Un Bebé con el hombre Equivocado

Capítulo 11 —Cuando salió el sol

La puerta se abrió de golpe.

Mariano despertó sobresaltado y necesitó unos segundos para recordar dónde estaba. Tenía el cuello rígido por haber dormido en el sillón, los brazos cruzados sobre el pecho y una de las piernas entumecida. Al otro lado de la habitación, Silvana continuaba recostada en la cama, con la vía conectada al brazo y el rostro todavía pálido.

Ernesto avanzó hacia ella con el abrigo abierto y el cabello ligeramente desordenado. La preocupación que exhibía habría resultado convincente para cualquiera que no hubiese pasado la noche llamándolo.

—¿Qué sucedió? —preguntó mientras se inclinaba sobre su esposa—. Cuando llegué a la casa me dijeron que Mariano te había llevado al hospital.

Silvana aceptó el beso que él depositó sobre su frente.

—Tuve un dolor muy fuerte, pero el embarazo está bien. El médico quiere que permanezca unas horas en observación.

Mariano se incorporó despacio, frotándose la nuca.

—Apareciste al fin.

Ernesto se volvió hacia él. Sus ojos se detuvieron primero en la ropa deportiva que su hermano todavía llevaba y después en el sillón donde había pasado la noche.

—Ya te dije que estaba en una reunión de negocios —respondió, cuidando que la molestia no alterara demasiado su voz.

—Sí, me imagino.

La expresión de Mariano dejó claro que imaginaba algo muy diferente. Ernesto apretó la mandíbula, pero Silvana intervino antes de que pudiera contestarle.

—No comiencen, por favor. —Ella intentó incorporarse y una molestia la obligó a permanecer apoyada contra las almohadas—. Ernesto, deberías agradecer que Mariano estuviera en la casa. Me encontró en el suelo y me trajo de inmediato.

Ernesto le acarició con una mano el hombro.

—No estoy diciendo que hiciera mal en ayudarte. Me preocupa que hayas tenido que pasar por esto sin poder localizarme.

—Mariano te llamó varias veces —señaló Silvana, observándolo con una mezcla de cansancio y desconcierto—. También te envió un mensaje.

—Tenía el teléfono en silencio. No podía interrumpir la reunión para revisar cada llamada.

Mariano soltó una risa breve, desprovista de cualquier diversión.

—Por supuesto. Tus reuniones siempre exigen una concentración admirable.

—Mariano —lo reprendió Silvana, con los ojos humedecidos por el agotamiento—. No quiero que conviertan esto en otra discusión.

Él la miró y contuvo la respuesta. Silvana había pasado buena parte de la madrugada temiendo que pudiera perder al hijo que esperaba. No era el momento de obligarla a defender a un hombre que ni siquiera se había molestado en encender el teléfono.

Mariano se levantó del sillón y estiró la espalda.

—Está bien. Ya vino tu esposo, así que no tengo nada más que hacer aquí.

La frase salió con mayor aspereza de la que pretendía. Silvana bajó la mirada hacia sus manos, mientras Ernesto ocupaba el lugar junto a la cama.

—En realidad, no tendrías que haberte quedado toda la noche —dijo Ernesto—. Silvana estaba atendida por médicos y enfermeras.

Mariano giró lentamente la cabeza. La mirada que le dirigió habría bastado para detener a cualquier otro hombre, pero Ernesto la sostuvo desde el otro lado de la cama.

—La enfermera no era la persona a la que ella buscaba cada vez que se abría la puerta —respondió Mariano, bajando la voz para no alterarla más—. Tampoco era la que debía estar aquí.

Silvana respiró profundamente.

—Mariano, no tienes que justificarte. Yo agradezco que te hayas quedado.

La emoción quebró las últimas palabras. Durante toda la noche había intentado mantener la serenidad, pero ver a los hermanos enfrentados por ella terminó debilitando el control que aún conservaba.

Mariano rodeó la cama y se detuvo a cierta distancia. No quiso tocarla delante de Ernesto ni darle a su hermano otra excusa para desviar la atención de su ausencia.

—Voy a marcharme para que descanses —dijo, suavizando la expresión—. Silvana, si necesitas algo, sabes dónde encontrarme.

Ella levantó la vista. Tenía los ojos brillantes y una sonrisa pequeña, agotada.

—Gracias por todo lo que hiciste. No sé qué habría pasado si no hubieras entrado en la habitación.

—No pienses en eso. Estás bien y el pequeño también. Es lo único importante.

Ernesto movió la mano sobre la sábana, pero no llegó a tomar la de su esposa. Mariano reparó en el gesto y abandonó la habitación antes de decir algo que Silvana no debía escuchar.

Avanzó por el pasillo en dirección a los ascensores. Apenas había recorrido unos metros cuando escuchó abrirse la puerta detrás de él.

Ernesto lo alcanzó antes de que llegara a la esquina. Le sujetó un brazo, lo hizo girar y lo empujó contra la pared con un golpe seco.

—Pedazo de imbécil —masculló, acercando el rostro al suyo—. ¿Qué creías que estabas haciendo?




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