. Esto era algo que conocía muy bien, por las charlas que traía tía Perla a las mañanas del bordado en la mansión Fortunato, en donde narraba la vergüenza para las familias que tenían hijas en edad de matrimonio y que nadie deseaba desposarlas.

Emelina a pesar de ya tener 17 años, aún se consideraba muy niña y que no tenía un atractivo físico como para que algún varón desee formar una familia con ella, puesto que era insegura y no podía ver su propia belleza. Los padres de Emelina le permitieron aquel capricho y no la llevaron a bailes y eventos, esperando que alguno de los hijos Fortunato se le declarara, pero esto no pasaba y el tiempo avanzaba, provocando que su desesperación sea mayor, al saber que ellos sí habían debutado en sociedad y otras familias les estaban haciendo ofertas de compromiso. Con todo lo anterior, Emelina se presentaría en sociedad, en la próxima fiesta del club de inversionistas, que se llevaría a cabo en cinco días, para así conseguir un pretendiente con una propuesta de matrimonio, ya sea de alguno de los varones Fortunato, o de cualquier otro que tenga un buen apellido.

Era una tarde fresca de verano, Sebastián y Emelina estaban sentados bajo la sombra de un árbol leyendo poesía, mientras Sergio estaba descalzo, con los pantalones arremangados adentro de un arroyo cazando mariposas y mosquitos que se acercaban al borde, escuchando cada tanto la conversación que tenían esos dos.

— Para mí son todas esas fiestas muy aburridas — Comentaba Sebastián, ya que Emelina había sacado el tema sobre su debut en sociedad

— Pero no es por lo divertido, me preocupa el tema de los pretendientes ¿Qué haré si no conquistó a nadie esa noche?, no tendré pretendientes al día siguiente, eso me causa pánico.

—¿Por qué crees que no tendrás pretendientes?... eres una mujer hermosa, llamas la atención donde sea que vallas

— ¿Realmente lo crees? — preguntaba Emelina con una suave sonrisa en los labios

— Por supuesto. Lo que menos te faltarán serán propuestas de matrimonio.

Emelina mira en dirección al arroyo, como Sergio atrapa un mosquito adentro de un frasco.

— Sebastián ¿Por qué aún no te has comprometido? — Inmediatamente Emelina se avergüenza por preguntarle algo tan personal a Sebastián — por favor perdona la pregunta, no tienes por qué responder.

— No me molesta — decía sonrojado Sebastián — Es que el matrimonio es algo muy importante. Pasar tu vida al lado de otra persona, es una decisión que no puede tomarse a la ligera.

— Entiendo, y quieres esperar hasta encontrar a la persona indicada ¿Verdad?

Sebastián deja el libro que tenía en sus manos a un costado, para regresar de manera discreta, depositar su mano cerca de la mano de ella, solo tocándola con algunos de sus dedos y sonriendo suavemente.

— Tal vez, la persona indicada ya la he encontrado, solo me falta el valor y un momento especial para decírselo, ya que temo a su rechazo y que mi corazón quede por siempre herido.

Emelina sonríe y apretaba de manera nerviosa su vestido, puesto que el corazón le latía muy rápido ante aquella pequeña insinuación y también se acerca para tocar los dedos de él.

Hace algún tiempo Sebastián se había vuelto más cariñoso con Emelina y cada tanto, cuando su timidez se lo permitía, le hacía estas pequeñas insinuaciones, para demostrarle que le atraía de una manera muy especial y poder ver la respuesta de parte de ella, las cuales eran favorables, lo que le daba el valor cada vez de poder acercarse más.

Sergio desde el arroyo les grita

— No se quiere comprometer porque le tiene miedo a las mujeres — reía, mientras dejaba el frasco en el pasto

— ¿A si? Y tú, ¿Por qué aún no te comprometes? — pregunta Emelina con intención de fastidiarlo

— A bueno, la respuesta a eso tiene muchas partes... todo se remonta el día de mi nacimiento...

— Ya basta — reía Emelina — desde que me has hecho la promesa de que nunca me volverías a mentir, cuando no quieres contestarme, comienza a alargar la respuesta.

— Yo se la respuesta — Sebastián usa un tono sabio

— y ¿Cuál es esa?, según tú — se burlaba Sergio

— Es muy clara, alguien tan inmaduro no puede o no quiere comprometerse

— Si, yo también creo eso — intervenía Emelina

— Ah bueno, como ya tienen la respuesta, yo puedo retirarme para ir a orinar — Sergio sale del arroyo y se pierde de vista entre los arbustos, con las risas que daban los que estaban bajo el árbol.

Sergio no se ausento mucho, regresado emocionado.

— EMELINA VEN... TIENES QUE VER ESTO — Gritaba Sergio desde el otro lado del arroyo

Ella se levanta y se aproxima al borde del arroyo

— ¿Qué viste? — pregunta intrigada

— Tienes que verlo tú

Sergio vuelve a sumergirse al arroyo para cruzarlo y tomar en brazos a su amiga, para ayudarle a cruzar sin mojar su vestido. Ya al llegar al otro lado, Sergio la baja cuidadosamente y ambos van detrás de los matorrales. Ya Sebastián estaba acostumbrado a aquellos secretos entre los dos, puesto que sabía que ellos eran muy buenos amigos, pero no estaba celoso por eso, nunca podría estarlo de Sergio.




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