Hay dos tipos de personas en este mundo.
Las que organizan una despedida de solteros por separado, como dicta el sentido común.
Y las que deciden juntar a hombres y mujeres en la misma fiesta porque, según ellas, "será mucho más divertido".
Mi mejor amiga pertenecía, evidentemente, al segundo grupo.
—Te juro que esto va a salir perfecto —había dicho Candela un mes antes, con los ojos brillando de entusiasmo nupcial.
No le creí.
Y ahora, viendo a casi cien personas mezcladas entre mesas, luces colgantes, música a todo volumen y camareros corriendo de un lado a otro, seguía pensando exactamente lo mismo.
Una despedida conjunta era una pésima idea.
Las despedidas de solteros existían por una razón biológica y social: el derecho a hacer el ridículo sin que tu futura pareja te vea. Las chicas por un lado, los chicos por el otro. Y al día siguiente, cada grupo volvía a casa con historias que jamás debían abandonar ese chat de WhatsApp donde todos prometían guardar el secreto... hasta la siguiente reunión.
Pero no. Candela y Sebastián estaban desesperadamente enamorados.
Y la gente enamorada tomaba decisiones altamente discutibles.
—Será más divertido —había dicho ella.
—Así estaremos todos juntos —había añadido él.
Yo seguía convencida de que solo querían pagar un único salón. Y, sinceramente, no los juzgaba. Casarse en estos tiempos era un asalto a mano armada para la cuenta bancaria.
—¡Joa!
Algo cayó dentro de mi copa con un golpe seco.
Bajé la vista de inmediato. Una aceituna flotaba tranquilamente sobre mi vermú, salpicando un par de gotas en la mesa.
Levanté la cabeza despacio. Muy despacio.
—¿Acabas de lanzar una aceituna a mi bebida?
Candela me dedicó una sonrisa inocente. Demasiado inocente para ser real.
—Llevo cinco minutos intentando hablar contigo, Joaquina. Te lo has buscado.
—Eso es una absoluta mentira. Estaba prestando atención.
—Flor, por favor, dile cuánto tiempo llevo llamándola —pidió Candela, buscando apoyo.
Flor, que estaba concentrada en su propio trago, fingió mirar un reloj invisible en su muñeca con mucha seriedad.
—Seis minutos —hizo una pausa teatral, entrecerrando los ojos—. Y cincuenta y cuatro segundos.
Abrí mucho los ojos, ofendida.
—¿En serio?
Ella negó con la cabeza, rompiendo el personaje.
—No.
Suspiré aliviada.
—En realidad ya van siete minutos.
Las cuatro empezaron a reírse de mí.
Negué despacio con la cabeza, intentando ocultar mi propia sonrisa.
—Todavía no entiendo por qué sigo siendo amiga de ustedes. De verdad.
—Porque somos encantadoras —respondió Sofía mientras tomaba una papa frita de mi plato sin el menor remordimiento.
—Eso explica el robo de comida —repliqué.
—Exactamente. Es el precio de nuestra maravillosa compañía.
No pude evitar sonreír. Las amaba, no había otra opción. Llevábamos siendo amigas desde los caóticos días de la universidad. Habíamos sobrevivido juntas a exnovios tóxicos, mudanzas desastrosas, trabajos horribles con jefes neuróticos, noches eternas de estudio a base de café frío y hasta a una escapada de fin de semana en la que Flor consiguió perder el coche en el estacionamiento de un centro comercial.
Todavía, cinco años después, no sabíamos cómo había sido posible. Ella tampoco tenía una explicación lógica.
—¿En qué pensabas? —preguntó Marta, devolviéndome a la realidad.
Me encogí de hombros, adoptando mi mejor cara de póker.
—En nada. En los niños de la escuela. En que tengo que comprar cartulinas el lunes.
Candela arqueó una ceja, totalmente incrédula.
—No.
—Sí.
—Estabas mirando.
—¿A quién? —Tomé mi copa, ignorando la aceituna flotante, e intenté parecer completamente tranquila.—A nadie. Miraba la decoración del jardín. Tienen unas luces muy bonitas.
Las cuatro giraron la cabeza exactamente hacia el mismo punto del jardín, ignorando mis luces. Después, volvieron a mirarme al unísono.
Y sonrieron.
Esa sonrisa. La maldita sonrisa de las amigas que ya conocen la respuesta antes de que te atrevas a abrir la boca para mentir.
—Joa... —empezó Candela.
—¿Qué?
—La decoración mide casi un metro noventa.
—¿Y? Hay árboles muy altos.
—Va vestido completamente de negro, con una camisa que le queda indecente —continuó Marta.
#462 en Novela contemporánea
embarazo sorpresa, convivencia forzada, él se enamora primero y más fuerte
Editado: 26.06.2026