El jeep avanzó durante una hora más sin que ninguno dijera una palabra. La línea pálida del horizonte no desaparecía, pero tampoco parecía crecer, y Aleska, que había decidido no mirarla, la miraba de reojo cada pocos minutos con la misma disciplina con que otros se muerden las uñas.
El camino se había vuelto distinto. Ya no había llanuras de sal ni rocas rojizas, sino un terreno ondulado de arena clara, fina como harina, donde las ruedas dejaban una marca que el viento borraba casi de inmediato. Amir manejaba despacio, con los dos brazos sobre el volante y la mandíbula tensa, y a cada rato levantaba un poco la cabeza para mirar el cielo, que había perdido su azul limpio y tenía ahora un tono lechoso, como un vidrio empañado.
—Estás nervioso —dijo ella.
—No.
—Llevas diez minutos apretando el volante.
—Estoy concentrado.
—Es lo mismo, pero con mejor reputación.
Él casi sonrió. Casi. Pero justo entonces el motor emitió un ruido nuevo, un golpeteo seco y metálico, como si alguien adentro del capó estuviera lanzando monedas contra una lata. Amir frunció el ceño y soltó un poco el acelerador.
—¿Qué fue eso?
—Nada.
—Amir.
—Todavía nada.
—Deja de decir eso. Cada vez que dices "todavía nada" pasa algo.
El golpeteo volvió, más fuerte. Después vino un chirrido largo, un humo blanco y delgado que salió por las rejillas del capó, y finalmente un estertor profundo, casi humano, tras el cual el motor se apagó del todo. El jeep avanzó unos metros por inercia, perdió velocidad con una lentitud casi cómica y se detuvo en medio de la nada.
El silencio volvió a caer sobre ellos, igual de completo que antes, pero ahora tenía otro peso.
—Dime que es una broma —susurró Aleska.
—No es una broma.
—Dime que sabes arreglarlo.
—Voy a mirar.
Bajó del jeep y levantó el capó. Una nube de vapor le envolvió la cara y lo hizo toser. Aleska se bajó también, con las zapatillas hundiéndose en la arena tibia, y se quedó a unos pasos observándolo, con los brazos cruzados sobre el pecho. Él se inclinó sobre el motor, movió cables, tocó mangueras, se quemó los dedos, maldijo en voz baja en un idioma que ella no entendió pero cuyo significado resultaba bastante claro.
—¿Y bien?
—El radiador está roto —dijo al fin, sin levantar la cabeza—. Se perdió todo el líquido. Y creo que la bomba de agua también cedió.
—Eso es malo.
—Es muy malo.
—¿Se puede arreglar?
—Aquí no.
Aleska sintió que algo se le aflojaba por dentro, algo pequeño, pero importante, como el último tornillo de una silla que hasta ese momento había aguantado su peso.
—¿Y la radio?
Amir fue hasta la parte trasera, sacó la radio vieja, la encendió y giró la perilla. Salió un chisporroteo largo, un silbido, algo parecido a una voz que se cortó a la mitad de una palabra, y después nada. Probó otra vez. Y otra. La radio emitía ruido blanco y, de vez en cuando, un fragmento musical roto que parecía venir desde otro siglo.
—No hay señal —dijo.
—¿En ninguna parte?
—Detrás de esos cerros quizá. A unos cinco kilómetros.
—¿Y el celular?
Ella sacó el teléfono, lo levantó hacia el cielo como una ofrenda, y la pantalla le devolvió la misma frase que ya le empezaba a parecer una burla personal: Sin servicio.
—Perfecto —dijo, y se rio, una risa corta, un poco histérica—. Perfecto. Estoy varada en medio del desierto con un hombre que me cae mal y un jeep que parece sacado de un museo.
—Te recuerdo que yo tampoco elegí esto.
—Tú elegiste todo. Tú elegiste no decirme quién eras, tú elegiste el camino, tú elegiste este jeep.
—El jeep lo eligió mi padre.
—Entonces es tu herencia genética la que me tiene aquí.
—Eres increíble —murmuró él, cerrando el capó con más fuerza de la necesaria—. Estamos en un problema real y tú sigues buscando un culpable.
—Alguien tiene que serlo.
—No siempre.
—En mi mundo, sí.
—Tu mundo no tiene arena —dijo Amir, y el comentario, aunque simple, la dejó sin respuesta.
Se quedaron un rato así, mirándose desde lados opuestos del jeep, con el sol cayendo sobre ellos como un martillo caliente. Finalmente fue él quien suspiró, bajó los hombros y apoyó las manos sobre el capó.
—Está bien. Perdón. Fue un comentario tonto.
—Yo también me pasé.
—Un poco.
—Un poco —admitió ella—. ¿Qué hacemos ahora?
---
Amir tardó un buen rato en contestar. Se acercó al portaequipajes, empezó a contar botellas, a revisar bolsas, a sumar mentalmente, y Aleska lo observó hacerlo con una tensión creciente. Había algo en su manera de contar, en la forma en que los labios se le movían sin sonido, que la hizo sentir de pronto muy pequeña.
—Tenemos seis botellas de un litro y medio —dijo por fin—. Dos las bebimos esta mañana. Hay un bidón de veinte litros, pero perdió casi la mitad. Se rajó con las sacudidas del camino.
—¿Cuánto queda?
—Con lo que hay, entre los dos, alcanza para tres días. Si somos cuidadosos. Si no sudamos de más. Si no nos pasa nada.
—¿Y si nos pasa algo?
—Entonces menos.
—Genial.
—Hay otra opción —dijo él—. Podemos esperar aquí. Mi padre sabe la ruta que tomé. Si no llegamos en dos días a Villa Ojos del Sol, alguien saldrá a buscarnos. Pero eso es mucho tiempo, y con este calor...
—¿Y la otra opción?
—Caminar hasta esos cerros. Cinco kilómetros, con suerte. Hay una cueva que conozco, un refugio de arrieros. No es un hotel, pero tiene sombra y está protegida del viento. Y desde la cima quizás pille algo de señal.
Aleska miró el horizonte. Los cerros se veían pequeños y lejanos, de un violeta casi irreal, tan delgados que parecían dibujados con tiza. Después, sin querer, miró la línea pálida del cielo. Ya no era una línea. Ahora era una franja amplia, de un color amarillento sucio, y se movía.
—Eso se está acercando.