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Aleska despertó con una luz dorada filtrándose por los bordes de la lona, y durante unos segundos no supo dónde estaba. Después sintió la arena en la nuca, el cuerpo molido, el sabor seco en la boca, y la memoria le cayó encima de golpe, completa, sin piedad, como un balde de agua fría.
El beso.
Cerró los ojos otra vez, con fuerza, y se quedó muy quieta dentro de la carpa, esperando que si no se movía el recuerdo se disolviera solo. No se disolvió. Seguía ahí, nítido y tibio, instalado en algún lugar entre el esternón y la garganta, y lo peor era que no lo recordaba con vergüenza, sino con una claridad casi científica: la presión de las manos de él en su cara, el crujido de la arena entre los dientes, el modo en que ella había tirado de su camisa como si quisiera arrancarle algo.
—Fue un error —murmuró, tan bajo que apenas se oyó a sí misma—. Un error de logística emocional.
Lo repitió dos veces más, con el mismo tono con que habría leído una cláusula, y no le sonó más convincente.
Afuera ya no se oía el viento. La tormenta había pasado en algún momento de la madrugada, y en su lugar quedaba un silencio nuevo, limpio y profundo, como el de una casa después de una fiesta. Aleska se incorporó despacio, con las articulaciones protestando una por una. Había dormido abrazada a la manta gruesa, la que él le había dado, y la soltó con un gesto brusco, como si quemara.
—Es una manta —se dijo—. Es solo una manta.
Se arregló lo que pudo. Se pasó los dedos por el pelo, que tenía la consistencia de un nido de pájaro, se frotó la cara con un poco de agua de la botella y un pañuelo, y se quedó un rato mirando su reflejo borroso en la tapa de metal de la caja de galletas. Tenía las mejillas quemadas por el sol, los labios algo cortados, y los ojos distintos, más abiertos, como si hubieran visto algo que todavía no sabían nombrar.
—Compórtate —le dijo al reflejo—. Eres una profesional. Eres una mujer adulta que cometió una imprudencia bajo condiciones extremas. Hay jurisprudencia para eso.
El reflejo no pareció convencido.
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Apartó la lona y salió al espacio de la cueva. La entrada, antes cubierta, estaba medio abierta; él había soltado una de las cuerdas y la luz de la mañana entraba en un haz largo que dibujaba en el suelo un rectángulo perfecto. Amir no estaba. Su manta fina yacía doblada con una pulcritud que contradecía todo lo que ella sabía de él, y encima, aplastada por una piedra, había una nota escrita en el reverso de una etiqueta de la caja de comida.
Salí a mirar el terreno. Hay café en la lata. No te alejes.
Aleska leyó el papel una vez, después otra, y sintió que se le encendía una rabia pequeña y absurda.
—No te alejes —repitió, con voz de burla—. Como si fuera una niña. Como si fuera a ir a alguna parte.
Arrugó la nota, la guardó en el bolsillo y buscó la lata. Había, en efecto, café: un líquido negro y turbio, todavía tibio, en una taza de metal abollada. Lo probó con desconfianza. Estaba amargo, fuerte, con un fondo de cardamomo, y le pareció uno de los mejores que había tomado en su vida. Estuvo a punto de reconocerlo en voz alta, pero no había nadie a quien negárselo, así que se limitó a tomárselo hasta el final con una expresión de profundo agravio.
Salió a la luz.
El mundo había cambiado de forma. Donde ayer había dunas, ahora había otras, nuevas, de curvas más suaves, como si alguien hubiera pasado una mano gigante sobre el paisaje y lo hubiera alisado. El cielo era de un azul limpísimo, sin una sola nube, y el sol, todavía bajo, tendía sobre la arena una luz rosada que hacía brillar cada grano como polvo de cobre. A lo lejos, entre los cerros, asomaba algo que podía ser el techo del jeep, sepultado hasta las ventanillas.
Y a unos treinta metros, de espaldas, sentado en cuclillas sobre una roca con la cámara entre las manos, estaba él.
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No lo saludó. Se quedó de pie, con los brazos cruzados, observándolo con la misma atención con que habría estudiado a un testigo hostil. Tenía el pelo revuelto, la camisa arrugada y cubierta de polvo, los pies otra vez descalzos sobre la piedra. Movía los dedos sobre el anillo del objetivo con una lentitud casi reverente, y de vez en cuando levantaba la vista hacia una duna recién formada que recibía los primeros rayos con un borde incandescente.
Se oyó un clic suave.
—Buenos días —dijo él, sin volverse.
—¿Cómo supiste que estaba aquí?
—Se oye cuando alguien me mira con rencor.
—No te miro con rencor.
—Entonces con rigor.
—Con rigor, quizá.
Amir bajó la cámara y se giró por fin. Ella notó que él tampoco había dormido: tenía los ojos enrojecidos, una sombra violácea bajo cada párpado y esa expresión cuidadosa, casi educada, de quien camina sobre hielo delgado. La marca roja en el labio inferior, del golpe de arena, seguía ahí, y Aleska desvió la vista con tanta rapidez que casi se torció el cuello.
—Dormiste —dijo él.
—Perfectamente.
—Me alegro.
—¿Y tú?
—Como un bebé.
—Mientes.
—Sí —admitió, con una media sonrisa—. Pero entiendo que hoy es el día en que todo es normal.
—Exacto.
—Entonces, para ser normales, tengo que preguntarte cómo has dormido y tú tienes que responderme que bien.
—Ya lo hice.
—Y yo tengo que decir que me alegro.
—Ya lo dijiste.
—Estamos avanzando mucho —dijo él, y la sonrisa se le torció del todo.
Aleska apretó los labios. Era exactamente la clase de comentario que la volvía loca: dicho con suavidad, sin una pizca de mala intención aparente, y diseñado, estaba segura, para hacerla sentir ridícula.
—Quiero que quede claro —dijo, con la voz más fría que encontró— que lo de anoche fue una consecuencia directa de la privación de sueño, el estrés y el peligro. No tiene significado alguno.
—Claro.
—Fue un lapsus.
—Por supuesto.
—Y no volverá a ocurrir.