Un Bebé con el hombre Equivocado

Capítulo 9 —La pregunta equivocada

Una sola coincidencia podía destruir demasiadas vidas.

Mariano lo comprendió mientras conducía lejos de la clínica, con las manos aferradas al volante y el nombre de Silvana todavía fijo en su memoria. La lista no demostraba que hubieran utilizado su muestra para inseminarla. Únicamente confirmaba que el procedimiento de su cuñada se realizó durante la misma semana en que la clínica perdió la trazabilidad de aquel recipiente.

Había otras diez mujeres en el registro. Cualquiera de ellas podía estar vinculada con la irregularidad.

Incluso era posible que la muestra hubiese sido descartada sin dejar constancia.

Repitió esos argumentos hasta que dejaron de sonar como una explicación razonable y comenzaron a parecer una defensa desesperada. Antes de llegar a la mansión, desvió el automóvil hacia uno de sus apartamentos. No quería regresar sin haber ordenado sus pensamientos y solo existía una persona con la que podía hablar sin temor a provocar un desastre.

Joaquín respondió la llamada al tercer tono.

—Necesito que vengas a verme, se trata de tu hermana —pidió Mariano, sin perder tiempo con saludos.

—¿Ocurrió algo con Silvana? —La voz de su amigo cambió de inmediato; la preocupación desplazó cualquier otra pregunta.

—Ella está bien. No la llames ni le digas que hablaste conmigo, estoy en el departamento del centro.

El silencio que recibió reveló que aquella advertencia no había conseguido tranquilizarlo.

—Llegaré en veinte minutos —respondió Joaquín antes de cortar.

Mariano lo esperó junto a los ventanales del salón, aunque no prestó atención a la ciudad extendida bajo el edificio. Cuando escuchó la puerta, dejóla botella de cerveza que no había probado y se volvió.

Joaquín entró con el rostro tenso.

—Dijiste que Silvana está bien, pero también me prohibiste llamarla. Será mejor que comiences por explicarme esa contradicción.

—No existe ninguna contradicción. Solo no quiero preocuparla por algo que quizá no tenga relación con ella.

Joaquín dejó las llaves sobre una mesa. La rigidez de sus hombros aumentó al escuchar la última frase.

—¿Qué cosa podría no tener relación con ella?

Mariano le señaló el sillón, pero su amigo permaneció de pie. No insistió. Tampoco encontraba una manera delicada de contar lo que había descubierto.

—La clínica conservó tres muestras mías sin mi autorización —explicó—. Entregué cuatro después del estudio inicial. De la cuarta solo existe el comprobante de recepción. No fue analizada, no aparece congelada y tampoco hay constancia de que la destruyeran.

Joaquín lo miró varios segundos, inmóvil frente a él.

—¿Estás diciendo que perdieron una muestra tuya?

—Estoy diciendo que no pueden demostrar qué hicieron con ella.

—Eso no es perder una carpeta, Mariano. Se trata de material genético.

La indignación endureció las facciones de Joaquín. Dio dos pasos hacia el ventanal y regresó, incapaz de quedarse quieto mientras asimilaba la gravedad del problema.

—La nueva coordinadora abrió una investigación interna —continuó Mariano—. Por ahora solo consiguió delimitar el período en que desapareció.

—¿Y qué tiene que ver Silvana con todo esto?

Mariano sostuvo la mirada de su amigo. Pronunciarlo en voz alta le resultó más difícil de lo que había imaginado.

—Durante esa semana realizaron once inseminaciones. Silvana aparece entre las pacientes.

Joaquín se acercó de golpe.

—¿Utilizaron tu muestra en mi hermana?

—No he dicho eso. —Mariano levantó una mano, conteniendo la reacción que había anticipado—. En el registro figura que fue inseminada con una muestra conyugal de Ernesto.

—Entonces ¿por qué mencionas su nombre?

—Porque el procedimiento lo realizó el mismo director que ordenó conservar mis muestras sin pedirme consentimiento. También fue él quien me hizo regresar cuatro veces alegando que las anteriores eran insuficientes.

Joaquín bajó la vista. La cólera inicial cedió espacio a una inquietud mucho más fría.

—¿Cuándo entregaste la muestra que falta?

—Dentro del mismo período en que inseminaron a Silvana.

—Eso continúa sin demostrar que utilizaran la tuya —señaló Joaquín, aunque la lentitud con la que pronunció la frase reveló que intentaba convencerse tanto como a Mariano.

—Precisamente por eso no hablé con ella.

Joaquín se pasó una mano por el rostro y finalmente ocupó el sillón. Apoyó los antebrazos sobre las piernas, inclinado hacia delante.

—Si le contamos esto ahora, convertiremos su embarazo en una pesadilla basándonos en una coincidencia.

—Y si no le decimos nada, pero la muestra utilizada fue la mía, estamos permitiendo que siga creyendo una mentira.

—Todavía no sabes que exista una mentira —lo corrigió Joaquín, mirándolo con firmeza—. Primero necesitas averiguar si Ernesto tenía algún motivo para recurrir a material ajeno.




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