Un Bebé con el hombre Equivocado

Capítulo 1 —La condición

Orlando de Vargas puso precio a un nieto que aún no había sido concebido.

Lo hizo durante una cena familiar, después de ordenar que sirvieran el vino y retirar a todo el personal del comedor. Silvana Massió comprendió que su suegro estaba preparando algo importante. Orlando no reunía a sus hijos para compartir una comida. Los convocaba cuando necesitaba comunicar una decisión que esperaba ver obedecida.

Ernesto se sentó a su derecha y tomó la mano de Silvana. El gesto habría parecido afectuoso si sus dedos no se hubieran cerrado con demasiada firmeza.

María Eugenia Cataldo ocupaba el extremo contrario de la mesa. Después de más de cuarenta años de matrimonio, conocía suficientemente a su esposo para saber que cualquier intento de hacerlo cambiar de opinión terminaría en una discusión.

La única silla vacía pertenecía a Mariano.

Orlando consultó su reloj por tercera vez.

—Comenzaremos sin él.

Mariano de Vargas entró al comedor en ese preciso momento, sin corbata, con los primeros botones de la camisa abiertos y ninguna señal de arrepentimiento.

—Qué suerte. Por un momento temí perderme la lectura de mi sentencia.

—Llegas diecisiete minutos tarde —señaló Orlando.

—Entonces agradezco que todavía no hayas repartido mi cadáver.

María Eugenia cerró los ojos. Ernesto contempló a su hermano con abierto disgusto, mientras Silvana procuraba no prestarle atención. Mariano tenía la habilidad de provocar a todos y después comportarse como si no comprendiera por qué se molestaban.

—Siéntate —ordenó Orlando.

Mariano ocupó la silla frente a Silvana y le dedicó una sonrisa.

—Buenas noches, cuñada. Veo que tú tampoco lograste escapar.

—Algunos no necesitamos escapar de nuestras responsabilidades.

—Y otros tenemos la inteligencia de no confundir responsabilidades con condenas.

—Basta —intervino Ernesto.

Mariano levantó las manos con una inocencia que no engañó a nadie.

Orlando colocó una carpeta sobre la mesa.

—He tomado una decisión respecto al futuro del grupo de Vargas. Las acciones de control no serán divididas entre ustedes.

La expresión divertida de Mariano desapareció. Ernesto se inclinó hacia delante.

Durante años, todos habían dado por sentado que el mayor ocuparía la presidencia cuando Orlando decidiera retirarse. Ernesto trabajaba en el grupo desde que terminó la universidad. Mariano, cinco años menor, conservaba acciones y asistía a las reuniones imprescindibles, pero dedicaba la mayor parte del tiempo a sus propios negocios y a una vida que alimentaba regularmente a la prensa.

—El grupo necesita una única cabeza —continuó Orlando—. Dividir el control debilitaría nuestro apellido.

—Mariano nunca ha mostrado interés en dirigirlo —dijo Ernesto.

—No he mostrado interés en obedecerte. Es diferente —corrigió su hermano.

—Ninguno recibirá el control por antigüedad ni por el trabajo realizado hasta ahora. He creado un fideicomiso con condiciones específicas. El primero de ustedes que, estando legalmente casado, me dé un descendiente biológico será quien dirija el grupo de Vargas.

El silencio cayó sobre la mesa.

Silvana sintió que la mano de Ernesto se cerraba todavía más sobre la suya. Habían intentado tener un hijo durante casi dos años. Cada prueba negativa había sido una decepción, pero nunca imaginó que su dificultad para concebir terminaría expuesta como parte de una competencia familiar.

Mariano fue el primero en reaccionar.

—¿Estás convirtiendo a un niño en una prueba para elegir al próximo presidente?

—Estoy asegurando la continuidad de esta familia.

—Estás ofreciendo una fortuna a cambio de un nieto.

—Puedes renunciar si la condición te ofende.

—Eso te encantaría.

Orlando miró a Ernesto y Silvana.

—Ustedes tienen ventaja. Ya están casados.

—La intimidad de nuestro matrimonio no debería discutirse en esta mesa —dijo Silvana.

—Dejó de ser un asunto privado cuando la continuidad del apellido comenzó a depender de ustedes.

—Tendremos ese hijo —afirmó Ernesto.

—Llevan cuatro años casados.

—Y no sabemos que exista ningún problema. Simplemente no ha ocurrido todavía.

—Por eso ambos se someterán a estudios, Mariano también.

El menor soltó una risa incrédula.

—¿También tengo que demostrar que mis espermatozoides cumplen con los estándares de la familia?

—Si quieres permanecer dentro del fideicomiso, sí.

—Orlando, esto es humillante —intervino María Eugenia—. No puedes manejar la vida de tus hijos como una empresa.

—Puedo decidir qué hacer con aquello que me pertenece.




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