La mancha no estaba allí por casualidad.
Silvana la vio cuando Ernesto se inclinó para besarle la frente. Era un rastro rosado, apenas visible sobre el cuello de la camisa, cerca del primer botón desabrochado. No tenía la forma perfecta de unos labios ni resultaba lo bastante intenso para condenarlo sin admitir dudas. Parecía la marca que podía dejar una mujer al acercarse demasiado.
—¿Te duele todavía? —preguntó Ernesto, observando el monitor situado junto a la cama.
—Mucho menos. Los espasmos ya cedieron.
Silvana volvió a mirar la mancha cuando él se enderezó. Había llegado después de pasar la noche en una supuesta cena de negocios, pero aquel detalle todavía podía tener una explicación que no involucrara a otra mujer.
—Deberías descansar —añadió mientras acomodaba la sábana sobre sus piernas—. Hablaré con el médico para saber cuándo podrás regresar a casa.
Ella asintió. No preguntó por la camisa.
Se negó a construir una infidelidad alrededor de una mancha. Ernesto podía haber saludado a una mujer o haberse ensuciado sin advertirlo.
Para cuando recibió el alta, ya había decidido olvidarlo.
Los días siguientes transcurrieron con una calma impuesta. Silvana obedeció la indicación de descansar. Ernesto preguntaba cómo se sentía antes de salir, llamaba durante el día y regresaba tarde con alguna explicación relacionada con el grupo.
Ella no volvió a ver rastros de maquillaje. Tampoco buscó ninguno.
Tres noches después, estaba despierta cuando él entró en el dormitorio. Silvana había dejado un libro abierto sobre el regazo, pero llevaba varios minutos sin leer. Ernesto cerró la puerta con cuidado y se quitó la chaqueta, creyéndola dormida.
—Todavía estás despierta —comentó al descubrir que lo observaba.
—No tenía sueño. ¿Cómo estuvo la cena?
—Larga. —Ernesto dejó la chaqueta sobre una butaca y comenzó a desabrocharse los puños—. Estamos negociando un acuerdo complicado.
Se acercó para besarla. Silvana giró un poco la cara y sus labios terminaron rozándole la sien. Fue entonces cuando percibió el perfume.
Demasiado dulce. Floral, envolvente y completamente ajeno a él.
No era su colonia ni era de ella. El aroma se había adherido a la camisa con una intensidad que no podía explicarse por haber compartido una mesa.
—¿Ocurre algo? —Ernesto se apartó lo suficiente para estudiarle el rostro.
Silvana obligó a sus dedos a permanecer quietos sobre el libro.
—Estoy cansada. Creo que por fin voy a poder dormir.
—Eso es lo que deberías haber hecho hace horas —respondió él, sin percibir el modo en que ella contenía la respiración.
Ernesto entró en el baño. Silvana escuchó correr el agua mientras el perfume permanecía suspendido junto a la cama. Ya no podía refugiarse en una mancha ambigua. Para que aquel olor se impregnara de esa manera, una mujer había tenido que estar muy cerca de su esposo.
No lo enfrentó. Una pregunta formulada sin pruebas solo le daría la oportunidad de negar, explicar o aprender a ocultarse mejor.
A la mañana siguiente esperó hasta que Ernesto abandonó la mansión. Revisar sus cosas sería cruzar un límite que después no podría borrar, pero el recuerdo del labial se mezcló con el perfume y venció su resistencia.
Entró en el despacho privado de Ernesto y cerró la puerta.
No sabía exactamente qué buscaba. Una factura, un mensaje, una reserva sospechosa. Revisó los cajones del escritorio, los bolsillos de dos chaquetas y un pequeño archivador junto a la biblioteca.
No encontró nada.
La ausencia de rastros terminó por parecerle sospechosa. Ernesto conservaba hasta contratos vencidos; también debía tener un lugar para aquello que no quería que nadie encontrara.
Silvana recorrió el despacho con la mirada.
En una de las paredes colgaba una portada de periódico enmarcada. La fotografía mostraba a Ernesto junto a Orlando durante el acto en el que su padre lo había presentado ante la prensa como el hombre destinado a garantizar la continuidad del grupo De Vargas. Silvana siempre había considerado aquel cuadro una expresión más de la vanidad de su esposo. Esa mañana reparó en que el marco no descansaba completamente contra la pared.
Se acercó y deslizó los dedos por detrás.
El marco cedió con demasiada facilidad.
Silvana lo levantó y descubrió una caja fuerte empotrada. Al ver el teclado comprendió que ya no estaba revisando un cajón abierto. Ernesto había ocultado aquello porque no quería que nadie lo viera.
Aun así, introdujo la fecha de su cumpleaños.
Una luz roja apareció sobre el teclado.
Silvana apretó los labios y probó con el día de su aniversario de bodas. El segundo rechazo fue acompañado por una advertencia: solo quedaba un intento antes del bloqueo temporal.
Apartó la mano.
Si la caja se bloqueaba, Ernesto descubriría que alguien había intentado abrirla. Revisó su agenda, los documentos personales y hasta las dedicatorias de sus libros, buscando una fecha lo bastante importante para proteger sus secretos.
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Editado: 29.08.2026