Un Beso en el Desierto

Capítulo 6: Los diez metros

Al amanecer del segundo día de caminata, Aleska descubrió que la distancia de diez metros era mucho más difícil de mantener de lo que había calculado. No por el cansancio, ni por el calor, sino porque el cuerpo, que es un animal traidor, tendía a acortarla sin avisarle. Daba tres pasos y se encontraba a ocho metros. Daba otros tres y estaba a siete. Entonces se detenía, fingía una piedra en el zapato, esperaba a que él se alejara y retomaba la cuenta, con los labios apretados y la dignidad un poco abollada.

Amir no se daba cuenta, o fingía muy bien no darse cuenta. Caminaba delante con su ritmo parejo, sin volverse, y de vez en cuando levantaba un brazo para señalar algo sin palabras: una grieta en el suelo, un hilo de sombra, un nido vacío sobre una roca. Ella respondía con un movimiento de cabeza que él no podía ver, y así transcurrían las horas, en una conversación hecha enteramente de gestos que ninguno de los dos habría admitido que era una conversación.

Había dormido mal. Muy mal. Se había pasado la noche escuchando los sonidos del desierto, el roce de la arena, el crujido lejano de una roca que se enfriaba, el aullido remoto de algo que podía ser un zorro, y bajo todos esos sonidos, la respiración de un hombre que dormía, o fingía dormir, a diez metros de la carpa. En algún momento de la madrugada había oído que se movía, que se levantaba, que caminaba despacio hasta quedar cerca de la entrada, y se había quedado inmóvil, con el corazón golpeándole las costillas, esperando no sabía qué. Pero él solo había dejado algo en el suelo, junto a la solapa, y se había alejado otra vez.

Era una botella de agua, llena hasta el borde, y encima, doblado en cuatro, un trozo de papel. No lo había leído. Lo había guardado en el bolsillo sin abrirlo, junto al ojo de cristal azul, y desde entonces lo sentía ahí, contra el muslo, como una brasa pequeña.

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A media mañana el terreno cambió. La grava negra dio paso a un suelo blanco y agrietado, una costra de sal que crujía bajo las zapatillas como cristal fino y que reflejaba el sol con una violencia que obligaba a entrecerrar los ojos. Aleska se cubrió la cara con el pañuelo, dejando solo una rendija para mirar. El calor subía desde el suelo y bajaba desde el cielo, y ella tenía la sensación de caminar dentro de un horno de espejos.

—Hay que bajar el ritmo —dijo Amir, por primera vez en toda la mañana.

Su voz le sonó extraña, ronca de tanto silencio.

—Estoy bien.

—No te lo pregunté.

—Entonces no sé por qué hablas.

—Porque aquí la sal quema los pies aunque no lo parezca. Y porque llevas dos horas sin beber.

—Tú tampoco bebes.

—Yo bebo cuando no me ves.

Aleska iba a replicar, pero la lengua se le había quedado pegada al paladar. Se dio cuenta, con una punzada de fastidio, de que él tenía razón: la boca le sabía a metal, y la cabeza le empezaba a dar vueltas con una suavidad peligrosa. Sacó la botella, la destapó y la acercó a los labios.

—Un sorbo —dijo él.

—Sé beber agua.

—Un sorbo corto. Espera. Otro.

—Amir.

—Es lo que hay que hacer.

—Lo sé.

—Entonces hazlo.

Ella bebió, con los ojos clavados en él, desafiándolo a decir una palabra más. Él no la dijo. Se limitó a asentir, giró sobre sus talones y siguió caminando, y Aleska se quedó un segundo parada, con la botella en la mano, odiándolo con una intensidad que le resultó casi agradable, porque al menos era un sentimiento claro, con bordes, de los que se pueden sostener con firmeza.

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El problema del agua apareció esa tarde.

Fue Amir quien lo descubrió, durante una de sus pausas rituales, cuando se agachó junto a la mochila para revisar los suministros. Aleska, a unos metros, lo vio quedarse inmóvil, con una botella en cada mano, y sintió el frío familiar de la premonición.

—Falta una —dijo él.

—¿Una qué?

—Botella. Teníamos cuatro llenas y una a medias. Ahora hay tres y media.

—Habrás contado mal.

—No cuento mal.

—Entonces se te cayó.

—No se me cayó nada.

—Pues yo no la tengo.

—No dije que la tuvieras.

—Lo insinuaste.

—No insinué nada, Aleska. Solo digo que falta una botella, y que en este lugar una botella es mucho.

—Y yo digo que no la tengo.

Se miraron a través de la distancia, cada uno con una botella en la mano y una sospecha en los ojos. Aleska sintió que algo se le revolvía en el estómago, una mezcla de indignación y de vergüenza anticipada, porque en el fondo de su memoria empezaba a asomar una imagen: la noche anterior, a oscuras, sedienta, abriendo una botella en la carpa y bebiendo sin medida, con una desesperación que no había sabido controlar.

—Yo bebí —dijo, de pronto.

—¿Cuándo?

—Anoche. En la carpa. Tenía sed.

—¿Cuánto?

—No sé. Bastante.

—¿Bastante cuánto?

—Quizá una botella entera.

Amir cerró los ojos. Exhaló despacio, con una paciencia visiblemente forzada, y se pasó la mano por la cara, dejando una raya clara sobre la piel polvorienta.

—Una botella entera.

—Tenía mucha sed.

—Yo también.

—No lo sabía.

—Claro que no. No lo dije.

—¿Por qué no lo dijiste?

—Porque pensé que... —Se interrumpió. Apretó la mandíbula—. Da igual.

—No da igual. Dilo.

—Pensé que tú necesitabas más. Y que yo podía arreglármelas.

—Eso es absurdo.

—Es lo que hice.

—¡Es lo que me tiene harta! —estalló ella, y la voz le salió más aguda de lo que quería—. ¡Esa manera de hacerte el mártir! De dejarme el agua, la carpa, el queso, como si yo fuera una criatura que necesita que la cuiden! ¿Quién te pidió que lo hicieras?

—Nadie.

—¡Entonces no lo hagas!

—No lo haré.

—¡Y no me dejes botellas con notitas!

—No era una notita.

—¿Qué era?

Se hizo un silencio largo. Amir tragó saliva. Parecía a punto de decir algo, y por un momento ella creyó que lo diría. Pero lo único que salió de sus labios fue una frase cansada.




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