Un Beso en el Desierto

Capítulo 1: Cuarenta y ocho horas

Aleska Rivas tenía tres reglas para los viajes de trabajo: llegar temprano, no confiar en nada que no tuviera cláusulas y jamás, bajo ninguna circunstancia, improvisar.

Iba en la parte de atrás de una camioneta destartalada que olía a polvo, a anís y a algo que prefería no identificar. Llevaba un blazer color marfil, una carpeta de cuero apretada contra el pecho y unos tacones de ocho centímetros que en Santiago parecían una buena idea. Afuera, el desierto de Atacama se extendía en todas direcciones como una página en blanco que nadie se había molestado en llenar.

—¿Falta mucho? —preguntó por tercera vez.

El conductor, un hombre de bigote espeso y paciencia infinita, miró por el retrovisor.

—Falta lo que falta, señorita.

—Eso no es una distancia.

—Aquí sí.

Aleska respiró hondo y abrió la carpeta. Ahí estaba, impecable, treinta y dos páginas de contrato de compraventa: el Hotel Espejismo, un oasis con catorce habitaciones, una piscina natural y un dueño excéntrico que, según el expediente, llevaba dos años respondiendo "lo voy a pensar" a la oferta más generosa que cualquier hotel del norte de Chile hubiera recibido jamás.

Cinco años. Cinco años había esperado el ascenso a socia en el estudio Valdés & Asociados. Cinco años de cafés fríos, de fines de semana sacrificados, de ver cómo ascendían a hombres que hablaban más fuerte que ella pero leían menos. Y el señor Valdés, con esa sonrisa de tiburón bien vestido, le había dicho antes de que subiera al avión:

—Tráeme esa firma, Aleska, y la oficina de la esquina es tuya.

La oficina de la esquina. Tenía ventanal, escritorio de roble y una vista al cerro San Cristóbal. Ya la había medido mentalmente.

Solo tenía que viajar al fin del mundo, convencer a un anciano raro y volver a casa. Dos días. Tres, como máximo.

—Ahí está —dijo el conductor.

Aleska levantó la vista y, por primera vez desde que había aterrizado en Calama, se quedó sin palabras.

En medio de un mar de arena dorada, como si alguien hubiera dejado caer un trozo de otro planeta, brotaba un islote verde: palmeras, un estanque de agua turquesa y un edificio de adobe blanco con arcos, balcones de madera y cientos de farolitos de colores colgando de los techos. Era hermoso. Era ridículamente hermoso.

Y eso, pensó, era justo lo que la ponía nerviosa. Las cosas hermosas siempre salían caras.

—Bienvenida al Espejismo —dijo el conductor—. Le advierto: aquí el tiempo hace lo que quiere.

—El tiempo no hace lo que quiere. El tiempo es una constante.

El hombre sonrió sin contestar, bajó la maleta y, apenas ella puso un pie en la arena, el tacón se hundió hasta el tobillo.

—Perfecto —murmuró.

Intentó sacarlo. El zapato salió; el pie no. Hizo un equilibrio muy poco elegante, dio dos saltitos, y cuando ya creía haber recuperado la dignidad, una llama enorme, de pelaje color caramelo y expresión de profunda desaprobación, se plantó frente a ella y la miró directo a los ojos.

—Hola —dijo Aleska, porque no se le ocurrió nada mejor.

La llama escupió. No a ella, por suerte, sino a un costado, con una puntería insultante que parecía un comentario.

—¡Habeas! ¡Eso no se hace!

La voz venía de arriba. Aleska levantó la mirada y vio, sentado en el borde del tejado como si fuera la cosa más natural del mundo, a un hombre.

Estaba descalzo. Tenía una camisa de lino arremangada, tan arrugada que parecía haber dormido con ella durante una década, y el pelo oscuro revuelto por el viento. Una cámara antigua le colgaba del cuello. Tenía la piel tostada por el sol y una barba de varios días, y sostenía en una mano un martillo y en la otra una taza humeante.

—Disculpa —dijo él, sin demasiada sinceridad—. Es que le caes mal.

—¿A quién?

—A Habeas. La llama. Es muy buena juzgando a la gente.

—¿La llama se llama Habeas?

—Habeas Corpus. Pero entre nosotros, Habeas.

Aleska entrecerró los ojos. Un tipo de tejado, de manos curtidas y expresión divertida. Obviamente, un empleado. Obviamente, el encargado de mantención.

—Perfecto —dijo, con su mejor voz de oficina—. Soy Aleska Rivas, del estudio Valdés & Asociados. Tengo una reunión con el señor Salim Haddad. Necesito que lleves mi equipaje a mi habitación y que alguien me avise cuando él esté disponible.

El hombre se quedó mirándola un segundo, con la taza a medio camino de la boca. Algo le brilló en los ojos, algo que Aleska, años más tarde, reconocería como el instante exacto en que a él se le ocurrió el plan.

—Claro —dijo—. Será un placer, señorita Rivas.

Bajó del tejado con una agilidad irritante, agarró la maleta, que pesaba lo que pesa una vida entera, y en lugar de usar el sendero de piedras que rodeaba el edificio, echó a caminar directo por la arena suelta.

—Perdón, hay un camino —dijo ella, siguiéndolo con el zapato en la mano.

—Este es más corto.

—No lo parece.

—El desierto engaña.

La maleta, con sus cuatro ruedas diminutas, se hundió, se atascó, rebotó y finalmente se rindió a media duna. El hombre la levantó al hombro con un suspiro teatral, como si cargara un cadáver.

—¿Qué lleva aquí? ¿Los códigos civiles completos?

—Tres. Por si acaso.

Él soltó una carcajada corta, sincera, que le arrugó los ojos. Y por un momento, solo por un momento, Aleska sintió algo parecido a la simpatía. Después recordó que tenía arena en las medias y esa sensación murió en el acto.

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La habitación era otra declaración de guerra.

Tenía una cama enorme de madera tallada, un balcón con vista al oasis, una bañera de cobre en el medio, a la vista de todos, sin ningún tipo de privacidad, y un techo de vigas sobre el que, por razones que Aleska no quiso explorar, se escuchaba caminar a algo.

—¿Qué es eso?

—El techo —dijo el hombre.

—Algo camina arriba.

—Es el techo —repitió él, muy serio.




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