Un Amor Tan Travieso

Epílogo

La tarde era fría y un viento gélido golpeaba los grandes ventanales del majestuoso palacio Fortunato, en señal de que un frente de mal clima se aproximaba. Pero el ambiente al interior de sus grandes salones era cálido y acogedor, muy distinto a lo que ocurría a fuera, este era un día festivo para todos.

Tan solo quedaba una semana para las fiestas navideñas y los Fortunato, Calero, además de Jamal y Perla, se encontraban esa tarde en un gran salón que se había dispuesto para la celebración en honor a la llegada del nuevo integrante de la familia de Emelina y Sergio.

Las mujeres estaban sentadas charlando alegremente, bebiendo vinos tibios con toques de canela y clavo, a excepción de Loreta, que tomaba un consomé de gallina, puesto que ya tenia 8 meses de embarazo y aún sentía náuseas. Todas reían de ver como cuatro niños jugaban alegremente, gritando cada tanto al correr y esconderse.

El pequeño Carlos de tres años, corría gritando de la emoción al ser perseguido por su primo Sebastián que ya tenía cuatro años. Tras de ellos y corriendo de manera torpe, traba de alcanzarlos Jacobo, de dos años y medio y que era el segundo hijo de Sergio. Por último, estaba Danilo de un año, que tomado de las manos de su tío Sebastián a quien usaba como apoyo para caminar, trataba de avanzar para ir donde sus hermanos y primo, lanzando sonoras carcajadas.

Habían pasado ya tres años y medio desde que Loreta y Sebastián se marcharon a Colombia. Aquella fue la mejor decisión que pudieron tomar, ya que rápidamente se hicieron de una reputación en sociedad, donde la burguesía del lugar les apreciaba y eran respetados, siendo su apellido reconocido con solemnidad.

Después del nacimiento del pequeño Carlos, Agustín había dejado atrás sus resentimientos y al igual que el resto, trataron de convencer al matrimonio para que regresen a España, ya que los rumores que giraban en torno a Loreta habían desaparecido y nadie tenía cuidado en ellos. Los intentos de persuadidos fueron inútiles, ya que la comodidad y tranquilidad que tenían en la ciudad portuaria a la que hicieron su hogar, no tenía comparación.

Como prometieron Sebastián y Loreta, cada vez que Emelina le quedaba un mes para su parto, regresaban a España. De la misma manera, lo hacían cuando a Loreta le faltaba poco para la fecha de su alumbramiento, y en esta oportunidad, su estadía fue más larga, ya que la espera del cuarto hijo de Sergio, se unía con la espera del segundo hijo de Sebastián.

— Ah, ese bebé se hace de esperar — decía Víctor, tomando asiento al lado de su esposa Amelia.

— Querido, siento que te dará un ataque al corazón cada vez que existe un parto — decía de manera cariñosa Amelia, acomodandole el cabello a su esposo que se encontraba pálido y sudaba frío.

El resto de los varones también toman asiento en los sofás de aquella sala, bebiendo aperitivos que servían los criados.

— Deberás de acostumbrarte Víctor, ya sabes que Sergio ha dicho qué tendrá veinte hijos, y así como va... creo que lo cumplirá — carcajeaba Jamal, acompañado de las risas de los presentes.

— Claro que si, que bendiciones han sido todos estos pequeños — decía con orgullo Doña Leona.

— Y después de éste bebé, ¿Cuánto desean esperar hasta tener otro Loreta? — preguntaba Celenia a su nuera que se encontraba descansando en una mecedora, acariciando su vientre.

— No lo sé Doña Celenia, creemos que con dos hijos estaremos bien — respondía la pelirroja sonriente.

— Tonterías, si ya no tienen más hijos, solo estaremos esperando su llegada cuando vengan los hijos de Sergio — intervenía Perla.

Un gran sobresalto ocurre, cuando cae estrepitosamente un candelabro de una de las mesitas del salón, al ser golpeado por uno de los niños al correr, y Jacobo le daba patadas para ocultar el crimen, para que así no les regañen.

— Pero que cosa esta pasando ahí — se levanta Amelia en compañía de Doña Leona para ir a ver a los niños que, ahora corrían escapando de las abuelas.

— Corre, corre — reía Sebastián diciéndole a Danilo, que reía a carcajadas, pensando que era un nuevo juego.

No pudieron perseguir por mucho tiempo a los pequeños, ya que aparece por la puerta Sergio con un bebé en los brazos.

— Es una niña... o Dios mío, es una niña y es tan hermosa — decía de manera orgullosa.

Rápidamente llegan todos para rodear a Sergio y ver a la pequeña que miraba a todos sin comprender que ocurría.

Los niños llegan rápidamente también, ya que deseaban ver al bebé, pidiendo ser levantados por algún adulto, así que cada varón de los que estaban en el lugar, a excepción de Víctor que por su discapacidad se lo impedía, tomaron en los brazos a los pequeños y los acercaban para darle la bienvenida a la pequeña.

— ¿Puede jugar con nosotros? — pregunta Carlos

— Aun no, es muy pequeña — respondía de manera cariñosa Loreta a su hijo.

— Que duerma conmigo, yo le cuidaré — decía el pequeño Sebastián al ver a su hermana.

Todos reían ante la ternura de los pequeños y suspiraban cuando estos se acercaban para darle un peso en la frente, lo que le molesto a la pequeña, quien comienza a llorar, debiendo llevarla su padre nuevamente con su esposa.

...

La noche de navidad, fue muy alegre para todos. La familia estaba reunida después de la cena y disfrutaban de ver como los pequeños abrían sus regalos. Ninguno tenía prisa por marcharse, ya que en el gran palacio Fortunato, se había dispuesto de habitaciones para que todos los invitados puedan pasar la noche en el lugar.

A la mañana siguiente, el ambiente festivo se mantenía y se podía respirar la calidez de un hogar armonioso, en donde nadie quería marcharse a sus respectivas casas, ya que les era muy agradable disfrutar de todo aquel tiempo con los pequeños y más ahora con la llegada de la pequeña Luciana.

— Hija ¿Puedo? — pregunta Don Manuel a su hija que estaba cerca de la chimenea sentada junto con su esposo, pidiendo tomar en brazos a su nieta.




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