Un Amor Tan Travieso

Capítulo 64

Al medio día había llegado Sebastián a Villa Franca. Aún dudaba al caminar a la mansión en donde había trabajado Loreta, para obtener información sobre ella. Sin darse cuenta, ya estaba en frente de los jardines de aquel lugar, donde se veían a algunos sirvientes que arreglaban los arbustos y limpiaban las hojas secas.

Al aproximarse a la puerta de la entrada, Sebastián queda pensativo por un momento, ya que dudaba en tocar a la puerta para preguntar por Loreta. Sentía miedo, pero no sabía si era por volver a verla o por conocer que pasó con ella. El miedo se volvió incontrolable y prefiere huir, girando sobre sus talones con la mirada baja y dando dos pasos, hasta que eleva nuevamente la vista, viendo que enfrente de él, estaba aquella hermosa pelirroja vestida de sirvienta, que le miraba sorprendida.

— ¿Sebastián? — pregunta Loreta sin poder creerlo.

Escuchar su voz, le hizo estremecer, donde un torbellino de emociones que pensó haber olvidado, le hacían volver erizar la piel. Se sentía un estúpido, al tener un corazón agitado, ya no quería tener esos sentimientos y quería escapar, pero calma sus pensamientos.

— Hola Loreta. Solo vine para saber qué había ocurrido en esta casa... — logra decir Sebastián con un hilo de voz.

— Ah, sí... han pasado muchas cosas ¿Deseas hablar con los señores López?

Nuevamente Loreta tenía una sonrisa llena de dulzura y presionaba sus manos en su falda, ya Sebastián la conocía y eso lo hacía al estar nerviosa.

— No. Me gustaría hablar de eso contigo ¿Podemos dar un paseo?

Loreta mira a sus compañeras de trabajo quienes le devolvían una mirada interrogante, pero finalmente decide aceptar, retirándose el delantal de servicio y entregándoselo a una de sus compañeras.

Al caminar, Loreta le contó lo ocurrido a Sebastián y como su padre nuevamente la había utilizado para entrar a robar a aquella mansión. Pero ella estaba cansada de eso, y decidió informar a las autoridades y a sus señores, sobre este nuevo plan de los Coyotes.

Ambos llegaron a un parque público y tomaron asiento en una banca, mientras Loreta seguía hablando.

— Mi hermano fue capturado el día del robo, lloro cuando le condenaron y fusilaron. Mi padre falleció el día en que cobraron venganza. A ambos me permitieron darle sepultura, aunque me encontraba débil de salud — concluía Loreta su historia.

— Escuche que te dispararon. Eso ¿fue real? — preguntaba Sebastián mirando al horizonte, no quería ver a Loreta quien estaba a su lado contando aquella historia, pero gira su vista cuando ella desabotona la parte superior de su vestido, para dejar al descubierto la clavícula izquierda en donde tenía una cicatriz roja de un tamaño considerable.

— Dice el médico que retiró la bala, que esta golpeó contra el hueso y eso protegió mi pulmón. Habría estado en problemas de no ser así — daba Loreta una pequeña risita y toca su muslo derecho por encima de su falda — Pero esta de aquí, aún duele, por ser profunda... creo que los coyotes no eran buenos tiradores, fallaron dos veces.

Nuevamente Loreta lanza una risita, pero Sebastián la miraba con ojos acusadores, sin dejar de ocultar su resentimiento en contra de ella.

— ¿Por qué les delataste ahora? ¿Por qué no antes? Cuando tus acciones si tenían un sentido importante y nos dejaste a manos de esos criminales

— Porque ahora ya no me queda nada. Porqué esperaba morir, pero antes de eso... me llevaría a la banda conmigo — responde de manera triste Loreta bajando la vista y presionando los puños en su vestido.

Aquella respuesta enfurece a Sebastián.

— Eres cobarde y débil, pero hablas como si eso fuera un acto heroico. Tú elegiste todo esto, preferiste que te odiara y que reprima mis emociones por tu culpa. Yo siempre di todo por ti, pero tu lealtad nunca fue mía

— No es así — Loreta sin aguantarlo más, comienza a llorar y se secaba las lágrimas con sus manos temblorosas — Yo tenía miedo de perderte, no quería que te dañaran... me sentía atrapada... no sabía qué hacer.

— No es necesario llorar por eso — dice Sebastián de manera dura. Pero dentro de él, trataba de controlar el impulso por abrazarla y decirle que no estaba enfadado con ella, solo estaba profundamente herido.

— Pero no me equivocaba y ocurrió lo que presupuestada — seguía diciendo Loreta sin dejar de llorar — ellos cobraron venganza y atacaron a los señores López. Aunque me sigas odiando Sebastián, no me arrepiento de lo que hice, porque ahora estas a salvo con tu familia y eso me basta.

Sebastián estaba confundido, comía su angustia y pedía fuerzas a Dios para no flaquear delante de Loreta, quien seguía llorando, puesto que no quería mostrarse débil y se avergonzaba del amor que sentía por ella, así que nuevamente se refugia en su odio, pero le era más difícil hacerlo.

— Yo solía creer en ti, tú me dañaste como nunca nadie lo ha hecho en este mundo. Pero no vengo aquí para torturarte por tu decisión, aquello quedó en el pasado al igual que nuestra relación... yo deseaba hablar contigo, para poder sepultar todo lo que tú fuiste alguna vez para mí.

Suavemente Loreta se secaba las lágrimas y daba suspiros agitados, regalándole a Sebastián una cálida sonrisa, que le hacía verse tan hermosa.

— Gracias por venir y preocuparte por mí, además de darme la oportunidad de despedirme de ti de una mejor manera — Loreta da un suspiro — El tiempo que viví contigo, fue el más maravilloso de toda mi vida, te recordaré por siempre con cariño y espero que tu vida esté colmada de bendiciones. Solo ruego que algún día puedas regalarme tu perdón.

— ¿Solo quieres eso de mí?

— Si, eso me haría muy feliz

— Ya te he perdonado Loreta, por eso puedo verte ahora y hablar contigo.

Aquella respuesta satisface a la pelirroja que calma su tristeza. Ambos de quedaron algunos minutos más charlando, hasta que Loreta debía de regresar a la casa de sus actuales patrones. Sebastián ya le hablaba sin resentimiento mientras caminaban hasta la mansión López, contándole sobre Emelina, Sergio y el pequeño Sebastián.




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