El testamento
La sala del notario olía a madera vieja y a café quemado. Sofía Vargas cruzó una pierna sobre la otra y clavó la mirada en el reloj de pared. Cada tic-tac le resultaba una ofensa personal. Llevaba cuarenta minutos esperando y la paciencia se le estaba agotando casi tanto como las ganas de no matar a alguien.
Ese alguien entró exactamente tres minutos tarde.
Alejandro Rivas apareció con las manos en los bolsillos de la chaqueta, el pelo ligeramente desordenado y esa sonrisa de lado que Sofía detestaba desde los diecisiete años. Ni siquiera se disculpó. Se dejó caer en el sillón frente a ella como si fuera dueño del lugar.
—Qué coincidencia —dijo él, arrastrando las palabras—. Justo los dos preferidos del abuelo.
Sofía no le dedicó ni una mirada.
—Cállate, Alejandro.
El notario, un hombre mayor de gafas redondas y expresión incómoda, carraspeó y abrió la carpeta.
—Como ambos son los herederos principales de Mateo Vargas Rivas, procederé a la lectura del testamento… de forma conjunta, tal y como él dispuso.
Sofía sintió un nudo en el estómago. El abuelo siempre había tenido un sentido del humor retorcido, pero esto ya rayaba lo sádico.
El notario empezó a leer. Las primeras cláusulas eran predecibles: la casa de la sierra para ambos, las acciones de la bodega repartidas al cincuenta por ciento, algunas donaciones a fundaciones. Hasta que llegó al punto quinto.
Su voz cambió de tono.
—«En el caso de que mis nietos Sofía Vargas y Alejandro Rivas no contraigan matrimonio civil entre ellos y no convivan de forma efectiva bajo el mismo techo durante un período ininterrumpido de trescientos sesenta y cinco días a partir de la fecha de este acto, la totalidad de las acciones de Vargas & Rivas S.A. serán vendidas de forma automática a la empresa competidora Bodegas Altamira, en las condiciones ya pactadas por mí en vida»…
El silencio que siguió fue tan denso que Sofía pudo oír el latido de su propia sangre.
Alejandro se inclinó hacia adelante.
—Perdona… ¿puedes repetir eso último? Porque creo que me ha entrado un derrame cerebral.
El notario tragó saliva y repitió la cláusula completa. Luego añadió, casi en un susurro:
—El matrimonio deberá formalizarse en un plazo máximo de quince días. De lo contrario, la venta se ejecutará de inmediato.
Sofía se levantó de golpe. La silla chirrió contra el suelo.
—Esto es una broma de mal gusto.
—Me temo que no —respondió el notario—. Su abuelo dejó instrucciones muy claras. Incluso grabó un vídeo… por si desean verlo.
Alejandro soltó una carcajada corta y sin humor.
—Claro. Porque no bastaba con jodernos en papel.
Sofía se giró hacia él, los ojos brillantes de furia contenida.
—No voy a casarme contigo. Ni aunque me apunten con un arma.
—Qué alivio —replicó él, poniéndose de pie también—. Porque la idea de despertarme cada mañana viendo tu cara de pocos amigos me quita el apetito.
Se quedaron frente a frente. La misma distancia de siempre. La misma electricidad rancia que llevaban años fingiendo que no existía.
El notario, visiblemente incómodo, recogió sus papeles.
—Les dejo el despacho para que… conversen. Yo estaré fuera.
La puerta se cerró con un clic suave.
Sofía cruzó los brazos.
—Ni se te ocurra pensar que voy a aceptar esto.
—Relájate, Vargas. Yo tampoco pienso casarme contigo por un puto testamento. Pero tampoco voy a dejar que Altamira se quede con la bodega que mi abuelo construyó durante cuarenta años.
Ella apretó la mandíbula.
—Entonces ¿qué propones? ¿Que finjamos durante un año?
Alejandro se pasó una mano por el pelo y soltó un suspiro pesado.
—Exacto. Un año. Firmamos, vivimos bajo el mismo techo, cumplimos las apariencias… y el día trescientos sesenta y cinco firmamos el divorcio y nos repartimos la empresa como adultos civilizados.
Sofía lo miró como si le hubiera propuesto robar un banco.
—¿Vivir juntos?
—La casa de la sierra tiene cuatro habitaciones —dijo él con fingida paciencia—. No tenemos que vernos más de lo estrictamente necesario.
Ella dio un paso hacia la ventana y se quedó mirando la calle un momento. El orgullo le gritaba que se negara. El amor por la bodega le susurraba otra cosa.
Al final se giró.
—Si lo hacemos… habrá reglas.
Alejandro arqueó una ceja, interesado a pesar suyo.
—Dispara.
Sofía levantó un dedo.
—Uno: habitaciones separadas. Ni se te ocurra pisar la mía.
—Concedido. Dos: nada de tocarnos. Ni un roce “accidental”.
—Tres —continuó ella—: no traerás a nadie a la casa. Ni una sola noche.
Alejandro sonrió de lado.
—Eso incluye también a ti, ¿verdad? Porque yo tampoco pienso escuchar gemidos ajenos a las tres de la mañana.
Sofía le lanzó una mirada asesina.
—Cuatro: las discusiones de trabajo se quedan en la oficina. En casa no hablamos de la bodega.
—Cinco —añadió él—: cenamos juntos al menos tres veces por semana. El abuelo era un viejo cabrón, pero no tan tonto. Si no mantenemos cierta apariencia, alguien va a sospechar.
Ella apretó los labios.
—Seis: nada de alcohol en la casa los fines de semana. No confío en ninguno de los dos con una botella de vino encima y tú a dos metros.
Alejandro soltó una risa baja.
—Esa me gusta. Siete: si alguno de los dos rompe una regla… el otro puede exigir una compensación. Y no me refiero a dinero.
Sofía lo miró fijamente.
—¿Qué tipo de compensación?
Él se encogió de hombros, demasiado inocente.
—Lo decidiremos en el momento.
Hubo un silencio cargado. Sofía sintió que el aire se espesaba entre los dos.
—Ocho —dijo al fin, con voz más baja—. Nada de besos. Ni fingidos. Ni para las fotos. Ni para nadie.
Alejandro sostuvo su mirada varios segundos. Luego asintió una sola vez.
—Trato hecho.
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Editado: 26.10.2026