Dos líneas bastaron para que Silvana olvidara el miedo de las últimas semanas.
Había esperado catorce días desde la inseminación, contando cada jornada y analizando cualquier cambio de su cuerpo. Aquella mañana se despertó antes de que sonara la alarma y entró al baño con la prueba escondida entre las manos.
La dejó sobre el lavabo y trató de obedecer las instrucciones. Tres minutos. No debía mirarla antes. Resistió menos de uno.
La primera línea apareció casi de inmediato. Silvana contuvo la respiración mientras una segunda marca comenzaba a dibujarse a su lado. Al principio fue pálida, apenas visible, pero terminó adquiriendo suficiente color para no dejar lugar a dudas.
Estaba embarazada.
Se cubrió la boca para ahogar un sollozo. Después de tantas pruebas negativas, le costaba creer que aquella fuera diferente. Tomó el teléfono y llamó a Ernesto sin pensar en la hora.
—Silvana, estoy a punto de entrar a una reunión —respondió él con impaciencia—. ¿Ocurrió algo?
Ella intentó hablar, pero la emoción le cerró la garganta.
—La prueba dio positivo.
Al otro lado de la línea se produjo un silencio.
—¿Estás segura? —Ernesto se apartó de las personas que lo acompañaban y cerró la puerta de su oficina.
—Hay dos líneas. Son muy claras. Ernesto, funcionó.
Él apoyó una mano en el escritorio. No pensó en un hijo ni en la mujer que lloraba de felicidad. Pensó en las acciones de control, en la presidencia del grupo y en el rostro que pondría Orlando cuando supiera que Mariano había perdido antes de comenzar.
—Lo logramos —dijo, permitiendo que el alivio invadiera su voz.
Silvana interpretó aquella emoción como la de un hombre que acababa de descubrir que sería padre.
—Todavía tenemos que confirmarlo con el análisis de sangre.
—Va a confirmarlo. No vuelvas a dudar.
Ernesto regresó a casa antes del mediodía con un ramo de flores. La encontró sentada en la cama, contemplando la prueba como si temiera que las dos líneas pudieran desaparecer.
Se arrodilló frente a ella y apoyó una mano sobre su vientre todavía plano.
—Aquí está nuestro hijo.
Silvana soltó una risa entre lágrimas.
—Es demasiado pronto para decir eso.
—Es un de Vargas. Sabe que no puede hacernos esperar más.
Ella tomó su rostro y lo besó, conmovida por una felicidad que creyó compartida. Ernesto la abrazó y miró por encima de su hombro. Por primera vez desde que había conocido el diagnóstico, se sintió seguro.
El plan había funcionado.
Esa noche, después de cenar, recibió una llamada que atendió lejos de Silvana. Regresó al dormitorio pocos minutos después y comenzó a cambiarse la camisa.
—Tengo que salir.
—¿Ahora? —Silvana dejó la prueba sobre la mesa de noche—. Pensé que pasaríamos la noche juntos.
—Surgió una reunión urgente con unos inversores extranjeros. Mañana regresan a su país y es la única oportunidad de cerrar el acuerdo.
La decepción de Silvana fue evidente, pero Ernesto se acercó y le acarició el rostro.
—Preferiría quedarme aquí. Sin embargo, si pronto voy a tener una familia más grande, tendré que asegurarme de que no le falte nada.
—A nuestra familia no le falta nada.
—Y quiero que continúe así.
La besó con delicadeza antes de marcharse. Silvana lo observó desde la ventana hasta que el coche abandonó la propiedad. No tenía motivos para desconfiar. Ernesto siempre había trabajado hasta tarde y la competencia por la sucesión había aumentado sus responsabilidades.
Intentó dormir, pero la excitación la mantuvo despierta. Cerca de las once abandonó el ala principal y bajó por la escalera que desembocaba en el centro de la mansión. La cocina era uno de los espacios que no pertenecían exclusivamente a ninguno de los hermanos.
Al encender la luz, encontró a Mariano sentado junto a la isla, con una copa entre las manos. Había llegado desde el ala oeste, donde conservaba sus habitaciones desde mucho antes del matrimonio de Ernesto.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Silvana, llevándose una mano al pecho.
—Vivo aquí —respondió él, levantando la copa a manera de saludo—. Algunas noches hasta me permito utilizar la cocina.
—Tu ala tiene una cocina propia.
—Esta tiene mejor whisky.
Silvana tomó la taza junto a la tetera y se volvió hacia él.
—Podrías beberlo en cualquiera de tus apartamentos.
—Ernesto también podría vivir en cualquiera de sus propiedades y, sin embargo, ninguno piensa marcharse.
—La situación debía ser temporal.
—Eso fue lo que tú supusiste cuando te casaste con mi hermano —corrigió Mariano, sin molestarse—. Cuando mis padres se mudaron a su nueva residencia, Ernesto se quedó con el ala principal y yo conservé la mía. Nadie dijo que tenía que desaparecer cuando llegara su esposa.
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Editado: 29.08.2026