Un Bebé con el hombre Equivocado

Capítulo 2 —El precio de un hijo

El médico tardó varios segundos en reaccionar.

—¿Comprende lo que acaba de preguntarme? —Su ceño fruncido revelaba que todavía se negaba a creer que había entendido bien.

—Perfectamente —respondió Ernesto sin alterar el tono.

—Mariano es su hermano.

—Precisamente por eso.

La serenidad de Ernesto resultaba más inquietante que cualquier amenaza. El especialista se quitó los lentes y los dejó sobre el escritorio, como si necesitara observarlo sin nada que se interpusiera entre ambos.

—No puedo proporcionarle información de otro paciente —afirmó con rigidez.

—Mi padre pagó los estudios.

—Eso no elimina la confidencialidad médica.

—Tampoco elimina los dos millones que esta clínica debe al banco.

El médico endureció la expresión. La mención de la deuda había golpeado exactamente donde Ernesto pretendía.

—Mis problemas financieros no le conciernen.

—Puedo hacer que desaparezcan mañana. Por eso le conviene responder.

El silencio confirmó que había conseguido su atención. El especialista miró la puerta cerrada antes de volver a sentarse.

—La muestra de Mariano presentó parámetros normales —admitió finalmente, bajando la voz.

—¿Normales? —Ernesto entrecerró los ojos. Necesitaba una respuesta más precisa.

—En realidad muy buenos. Concentración elevada, movilidad excelente y ninguna alteración significativa. Biológicamente, sí, podría conseguir un embarazo. Pero eso no le concede ningún derecho a utilizarla.

La respuesta produjo en Ernesto una mezcla de alivio y resentimiento. Su hermano, que no deseaba casarse ni formar una familia, podía engendrar hijos sin dificultad. Él, que necesitaba uno para conservar todo aquello por lo que había trabajado, no tenía un solo espermatozoide viable.

—¿Qué hicieron con la muestra?

—Se utilizó una pequeña parte para el análisis. El resto continúa en el laboratorio y será desechado al finalizar el día.

—No lo deseche.

El médico se irguió en su asiento.

—Su hermano no autorizó su conservación.

—Él no tiene por qué saber que fue conservada.

La facilidad con la que Ernesto pronunciaba aquellas palabras terminó con la escasa paciencia del especialista. Se levantó y señaló la puerta.

—Esta conversación ha terminado.

Ernesto no se movió. Apoyó la espalda contra el sillón y cruzó una pierna, demostrando que no tenía ninguna intención de marcharse.

—La ampliación de esta clínica dejó una deuda cercana a los dos millones. Si el banco ejecuta la garantía, perderá el edificio y el laboratorio.

—No cometeré un delito para salvarla —replicó el médico, aunque su mirada se desvió hacia los ventanales que daban al moderno complejo.

—Cancelaré la deuda, le entregaré tres millones y garantizaré el respaldo de la fundación de Vargas durante los próximos diez años.

El especialista se volvió lentamente. Había indignación en su rostro, pero ya no le exigía que saliera.

—Está hablando de utilizar material genético sin autorización.

—Estoy ofreciéndole la oportunidad de conservar todo lo que ha construido.

—Aunque congeláramos lo que queda, una única muestra podría no ser suficiente —señaló, traicionando su resistencia al comenzar a evaluar la viabilidad del plan—. La inseminación no garantiza un embarazo en el primer intento.

Ernesto percibió el cambio. El médico ya no hablaba de principios, sino de dificultades.

—Entonces consiga más.

—¿Cómo supone que haré eso sin que sospeche?

—Dígale que ocurrió un problema con el estudio.

—El resultado ya fue procesado.

—Pero él todavía no lo ha recibido.

Ernesto se inclinó hacia delante y apoyó los antebrazos sobre el escritorio.

—Llámelo y dígale que la muestra se contaminó o que hubo una falla durante el procesamiento.

—Aceptaría repetirla una vez. No entregará varias muestras porque se lo pidamos —objetó el médico, moviendo la cabeza.

—Mi padre exige una certificación para incorporarla al expediente del fideicomiso. Dígale que necesitan dos nuevos análisis realizados en días distintos y por laboratorios diferentes para avalar los resultados. Yo diré que también me los pidieron. Es más, me quejaré de esa molestia hoy durante la cena. Así nadie sospechará.

El médico lo contempló con una mezcla de repulsión y asombro. Ernesto no estaba improvisando; construía la mentira mientras hablaba y cerraba cada posible salida.

—Eso nos daría tres muestras.

—Divídalas y congele todo lo que pueda.

—Sin su consentimiento —insistió, como si necesitara obligarlo a reconocer la dimensión de lo que proponía.




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