Un Bebé con el hombre Equivocado

Capítulo 10 —Una noche en vela

Durante dos días, Mariano intentó refugiarse en los números.

Las inversiones habían sido siempre su territorio. Mientras Ernesto se preparaba para heredar la presidencia del grupo familiar, él había construido su propia fortuna operando en la bolsa, estudiando mercados y moviendo capital sin pedirle permiso a Orlando. Aquel día permaneció horas frente a las pantallas, siguiendo gráficos, revisando informes y cerrando posiciones que llevaba semanas esperando.

Sin embargo, cada vez que aparecía una cifra inesperada, pensaba en la muestra faltante. Cuando una operación cambiaba de dirección, recordaba el nombre de Silvana en la lista. Y siempre regresaba a la pregunta de Ernesto:

—¿Te revelaron el nombre de la mujer?

El teléfono vibró junto al teclado. Joaquín lo había llamado tres veces durante aquellos días y Mariano supo qué quería antes de responder.

—Todavía no tengo novedades —informó, sin apartar los ojos de las pantallas—. La coordinadora dijo que me avisaría cuando terminara de revisar los registros.

—¿Volviste a hablar con Ernesto? —La voz de Joaquín conservaba esa cautela que comenzaba a irritarlo, aunque Mariano comprendía de dónde provenía.

—No encontré otra oportunidad.

—No necesitas buscarla. Necesitas esperar.

Mariano dejó el bolígrafo sobre el escritorio y se reclinó en la silla.

—Mi hermano sabe algo. No preguntó por como me enteré ni que pensaba hacer, solo preguntó por la mujer.

—Y ya hablamos de eso —recordó Joaquín, sin dejarse arrastrar por su impaciencia—. Su pregunta demuestra que sospechó cuál podía ser la irregularidad. No prueba que haya utilizado tu muestra ni que Silvana tenga relación con ella.

—Puedo distinguir una sospecha de una prueba.

—Entonces no hagas nada estúpido hasta tener la segunda.

Mariano cerró los ojos durante unos segundos. No necesitaba que Joaquín lo vigilara, pero agradecía que alguien supiera lo que estaba ocurriendo. Sin aquellas llamadas, probablemente ya habría arrinconado a Ernesto contra una pared para exigirle la verdad.

—No haré nada —prometió—. Seguiré esperando.

—Me conformaría más si no lo dijeras como un hombre que está a punto de hacer exactamente lo contrario.

La observación consiguió suavizar por un instante la expresión de Mariano.

—Confía un poco en mí.

—Confío en ti, al punto que podnría mi vida en tus manos, amigo. Lo que no confío es en tu paciencia.

La comunicación terminó poco después. Mariano volvió a concentrarse en los mercados y logró trabajar hasta entrada la noche, pero al llegar a la mansión los interrogantes regresaron con más fuerza.

Cenó solo en su ala, revisó nuevamente el correo y permaneció en la cama durante casi una hora sin conseguir dormir. Cada vez que cerraba los ojos veía a Silvana anunciándole su embarazo en la cocina. Recordaba su alegría, la forma en que había apoyado las manos sobre la isla y la ilusión con la que había pronunciado aquellas palabras.

Se levantó cerca de la medianoche.

La piscina permanecía iluminada por las luces sumergidas. Mariano dejó la toalla sobre una tumbona y se lanzó al agua. Comenzó a nadar con brazadas largas, obligándose a contar cada recorrido para no pensar en nada más. Aumentó el ritmo hasta que los músculos de los hombros comenzaron a arder y la respiración se volvió pesada.

Cuando salió, estaba agotado, pero no más tranquilo.

Se secó el cabello con la toalla y miró hacia la construcción principal. Varias luces permanecían encendidas en el ala donde vivían Ernesto y Silvana.

La promesa que le había hecho a Joaquín apenas unas horas antes perdió fuerza.

No tenía pruebas para hablar con Silvana, pero podía exigirle a Ernesto que dejara de evadirlo. No pensaba acusarlo de haber hecho algo con su muestra. Solo quería verlo a la cara cuando volviera a preguntarle por sus estudios.

Se puso una camiseta y un pantalón deportivo antes de abandonar su ala. Atravesó las zonas comunes y llegó hasta el corredor que comunicaba con las habitaciones de su hermano. El despacho estaba vacío. También el pequeño salón privado.

—¿Ernesto? —llamó, avanzando hacia el dormitorio.

No recibió respuesta.

La puerta se encontraba entreabierta. Mariano empujó con una mano y alcanzó a ver una figura junto a la cama.

Silvana estaba sentada en el suelo, inclinada sobre sí misma y con los brazos alrededor del vientre. Los sollozos breves que escapaban de su garganta parecían impedirle respirar.

—Silvana.

Mariano cruzó la habitación y se arrodilló a su lado. Ella levantó apenas la cabeza, pero volvió a doblarse cuando otra punzada la atravesó.

—¿Qué te sucede? —preguntó mientras intentaba verle el rostro—. Mírame, necesito saber qué pasó.

Silvana abrió la boca, aunque solo consiguió tomar aire de manera entrecortada. Tenía la frente cubierta de sudor y los dedos hundidos en la tela de su camisón.




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