Un Ángel Descendió para Navidad

UN CUADRO IDÍLICO

Esta vez Cassidy no durmió en toda la noche; debía crear algo con prisa, pero con mucha devoción y esfuerzo. Algo que representara todo el amor y la ternura de Dios. No había mucho tiempo para sentarse a pensar: la Navidad estaba a las puertas, así que puso un lienzo en blanco sobre el atril, pues no tenía ni un minuto que perder. El tic-tac del reloj corría a paso veloz; era un fiel recordatorio de que debía culminar a tiempo esa gran obra que podría impresionar y, quizás, cambiar la realidad de la pequeña Sofía de manera inesperada.

​Entonces inclinó su cabeza y, en un cálido susurro, le hizo una oración al Dios Creador para que soplara de su amorosa inspiración sobre el lienzo antes de que sus manos se dispusieran a pintar. Cassidy llevaba meses sintiendo que su vida no tenía propósito alguno, ni brújula ni guía; por ello, le pidió a Dios que le mostrara el camino y le confirmara que aún tenía una misión bendita por cumplir sobre la faz de la tierra.

​—Por favor, Dios mío, ¿para qué me diste este gran corazón si no puedo ser útil? Quiero ayudar a mi prójimo, quiero servirte; quiero que este corazón que tú formaste sirva para algo especial.

​En ese instante, resonó una voz amorosa sin igual en un eco solemne que le dijo:

​—Pídeme lo que anhelas.

​—Por favor, úsame, Señor. Solo quiero que uses mis manos y mi corazón —imploró Cassidy, alzando sus manos hacia el cielo.

​—Tienes el coraje de llevar mi mensaje a través de tu pincel, tienes las habilidades y eres portadora de mi luz. Entonces, pintarás esta noche sin cesar. Yo seré tus manos, yo seré tu pulso, tu inspiración y tu estrella guía.

​—Sí, Señor.

​Y de manera mística, Cassidy Montgomery sintió que, en esa iluminada noche, unas manos gigantes de un color blanco nacarado, puro e inmaculado como el interior de una caracola empezaron a pintar por ella. El Eterno Creador controlaba su pulso, otorgándole una creatividad grandiosa a cada uno de sus trazos. Cada pincelada, ejecutada con tal precisión, se convertía en un milagro lleno de colores y vida. El cuadro viviente debía ser tan surrealista que fuese capaz de transportar, calmar e inspirar paz y armonía en la mente de la niña Sofía.

​Cassidy no cesó de pintar hasta que el cuadro quedó culminado como una obra magistral. Siempre recordaría que Dios usó sus manos con fuego divino para pintar un paisaje idílico, más allá de lo que la mente humana puede comprender o siquiera imaginar. La obra consumada era, ahora, un portal directo al paraíso de Dios.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.