Un Bebé con el hombre Equivocado

Capítulo 5 —El heredero

El embarazo convirtió a Silvana en la mujer más importante de la familia de Vargas.

El análisis de sangre confirmó el resultado de la prueba casera. Cuando la enfermera le comunicó que los valores eran compatibles con un embarazo, tuvo que sentarse en el borde de la cama.

—¿Entonces es definitivo? —preguntó, aferrándose al aparato.

—El embarazo está confirmado. El médico le indicará cuándo debe realizarse el primer control.

Silvana agradeció y buscó a Ernesto, que esperaba cerca de la ventana. Él comprendió la respuesta antes de que ella hablara.

—Estoy embarazada —repitió Silvana, esta vez sin ninguna duda.

Ernesto la abrazó y cerró los ojos. Silvana confundió la satisfacción del hombre que había salvado su herencia con la emoción del futuro padre.

—Quiero ver el informe —dijo él.

Ella se lo mostró sin sospechar que su urgencia no nacía de la incredulidad, sino de la necesidad de tener una prueba que pudiera presentar ante Orlando.

—Esta noche se lo diremos a la familia —sentenció Ernesto.

Horas después, Orlando y María Eugenia los recibieron en su residencia. No quisieron esperar para celebrar una noticia que el patriarca llevaba años esperando.

Joaquín Massió, el hermano mayor de Silvana, ocupó el lugar a su lado. Era la única familia que le quedaba desde que sus padres murieron en un accidente tres años atrás. Al verla entrar, la abrazó con tanta fuerza que ella terminó riendo contra su hombro.

—Vas a aplastar a tu sobrino —protestó, con los ojos húmedos.

—Tendrá que acostumbrarse. Pienso consentirlo desde antes de que nazca —respondió Joaquín, apartándose para observarla—. Mamá y papá habrían sido muy felices.

La alegría de Silvana se volvió más frágil.

—También habrían estado asustados —reconoció—. Es muy pronto y todavía pueden pasar muchas cosas.

Joaquín le apretó las manos.

—Entonces yo me preocuparé por ellos y tú te permitirás estar feliz. Para eso están los hermanos mayores.

Ernesto se acercó y le rodeó la cintura delante de todos. Besó su sien, interpretando otra vez al esposo atento.

—Yo me ocuparé de que no tenga ningún motivo para preocuparse.

Joaquín sostuvo su mirada durante unos segundos antes de asentir.

Mariano llegó cuando ya estaban sirviendo la cena. Saludó con naturalidad y ocupó su lugar sin mencionar la conversación con Silvana, noches atrás. Cuando Orlando pidió silencio, él miró a Silvana con una sorpresa bien representada.

—El análisis de sangre confirmó el embarazo —anunció Ernesto, poniéndose de pie—. Silvana y yo vamos a tener un hijo.

María Eugenia se levantó de inmediato para abrazarlos. La noticia pareció quitarle varios años a Orlando. Enderezó la espalda y alzó su copa con una energía que no había mostrado.

—Por el primer descendiente de la nueva generación de Vargas —declaró—. Y por Ernesto, el hombre que asegurará la continuidad de esta familia.

El brillo de satisfacción en los ojos de su marido incomodó a Silvana. Aún no conocían el sexo del bebé, apenas había comenzado el embarazo y Orlando ya hablaba de él como si fuera una pieza del patrimonio.

—Brindemos primero porque nazca sano —intervino Joaquín, sin disimular su desaprobación—. El resto puede esperar.

Orlando lo miró con frialdad.

—Naturalmente. Pero esta noticia también define el futuro del grupo.

—Define el futuro de Ernesto si el embarazo llega a término —corrigió Mariano, haciendo girar la copa entre los dedos—. Todavía faltan varios meses.

Silvana se tensó ante la posibilidad mencionada, y María Eugenia lo notó.

—No era necesario expresarlo de esa manera —le reprochó a su hijo menor—. Todos sabemos que un embarazo necesita tiempo.

—No pretendía inquietarla. Solo recordarle a mi padre que un niño no debería cargar con la empresa antes de tener un nombre.

Orlando dejó la copa sobre la mesa.

—Por eso la transferencia será provisional. No mantendré detenidas decisiones importantes cuando la sucesión está prácticamente resuelta.

Ernesto recibió aquellas palabras con una modestia que no sentía.

—Seguiré trabajando como hasta ahora. No necesito ningún privilegio anticipado.

Mariano soltó una risa breve.

—Por supuesto que no. Solo la presidencia.

—Esta noche no vamos a discutir —advirtió María Eugenia, lanzando a sus hijos una mirada cansada—. Silvana merece disfrutar de su embarazo sin convertirlo en otra competencia.

Mariano dejó la copa y se acercó a su cuñada. Aunque ya conocía la noticia, su sonrisa fue sincera.

—Felicidades, Sil, al fin algo interesante va a ocurrir en esta familia.

La abrazó. El gesto se prolongó un segundo más de lo necesario y Silvana se apartó antes de que aquella cercanía despertara el recuerdo de la cocina.




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