Un Ángel Descendió para Navidad

EL TELÓN DORADO

Cassidy se fue enseguida a su hogar y comenzó a preparar el obsequio de Sofía. Le había hablado acerca de un telón y este debía ser excepcional y fascinante: una obra hecha con excelencia que representara no solo la Navidad, sino también su bella ciudad natal, con sus calles, sus casitas coloridas, su cultura y su gente, en una apacible armonía y un ambiente cálido. Debía, también, bordar la noche estrellada en la cima del lienzo y entretejer con hilos dorados todos los trazos de la tela milagrosa.

​Tras horas y horas de trabajo incansable con sus propias manos, terminó la primera parte del telón, bordada de manera artesanal y con mucho afecto. Así prosiguió noche tras noche, con los párpados cargados de sueño, pero con la esperanza en alto y pasión por el arte. Las manos de Cassidy trabajaban, hilvanaban y armaban cada pieza; sus dedos heridos le dolían terriblemente, pero creía con fe que todo esfuerzo hecho con amor valdría la pena para alegrar un corazón en Navidad: un alma que anhelara con fuerza su sincera amistad y compañía. Ella quería ser ese ángel de amor que el mundo pudiera ver de cerca; por eso, bordó un segundo telón dorado con hilos milagrosos para exhibirlo en la entrada de la ciudad y alegrar con este obsequio a todo el pueblo, unidos por el infinito brillo de aquella tela celestial.

Cassidy Montgomery regresó a ver a Sofía con el obsequio prometido: Un telón dorado, tejido con hilos de seda y algodón, parecía un lienzo de ensueño, bordado con costuras de oro que relucían como estrellas titilantes en la noche. Sobre su superficie, una pintura de las casitas del pueblo se desplegaba como un cuadro de nostalgia, con pinceladas perfectas que evocaban la dulzura de las luces de colores que danzaban como luciérnagas en la víspera de Navidad. Sin embargo, al entregárselo a la niña, Cassidy notó que la pequeña no se inmutó; su mirada estaba velada por la tristeza y el agotamiento, y no parecía conmovida por el obsequio. El telón dorado, creado con tanto amor y cuidado, parecía no ser suficiente para iluminar la oscuridad que rodeaba a Sofía. La Navidad, que normalmente era una época de milagros, alegría y celebración, parecía haber perdido su encanto en el aislamiento del hospital.

Cassidy se detuvo un momento, contemplando el telón dorado que había creado con tanto esmero en medio de pesadas noches de desvelos. ¿Podría ser que este obsequio, pensado para traer alegría y consuelo, no fuera suficiente para tocar el corazón de Sofía? La duda se apoderó de ella, pero entonces recordó las palabras de su abuelita:

“Tú puedes ser un ángel de luz en la vida de alguien que camina envuelto en penumbras y dolor”.

Mientras afuera la gente sonreía y se abrazaba, con sus rostros iluminados por la alegría y la felicidad, Sofía se sentía aislada, con la mirada perdida en la distancia, como si buscara una chispa de felicidad que parecía haberla abandonado. La soledad y la tristeza se posaban sobre Sofía como una sombra, y el telón dorado, con su imagen de casitas y luces de Navidad, parecía un cruel recordatorio de todo aquello que ella no podía disfrutar, un contraste doloroso entre la felicidad de los demás y su propia desolación.

—¡Yo no soporto la Navidad! ¡Solo quiero amor! —exclamó Sofía en un triste desahogo.

—Por favor, ¿me prometes que sí cambiarás de opinión? —preguntó Cassidy, guardando el obsequio y retirándose con la mirada entristecida.

—Yo solo quiero su amor —respondió Sofía con el ánimo decaído. Contemplando una vez más el pesebre y la estrella resplandeciente de Belén.

Así que, esa noche, Cassidy se encerró en su estudio y comenzó a pintar. Quería crear algo que transportara a Sofía a un lugar donde pudiera sentirse libre, amada y feliz...

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