Amir terminó de cubrir la entrada con la lona vieja y la aseguró con dos piedras grandes en la base y una cuerda atada a un saliente de roca. El tejido se infló como una vela y se estremeció con cada ráfaga, pero resistió. Adentro, la oscuridad se volvió casi total, y durante unos segundos lo único que Aleska pudo oír fue el rugido sordo de la tormenta y su propia respiración.
—No te muevas —dijo él—. Voy a encender la linterna.
—No pensaba ir a ninguna parte.
Hubo un clic, y un círculo de luz amarilla tembló sobre el techo bajo de la cueva. Amir la dejó apoyada sobre una piedra, apuntando hacia arriba, de modo que la luz se esparciera suave por las paredes. Lo que antes parecía una grieta hostil se convirtió en un cuarto pequeño y extrañamente acogedor, con las rocas teñidas de ocre y sombras que se alargaban como figuras dormidas.
—Es mejor de lo que recordaba —murmuró él.
—¿Habías estado aquí?
—Una vez, hace años. Me atrapó una tormenta parecida mientras fotografiaba los cerros. Pasé la noche entera aquí, solo.
—¿Tuviste miedo?
—Mucho. Pero también fue la noche en que entendí por qué me quedaría en el desierto.
Aleska no preguntó más. Se quitó la mochila, la dejó en el suelo y se frotó los hombros doloridos. Tenía la piel de la cara tirante por el polvo, y al pasarse la mano por el pelo sintió que le caía arena como si fuera ceniza. Se vio un segundo a sí misma desde fuera: la abogada impecable, la que no admitía una arruga en el blazer, sentada en una cueva con el cabello hecho un desastre y las uñas negras de tierra. Era tan absurdo que casi le dio ternura.
—Deberíamos revisar los suministros —dijo, recuperando el tono de oficina.
—Ya lo hice mientras tú tosías.
—No tosía.
—Tosías como un gato con una bola de pelo.
—Qué imagen tan halagadora.
—Es la que tengo.
Ella le lanzó una mirada de advertencia, pero él ya se había girado hacia las mochilas y empezaba a vaciarlas sobre una manta extendida en el suelo. Contaron todo juntos, en silencio, con una cooperación que ninguno de los dos habría imaginado el día anterior. Cuatro botellas de agua llenas, una a medio llenar, una caja de metal con galletas saladas, dos latas de atún, un puñado de dátiles, almendras, un trozo de queso duro envuelto en tela, una manta gruesa y una segunda más fina.
—Una sola carpa —dijo Aleska, mirando el bulto que Amir había sacado del fondo de su mochila.
—La que traje es pequeña. De dos personas, apretadas.
—No pienso dormir apretada contigo.
—Entonces dormirás con arena.
—Ya tengo arena en lugares que ni sabía que existían.
—Es el desierto —dijo él con una sonrisa—. Se mete en todas partes.
Aleska iba a contestar, pero se contuvo. Desvió la vista hacia la lona de la entrada, que seguía sacudiéndose, y dejó que el comentario flotara sin respuesta.
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Comieron sentados en el suelo, con las espaldas apoyadas contra la pared. Amir abrió una de las latas de atún con un cuchillo pequeño y repartió las galletas, y ella, que en su vida había comido atún directo de la lata, descubrió que sabía a gloria. Entre bocado y bocado, él le pasó un dátil, y ella lo aceptó sin decir nada.
—¿Siempre has vivido así? —preguntó Aleska, después de un rato.
—¿Así cómo?
—Sin horarios. Sin planes. Sin nada que te ate.
—No siempre. Antes tenía un plan. Era un plan muy bueno. —Amir rodó un dátil entre los dedos—. Cinco años por delante, tres proyectos grandes, un libro, una exposición en Londres. Todo en una agenda que no cabía en un solo cuaderno.
—Suena a mi vida.
—Eso pensé cuando te vi llegar.
Ella lo miró de reojo.
—¿Qué pensaste?
—Que eras yo hace diez años.
—Qué insulto.
—No era un insulto.
—Lo parece.
—No lo era —repitió él, más bajo—. Eras la persona que tiene todo calculado, que cree que si lo hace bien, si se esfuerza lo suficiente, va a llegar a un lugar donde por fin va a poder descansar. Yo creí lo mismo. Y un día me di cuenta de que ese lugar no existía. Que siempre había otro ascenso, otra portada, otra fecha límite.
Aleska se quedó callada. Afuera, el viento cambió de tono, y por un momento sonó casi como una voz.
—Mi ascenso es real —dijo ella al fin, y le sonó menos firme de lo que quería—. No es un espejismo. Llevo cinco años esperándolo. Mi jefe me lo prometió.
—¿Y si te lo vuelve a prometer? ¿Y si dentro de cinco años estás en la misma oficina, pero con otro nombre en la puerta?
—Eso no va a pasar.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque no lo voy a permitir.
—Eso mismo decía yo.
—No te pareces a mí, Amir. Yo no voy a huir.
La palabra quedó suspendida entre los dos. Él la miró despacio, sin enojo, pero algo se endureció en su rostro, como una puerta que se cierra con suavidad.
—No huí —dijo.
—Dejaste todo.
—Elegí.
—Es lo mismo cuando la elección es esconderse en el medio de la nada.
—No me escondo. —Amir dejó el dátil en el suelo—. Vivo. Hay una diferencia, aunque tú no puedas verla desde tu oficina con vista al cerro.
—Qué conveniente. Todo el que no tiene éxito dice que eligió no tenerlo.
—Yo tuve éxito. Tuve más del que tú podrás imaginar. —Su voz subió medio tono—. Y no me sirvió de nada.
—Porque lo despreciaste.
—Porque me vació.
—Eso dicen los que se aburren.
—Y tú, ¿de qué te vas a vaciar? ¿Cuándo vas a darte cuenta de que llevas cinco años esperando que alguien te diga que eres suficiente?
Aleska se puso de pie de un salto. La cabeza casi le golpeó el techo, y tuvo que agacharse, lo que le restó dramatismo a la escena, pero no a su furia.
—No tienes derecho —dijo, con la voz temblando.
—Lo dije sin mala intención.
—Lo dijiste con toda la intención.
—Está bien, sí. —Amir también se levantó, y en el espacio reducido de la cueva, de pronto estuvieron demasiado cerca—. Lo dije con intención, porque es verdad, y porque estás tan ocupada defendiendo una oficina que ni siquiera tienes que no te das cuenta de que estás peleando por algo que no quieres.