(LO QUE SUCEDIÓ EN LA CENA)
Silvana tardó varios minutos en advertir que la silla de Joaquín estaba vacía.
La cena continuaba alrededor de la larga mesa de Orlando y María Eugenia. La noticia del embarazo había despertado una efusividad poco habitual en la familia, aunque Orlando no había tardado en convertirla en un anuncio relacionado con la sucesión del grupo. Ernesto, sentado a su lado, recibía felicitaciones como si hubiera conseguido cerrar el negocio más importante de su vida.
Joaquín ya no estaba allí.
Silvana recorrió el comedor con la mirada. Su hermano había dejado la servilleta sobre la mesa y su copa permanecía casi llena. Nadie parecía haber notado su ausencia. Orlando continuaba hablando con el abogado, María Eugenia escuchaba una conversación al otro extremo de la mesa y Ernesto permanecía demasiado pendiente de su padre para preguntarse dónde se encontraba su cuñado.
Hacía tiempo que Silvana no veía a Joaquín. Se habían comunicado por teléfono y habían intercambiado mensajes, pero no era lo mismo. Desde la muerte de sus padres, tres años atrás, ambos se habían convertido en la única familia directa del otro. Silvana necesitaba hablar con él sin tener alrededor a los De Vargas, el abogado, los empleados y las conversaciones sobre fideicomisos.
Se disculpó y salió del comedor.
Lo buscó primero en el salón contiguo y después en la terraza. Las puertas que daban al jardín estaban abiertas. La iluminación exterior dibujaba el sendero entre los arbustos y permitía distinguir las fuentes y los bancos de piedra.
Encontró a Joaquín cerca de un árbol, con la chaqueta abierta y las manos en los bolsillos. Miraba hacia la casa como si estuviera calculando cuánto tiempo podía permanecer fuera sin que alguien fuera a buscarlo.
—Sabía que estarías aquí —dijo Silvana mientras se acercaba.
Joaquín volvió la cabeza.
—¿Tan predecible soy?
—Desapareces cada vez que llevas demasiado tiempo rodeado por la familia de mi esposo.
—Necesitaba desintoxicarme de los De Vargas —reconoció él, respirando profundamente—. Cinco minutos más escuchando a Orlando hablar de continuidad, linaje y presidencias, y habría terminado arrojándome dentro de la fuente.
—La fuente no tiene suficiente profundidad.
—También consideré ahogarlo a él, pero supuse que arruinaría tu anuncio.
Silvana intentó mostrarse molesta, aunque no consiguió contener completamente la sonrisa.
—No has cambiado.
—Tú tampoco. Continúas intentando no reírte de mis comentarios para que tu marido no crea que soy una mala influencia.
La mención de Ernesto hizo desaparecer la sonrisa. Silvana llegó hasta él y, antes de que pudieran comenzar otra de sus discusiones habituales, lo abrazó.
Joaquín reaccionó de inmediato. La rodeó con ambos brazos y la estrechó contra su pecho. Durante varios segundos ninguno habló. No hacía falta. El tiempo que llevaban sin verse se hizo evidente en la fuerza con la que se sostuvieron.
—Te extrañé —admitió Silvana al separarse.
—Yo también. —Joaquín mantuvo las manos sobre sus brazos mientras la observaba—. No imaginaba que la próxima vez que nos viéramos tendría que compartirte con mi sobrino.
Silvana se llevó una mano al vientre. Todavía no había ningún cambio visible, pero el gesto se había vuelto instintivo desde que aparecieron las dos líneas en la prueba.
—Puede ser sobrina.
—Entonces será mi sobrina favorita.
—Será la única.
—Eso facilitará las cosas.
Joaquín bajó la mirada hacia la mano de Silvana y su expresión perdió toda ironía.
—¿Cómo te sientes?
—Bien. El análisis de sangre confirmó el embarazo y el médico dice que todo marcha como debería.
—No me refiero únicamente a eso.
Silvana comprendió la pregunta. Había pasado demasiado tiempo sintiéndose culpable por no quedar embarazada, sometiéndose a estudios y convencida de que su cuerpo le estaba fallando. Ahora la felicidad se mezclaba con el miedo constante de que algo pudiera salir mal.
—Estoy feliz —respondió—. Asustada, pero feliz.
Joaquín volvió a abrazarla, esta vez con más cuidado.
—Entonces yo también lo estoy. Ese bebé será lo mejor que le haya ocurrido a la familia en mucho tiempo.
—¿A cuál de las dos?
—A la nuestra. Para opinar sobre los De Vargas tendría que consultar primero con un especialista.
Silvana se apartó con un suspiro.
—Acabas de decir que estabas feliz y ya estás buscando la manera de estropearlo.
—No quiero estropear nada.
—Siempre haces lo mismo, Joaquín. Cada vez que hablamos de Ernesto, encuentras un motivo para atacarlo.
—No necesito buscar demasiado.
—Es mi esposo.
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Editado: 29.08.2026