Aleska despertó antes que nadie, cuando la cabaña todavía era una caja de sombras azules y el único sonido era el chasquido lejano de una brasa que se enfriaba. Se quedó quieta bajo la colcha, mirando las briznas de paja del techo, y tardó unos segundos en recordar que había prometido algo la noche anterior.
Mañana, había dicho.
Era ya mañana.
Giró la cabeza despacio. En el suelo, sobre la manta, Amir dormía de lado, con un brazo bajo la mejilla y la boca ligeramente abierta, y tenía en la cara una expresión que ella no le había visto nunca: sin ironía, sin guardia, sin esa tensión permanente en la mandíbula. Parecía más joven. Parecía alguien a quien todavía no le habían ocurrido las cosas que le habían ocurrido. Aleska lo observó un momento con una incomodidad tibia, como quien descubre un cuarto de su propia casa que no sabía que existía, y después apartó la vista y buscó a tientas el pantalón sobre la silla.
El papel seguía ahí, doblado en cuatro, un poco arrugado por haber pasado la noche apretado en su puño. Se lo llevó afuera.
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El amanecer en el puesto de Mamani era distinto al de cualquier otro lugar que hubiera visto. No había dunas ni llanuras de sal, sino un cerro rojizo que se encendía desde arriba, como una vela, y una hierba pálida y escarchada que crujía bajo los pies. El aire estaba tan frío que le dolían los dientes. Las cabras dormían apiñadas en el corral, con los hocicos escondidos entre los lomos de las otras, y bajo el alero, sentada en un banquito con una manta sobre los hombros y un cuenco entre las manos, la anciana ya estaba despierta.
No dijo nada. Levantó el cuenco en señal de saludo y le señaló un segundo banquito junto al fuego. Aleska se sentó. La mujer le alcanzó una taza de algo caliente que olía a hierbas, y las dos se quedaron un rato mirando cómo la luz bajaba por la ladera del cerro, centímetro a centímetro, tiñendo de rosa las piedras.
Aleska desdobló el papel.
La letra de Amir era irregular, apretada, de renglones que subían hacia la derecha como si cada frase tuviera prisa por terminar. No tenía saludo. Empezaba directamente.
Sé que no me corresponde escribirte esto, y sé que probablemente no lo leas. Lo escribo igual porque a las tres de la mañana, sentado a diez metros de tu carpa, entendí que me da más miedo no decírtelo que decírtelo.
No fui honesto contigo desde el primer día. Eso ya lo sabes y no voy a defenderme. Pero hay algo que quiero que sepas, y es que en el momento en que te vi pelear con tu zapato hundido en la arena, con la carpeta apretada contra el pecho y esa cara de querer demandar al desierto, supe que mi plan era una estupidez. No porque fueras fácil de espantar. Al contrario. Porque eras la primera persona en mucho tiempo que parecía incapaz de fingir.
No te pido que me perdones. Te pido que, cuando llegues a donde tengas que llegar, sepas que nadie te vio con mala voluntad. Te vieron mal informada, mal equipada y mal aconsejada, pero con una valentía que no se enseña.
La palabra que taché en mi cuaderno era "perdida". Escribí "estoy perdido" y no pude dejarlo ahí.
Aleska leyó la última línea dos veces, y una tercera. Después dobló el papel con mucho cuidado, lo dejó sobre su rodilla y se quedó mirando el fuego sin verlo.
Mamani, a su lado, dijo algo en voz baja en aimara. No era una pregunta. Aleska la miró, y la anciana le sostuvo la mirada con una ternura seca, sin lástima, y le puso una mano callosa sobre el antebrazo. Fue un gesto breve. Y sin embargo, por alguna razón, fue lo que hizo que a Aleska se le llenaran los ojos de lágrimas, y que no hiciera ningún esfuerzo por esconderlas.
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Se pusieron en marcha a media mañana, acompañados por Mamani y su rebaño. La anciana abría la marcha con un paso ágil que desafiaba toda lógica, y detrás iban las cabras, en desorden alegre, y detrás de las cabras, por turnos, Aleska y Amir, que ya no medían distancias, aunque tampoco hablaban. Había en el aire una especie de tregua frágil, sin firmar, que ninguno de los dos se atrevía a tocar por miedo a romperla.
Ella no le dijo que había leído la nota. Él no le preguntó. Pero a media tarde, cuando se detuvieron junto a un arroyo seco para que las cabras buscaran las matas verdes que crecían entre las piedras, Aleska se acercó a él mientras llenaba las botellas con el agua que Mamani les había dado.
—Perdida —dijo.
Él se quedó inmóvil, con una botella en la mano y el chorro de agua rebosando.
—¿Qué?
—La palabra. Estoy perdido.
—Ah.
—Lo leí.
—Ya veo.
—No sé qué decirte.
—No hace falta que digas nada.
—Pero quiero decir algo.
Amir cerró la botella, la dejó sobre una piedra y se limpió las manos en el pantalón sin mirarla. Había algo en su postura, los hombros un poco caídos, la cabeza baja, que a ella le recordó a un niño esperando un veredicto.
—Dilo, entonces.
Aleska tomó aire. Habría preferido redactar un escrito de veinte páginas.
—Gracias por escribirlo. Pero sigue sin cambiar lo de la lista. Siguen siendo dos cosas distintas, y las dos son ciertas. Planeaste hacerme daño, y no lo hiciste. Mentiste, y después dejaste de hacerlo. No sé todavía cómo se suman. Me cuesta.
—No tienes que sumarlas.
—Sí tengo. Soy así.
—Lo sé.
—Por eso necesito tiempo. Más del que tienes ganas de darme.
—Tengo todo el que haga falta.
Lo dijo con una sencillez tan absoluta que a ella le dio rabia no poder discutirlo. Se quedó mirándolo, con las botellas sudando entre los dedos, y entendió que acababa de entrar en un territorio nuevo, uno donde no existían cláusulas que la protegieran: el de dejar que alguien la esperara.
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Los días siguientes tuvieron un ritmo extraño, hecho de caminatas largas y pausas pequeñas, de paisajes que cambiaban sin avisar y de conversaciones que empezaban a media frase y terminaban en silencio. Mamani los llevaba por senderos de pastores, a veces tan angostos que había que caminar de a uno, a veces tan anchos que podían avanzar lado a lado, y en cada recodo parecía conocer una historia: la del cerro que lloraba cuando llovía, la de la roca que había sido una mujer, la del pozo donde un viajero perdido encontró a su abuela muerta.