Aleska despertó antes de que sonara cualquier cosa, porque no había nada que pudiera sonar. Sin reloj, sin alarma, sin teléfono que vibrara sobre la mesa de noche, abrió los ojos en medio de una penumbra azulada y tardó unos segundos en recordar dónde estaba. Arriba, en el techo, algo caminó de un lado a otro con pasos livianos y se detuvo justo encima de su cama.
—Buenos días a ti también —dijo, con la voz ronca.
Se incorporó despacio. El aire de la habitación estaba frío, mucho más frío de lo que había imaginado para un desierto, y se le erizó la piel de los brazos. Recordó haber leído en alguna parte que en Atacama las noches congelaban y los días quemaban, y en su momento lo había archivado como un dato curioso. Ahora, con los pies descalzos sobre el suelo de barro, entendió que los datos curiosos tienen la mala costumbre de volverse personales.
Se vistió con lo que consideró más sensato: pantalón beige de lino, una camisa blanca, el blazer marfil doblado sobre el brazo y unas zapatillas deportivas que había metido en la maleta por pura precaución, sin pensar jamás que las usaría. Los tacones, con la arena todavía pegada a la suela, quedaron junto a la puerta como dos testigos de un crimen.
Cuando bajó, el patio estaba iluminado por una luz que ella no supo nombrar. No era la luz del día, todavía, ni la de la noche. Era algo intermedio, un resplandor rosado que se apoyaba sobre las palmeras y hacía que los farolitos de colores parecieran apagarse de puro pudor. Olía a café turco, a cardamomo y a pan recién sacado del horno.
Amir estaba sentado en el borde de la fuente, descalzo, con una taza entre las manos y la mirada perdida en el horizonte. No se dio vuelta cuando ella llegó.
—Puntual —dijo, sin mirarla.
—Eran las seis y media cuando me desperté. Calculé.
—¿Cómo calculaste, si no hay relojes?
—Por el hambre y por el frío —respondió ella—. Es un método impreciso, pero funciona.
Él giró la cabeza y la observó con una ceja levantada, como quien acaba de descubrir que el mueble de la sala sabe hablar.
—Vaya —murmuró—. Aprende rápido, la abogada.
—Soy abogada, no tonta.
—Nadie dijo lo contrario.
—Tu tono sí.
Amir sonrió, pero no contestó. Le extendió una taza que había tenido escondida a su lado, y Aleska la tomó con cierta desconfianza. El café era espeso, oscuro, casi dulce, con un fondo de especias que le calentó el pecho desde adentro. Estuvo a punto de decir que estaba bueno, pero se mordió la lengua. Esa no era la clase de victoria que pensaba regalarle.
—Hay pan en la mesa —dijo él—. Come todo lo que puedas. Después no vamos a tener un desayuno decente.
—¿Cuánto dura el viaje?
—Depende.
—De qué.
—Del desierto.
Aleska cerró los ojos un instante y respiró.
—Amir. Si me vuelves a contestar con una frase que parezca sacada de una galleta de la fortuna, voy a perder la paciencia.
—Dos días —dijo él, con un suspiro resignado—. Si todo sale bien, dos días de ida y uno de vuelta. Pero el desierto no firma contratos con nadie.
—Tres días.
—Tres días.
—Perfecto —repitió ella, y se sentó a desayunar con la espalda muy recta.
El pan estaba tibio, con una corteza crujiente que se deshacía en migas sobre el plato, y había un cuenco de miel oscura, higos secos y un queso blanco y salado que Aleska devoró sin querer admitirlo. Mientras comía, vio a Habeas cruzar el patio con su paso solemne, seguida por una gallina que parecía haberla adoptado como guardaespaldas. La llama se detuvo frente a ella, la miró un largo rato y volvió a seguir de largo.
—No escupió —observó Aleska.
—Es un progreso —dijo Amir—. Ayer te odiaba. Hoy te tolera.
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
—¿También pasaste del odio a la tolerancia?
Él tardó en responder. Le dio un sorbo largo a su café y mantuvo la vista en el fondo de la taza.
—Yo no te odio, Aleska. Solo creo que estás en el lugar equivocado.
Era la primera vez que decía su nombre, y lo dijo despacio, con una pronunciación cuidadosa, como si lo estuviera probando. A ella le molestó darse cuenta de que lo había notado.
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El jeep era un vehículo que había visto mejores décadas.
Estaba estacionado junto a un galpón de latón, con la pintura verde descascarada, las ruedas anchas cubiertas de polvo y un portaequipajes en el techo atado con cuerdas que parecían tener más voluntad que fuerza. Un bidón de agua colgaba de la parte trasera, junto a una pala y una escoba que Aleska prefirió no preguntar para qué servían.
—¿Esto es seguro? —preguntó.
—Es confiable.
—No es lo mismo.
—No —admitió Amir—, pero suena mejor.
Cargaron los bolsos entre los dos. Ella lo observó acomodar cada objeto con una precisión sorprendente: las botellas de agua primero, apiladas en el fondo; después, las mantas, una carpa plegada, una caja de metal con comida seca, una linterna, un botiquín y una radio vieja que él acarició con los dedos antes de guardarla.
—¿Esa radio funciona?
—A veces.
—¿Y cuándo no?
—Entonces rezamos.
—Tú eres muy poco tranquilizador.
—Y tú tienes mucho equipaje —replicó él, levantando por el asa la maleta con los tres códigos civiles—. No pienso llevar esto. Se queda.
—Ni lo sueñes.
—Pesa cuarenta kilos, Aleska.
—Treinta y ocho.
—Peor aún, porque estás orgullosa.
Ella le arrebató la maleta con una dignidad inesperada, la abrió allí mismo, en medio del polvo, y sacó del interior una sola carpeta, la del contrato. Después la cerró y la empujó hacia él con la punta del pie.
—Listo. Lo único que importa va conmigo.
Amir la miró un momento, sorprendido, y por primera vez asintió sin burla.
—Eso sí lo entiendo.
Salim apareció poco después, caminando despacio con su bastón y envuelto en una manta de lana que le llegaba hasta los pies. Se acercó al jeep, golpeó el capó con dos nudillos, como quien saluda a un viejo caballo, y después se volvió hacia ellos con los ojos brillantes.