Un Bebé para mí Enemigo

CAPÍTULO 1 La invitación que olía a problemas

CAPÍTULO 1 La invitación que olía a problemas

A las cinco y cuarenta de la mañana, cuando el resto de la ciudad todavía dormía bajo sus sábanas y sus malas decisiones, Kylie Kennedy ya llevaba veinte minutos peleándose con una masa de croissant que se negaba a obedecerla.

Era una pelea que repetía casi todos los días, y que casi todos los días ganaba ella, aunque nunca sin antes decir en voz alta algunas cosas que no aparecían en ningún libro de pastelería.

—Escúchame bien, mantequilla del demonio —murmuró, estirando el rectángulo de masa con el rodillo de madera que había sido de su abuela—. Yo no me levanté a las cinco de la mañana para que tú me hagas una capa sí y una capa no. O te laminas como Dios manda o te convierto en galletas de mantequilla y le digo a todo el mundo que fuiste un fracaso.

La masa, naturalmente, no respondió. Las masas son educadas en ese sentido.

La pastelería se llamaba Dulce Kennedy, un nombre que Kylie había escogido en una noche de insomnio, con un cuaderno en las rodillas y un vaso de leche tibia, y que desde entonces estaba pintado en letras doradas sobre un fondo azul pálido encima de la puerta de entrada. Era un local pequeño, de esquina, con dos ventanales enormes que daban a la calle y un mostrador de cristal donde cada mañana desfilaban, como modelos en una pasarela de seda y azúcar, las creaciones del día. Había ocho mesitas redondas de hierro forjado, cada una con su florero de vidrio y su flor fresca, y un pizarrón en la pared donde ella escribía el menú con tiza de colores y una caligrafía que había practicado durante meses frente al espejo del baño.

Tenía dos años y medio de abierta. Dos años y medio de deudas, de hornos que se descomponían un viernes por la noche, de proveedores que prometían entregar el martes y entregaban el jueves, de clientes que querían un pastel de bodas para dentro de tres días y se ofendían cuando ella se reía. Dos años y medio de dormir poco, comer de pie y contar los billetes de la caja con los dedos cruzados.

Y, sin embargo, era suyo. Cada grieta del piso de baldosas, cada mancha de harina en el delantal, cada cliente habitual que entraba diciendo buenos días como si el día de verdad lo fuera. Todo aquello era suyo, y nadie se lo había regalado.

Esa última parte era importante para Kylie. Era, de hecho, la parte más importante de todas, la que sostenía el resto como la viga maestra sostiene una casa. Porque hubo una época, años atrás, en la que alguien había intentado quitarle exactamente la posibilidad de tener algo propio. Pero de eso no pensaba acordarse tan temprano, con el estómago vacío y las manos llenas de mantequilla.

—Concéntrate, Kennedy —se dijo.

Dobló la masa en tres, la giró un cuarto de vuelta, la volvió a estirar. El ritmo la calmaba. Había algo casi musical en el laminado, en ese ir y venir paciente que exigía las manos frías y la cabeza fría y, sobre todo, el humor templado. Su abuela decía que una buena pastelera era la que lograba hacer enojar a la masa sin enojarse ella. Kylie nunca había dominado esa segunda mitad de la frase.

A las seis y diez, con la primera tanda de croissants dentro del horno y el aroma empezando a escaparse por las rendijas hacia la calle, como un rumor delicioso, sonó la campanilla de la puerta trasera.

—Estoy cerrada —gritó ella sin voltear—. Vuelva en una hora, o en dos, o nunca, según como amanezca mi humor.

—Qué recibimiento tan cálido. Con razón tienes tantos clientes fieles.

Kylie sonrió sin querer, todavía de espaldas.

—Valeria, son las seis de la mañana. ¿Qué haces despierta? Las novias se supone que duermen para que no les salgan ojeras.

—Las novias se supone que hacen muchas cosas —respondió la voz, y unos pasos ligeros cruzaron la cocina—. Yo me supongo que tengo veintisiete días para la boda, un vestido que de repente me aprieta en la cintura y una madre que ha decidido que el color de las servilletas es un asunto de vida o muerte. Así que no duermo. Me levanto, respiro y vengo a verte a ti, que eres la única persona cuerda de mi vida.

Kylie se volteó por fin, limpiándose las manos en el delantal, y ahí estaba. Valeria Montenegro, su mejor amiga desde los dieciocho años, de pie en medio de la cocina con un abrigo enorme encima de un pijama de corazones, el cabello rubio recogido en un moño que desafiaba la gravedad y una caja de cartón blanca entre los brazos, apretada contra el pecho como si contuviera un secreto de estado.

—Cuerda no sería la palabra que usaría cualquiera que me conozca —dijo Kylie.

—Entonces, la única persona que me quiere a pesar de mí. Mejor. —Valeria dejó la caja sobre la mesa de acero y se sentó en el taburete junto al horno, sin pedir permiso, porque en ese taburete llevaba sentándose diez años—. ¿Hay café?

—Siempre hay café.

—¿Hay café bueno?

—Eso depende de si vas a seguir criticándome el café.

—Sólo critico lo que amo.

—Entonces me debes una crítica larguísima de este café.

Kylie le sirvió una taza grande, humeante, con un chorrito de leche y dos cucharadas de azúcar, exactamente como la tomaba desde la universidad, y se la puso enfrente. Valeria cerró los ojos al primer sorbo, con la reverencia de quien comulga.

—Ahora sí. Ahora puedo hablar como persona.

—Qué alivio. Hasta ahora me estabas hablando como boda.

—Es que vengo a hablarte de la boda.

—Qué sorpresa tan inesperada.

—Y de otra cosa. —Valeria bajó la taza con un gesto delicado, demasiado delicado, y Kylie, que conocía a su amiga como se conoce el camino de vuelta a casa, sintió un cosquilleo desagradable en la nuca.

—Valeria.

—Todavía no te dije nada.

—Hace cuatro segundos tenías cara de persona sincera. Ahora tienes cara de persona que va a pedir un favor enorme y que se está preparando para mi respuesta. Esa cara la conozco. La tuviste cuando me pediste que te acompañara a hacerte un tatuaje, y terminé yo con el tatuaje.

—Fue una mariposa muy pequeña.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.