Ernesto sostuvo la mano de su esposa mientras el médico le atribuía una patología inventada.
Silvana permanecía sentada frente al escritorio, con los dedos enlazados a los de su marido y la mirada fija en la carpeta abierta. Había esperado aquella consulta durante días. Necesitaba saber por qué, después de casi dos años de intentos, cada prueba de embarazo continuaba mostrando una sola línea.
El médico acomodó unos estudios antes de hablar. Evitó mirar a Ernesto, consciente de que cada documento había sido alterado siguiendo sus órdenes.
—Ya tenemos los resultados completos de ambos —anunció.
Silvana apretó la mano de su esposo.
—¿Encontraron algún problema?
—Los parámetros reproductivos del señor de Vargas se encuentran dentro de la normalidad —respondió el especialista, pronunciando la mentira con una seguridad que no sentía—. En su caso, los estudios indican un factor cervical severo.
Silvana tardó unos segundos en asimilarlo.
—¿Qué significa exactamente?
El médico giró hacia ella varias imágenes y señaló una zona que sabía perfectamente sana.
—Su canal cervical presenta un estrechamiento y, durante el periodo fértil, el moco adquiere una consistencia demasiado espesa. Eso dificulta el avance de los espermatozoides e impide que una cantidad suficiente llegue al útero.
—¿Siempre he tenido ese problema? —preguntó ella, buscando en su memoria alguna señal que pudiera haber ignorado.
—Es posible. Muchas mujeres no presentan síntomas y solo lo descubren cuando intentan concebir.
Silvana bajó la mirada hacia sus manos. Ernesto percibió el instante exacto en que la culpa comenzó a instalarse en ella.
—Entonces el problema soy yo.
—No deberíamos hablar de culpables —intervino el médico, perturbado por el efecto de sus palabras.
—Pero los resultados de Ernesto son normales y los míos no —insistió ella. Su voz perdió firmeza—. Todo este tiempo fui yo quien impidió que tuviéramos un hijo.
Ernesto soltó su mano únicamente para rodearle los hombros. La atrajo contra su pecho y le acarició el cabello con una ternura cuidadosamente representada.
—No vuelvas a decir algo así, mi amor —murmuró—. No me has fallado.
—Llevamos casi dos años intentándolo. Tú querías ser padre y yo…
—Yo me casé contigo, no con tu capacidad de darme hijos.
El médico apartó la mirada. Sabía que Ernesto había comprado cada una de aquellas palabras antes de entrar al consultorio.
Silvana respiró profundamente para contener las lágrimas.
—¿Significa que no podré quedar embarazada?
—La concepción natural sería muy difícil, pero no estamos frente a una imposibilidad —explicó el especialista—. La inseminación artificial nos permitiría superar la barrera cervical e introducir los espermatozoides directamente en el útero.
—¿Tendríamos posibilidades reales?
—Sus ovarios funcionan correctamente y su reserva ovárica es buena. Con seguimiento, medicación y una muestra de calidad, las probabilidades son favorables.
Ernesto tomó nuevamente la mano de su esposa.
—Haremos el tratamiento.
Silvana volvió la cabeza hacia él.
—No quiero obligarte a pasar por todo esto.
—No me estás obligando. —Ernesto le sostuvo el rostro y secó con el pulgar una lágrima que acababa de escapar—. Voy a acompañarte en cada consulta y haremos tantos intentos como sean necesarios.
La gratitud con la que Silvana lo contempló habría avergonzado a otro hombre. Ernesto se limitó a besarle la frente.
El médico les explicó los controles, la medicación y el momento aproximado del procedimiento. Silvana escuchó con atención, aferrándose a cada posibilidad. Cuando la consulta terminó, salió abrazada a una carpeta llena de resultados falsos.
Habían avanzado algunos metros por el pasillo cuando Ernesto se detuvo.
—Olvidé preguntarle cuánto tiempo debo mantener abstinencia sexual antes de entregar la muestra.
Silvana miró hacia el consultorio.
—Podemos regresar juntos.
—No es necesario. —Él le entregó las llaves del coche y sonrió, como si solo quisiera evitarle una conversación incómoda—. Ve adelantándote. Te alcanzaré en unos minutos.
Silvana aceptó y continuó hacia los elevadores. Ernesto esperó a verla doblar la esquina antes de regresar al consultorio.
El médico todavía estaba junto al escritorio cuando él cerró la puerta.
—La dejó convencida de que es la responsable —reprochó en voz baja.
—Eso era exactamente lo que debía hacer.
—Está destrozada.
—Y aceptó la inseminación —replicó Ernesto, demostrando cuál de las dos cosas le importaba—. ¿Mariano ya llegó?
El especialista consultó la pantalla.
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Editado: 29.08.2026