Valentina sostuvo el volante con ambas manos, aunque el coche llevaba varios minutos apagado.
La clínica se alzaba frente a ella, limpia, moderna, demasiado blanca. Había imaginado ese momento durante un año entero. Lo había temido, pospuesto, deseado y, en las noches más difíciles, también había odiado que todavía existiera una posibilidad capaz de obligarla a seguir adelante.
Sobre el asiento del acompañante descansaba una carpeta azul con todos los estudios, autorizaciones y consentimientos. Encima, una fotografía de Daniel sonriendo con los ojos entrecerrados por el sol.
Valentina la tomó.
—Llegamos —murmuró.
La palabra le salió débil. Como si todavía fueran dos.
En la fotografía, Daniel tenía una mano apoyada sobre la baranda de la terraza de la pastelería y la otra levantada hacia la cámara. Ella recordaba perfectamente aquel día. Habían cerrado temprano, se habían comido dos porciones de tarta de limón que no debían vender porque una había quedado torcida, y él había dicho que sus hijos crecerían creyendo que todos los errores sabían a azúcar.
Valentina apretó la fotografía contra la carpeta.
—No sé si estoy lista.
El silencio del coche no respondió.
Daniel tampoco.
Guardó la imagen, tomó aire y salió antes de perder el valor.
Dentro de la clínica olía a desinfectante y café recién hecho. La recepcionista levantó la mirada al verla acercarse.
—Buenos días. ¿Valentina Ríos?
—Sí.
—El doctor Luján la está esperando. Puede sentarse un momento. Ya avisaron al laboratorio que llegó.
Valentina asintió y se acomodó en una de las butacas. Había otras dos mujeres en la sala, ambas acompañadas. Una sostenía la mano de un hombre que no dejaba de mover el pie. La otra hablaba en voz baja con su madre. Miró el asiento vacío junto a ella.
Daniel habría hecho algún comentario absurdo sobre las revistas viejas. Habría intentado distraerla. Seguramente habría preguntado tres veces si el procedimiento dolía, aunque ya conociera la respuesta.
Un año atrás, ella no había sido capaz de entrar sola a ningún sitio que tuviera olor a hospital. Ahora estaba allí porque él había dejado una última oportunidad esperando por ella dentro de un tanque congelado.
Una puerta se abrió al final del corredor.
Valentina levantó la vista.
Una mujer alta, de cabello oscuro perfectamente recogido, salió del despacho del director. Vestía un traje claro, zapatos de tacón y llevaba unas gafas de sol en la mano. No parecía una paciente. Tampoco tenía la expresión insegura o cansada de quienes aguardaban en la sala.
Caminó con rapidez, pero antes de llegar a la recepción miró por encima del hombro.
Sus ojos se encontraron con los de Valentina durante un instante.
La mujer apartó la vista primero.
—Señora Ríos —llamó una enfermera—. Puede pasar.
Valentina volvió a mirar hacia la entrada. La desconocida ya había desaparecido.
Se levantó con la carpeta pegada al pecho y siguió a la enfermera por el pasillo.
—¿Viene sola? —preguntó la mujer mientras avanzaban.
—Sí.
—¿Quiere que avisemos a alguien cuando terminemos?
Valentina tardó un segundo en responder.
—No. No hace falta.
La enfermera no insistió. Valentina agradeció que no le ofreciera esa mirada blanda que había aprendido a reconocer desde el funeral. La misma que convertía cualquier conversación en un pésame y cualquier silencio en una pregunta sobre cómo conseguía levantarse cada mañana.
No conseguía hacerlo siempre.
Había días en que abría la pastelería solo porque Daniel habría detestado verla cerrada. Otros, amasaba hasta que le dolían los brazos para no pensar. Aquella mañana ni siquiera había podido probar el café. Tenía el estómago cerrado y una esperanza diminuta golpeándole el pecho con más fuerza de la que quería admitir.
La enfermera abrió la puerta del despacho.
Esteban Luján se puso de pie detrás del escritorio. Era un hombre de apariencia impecable, sonrisa tranquila y voz medida. Había acompañado a Valentina durante los meses de estudios previos y siempre sabía qué decir sin parecer compasivo.
—Buenos días, Valentina.
—Buenos días.
—Siéntese, por favor. ¿Cómo se siente?
Ella dejó la carpeta sobre sus piernas.
—No lo sé.
Esteban no intentó llenar el silencio.
—Eso es normal.
—Todo el mundo dice eso cuando no sabe qué otra cosa decir.
Él sonrió apenas.
—Tiene razón. Reformulo la pregunta. ¿Quiere hacerlo hoy?
Valentina bajó la mirada hacia la carpeta.
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Editado: 21.07.2026