Amir no volvió esa noche.
Aleska lo supo porque no durmió. Se quedó sentada en el borde de la cama, con la vela ya reducida a un muñón de cera y la carpeta abierta a su lado, escuchando cada ruido de la casa de Doña Pilar: el crujido de una viga que se enfriaba, el murmullo de la anciana rezando en la habitación contigua, el ladrido lejano de un perro que respondía a otro perro. A cada paso en el sendero de tierra levantaba la cabeza con un sobresalto que le dio vergüenza, y a cada paso que no era el suyo volvía a bajarla con una mezcla de alivio y de algo que se parecía demasiado a la decepción.
Hacia la madrugada, cuando el cielo de la ventana empezó a perder su negro y a adquirir ese azul turbio que precede al amanecer, se obligó a pensar con orden, que era lo único que sabía hacer cuando todo se desordenaba. Hechos: ella había redactado una cláusula. Hechos: la cláusula despojaba a un hombre de la casa de su madre. Hechos: no se lo había dicho en cinco días de caminata, de noches al lado, de curas de ampollas y de risas inesperadas. Hechos: él había dicho verdades tardías, y ella le había contestado que eran las peores, y el boomerang había vuelto con una puntería que cualquier litigante habría envidiado.
Conclusión: no había una sola cosa que pudiera alegar en su defensa que no sonara a excusa.
—Eres una abogada pésima —murmuró, y se rió sin ganas, porque era la misma frase que él habría dicho con otro tono.
Se acostó vestida, encima de la colcha, mirando el techo de vigas. Y por primera vez desde que había salido de Santiago, echó de menos su departamento: la cama de sábanas planchadas, el silencio de las nueve de la noche, la certeza de que nadie iba a entrar a su cuarto a romperle la idea de sí misma.
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Doña Pilar la encontró despierta cuando entró con una jarra de agua tibia y un paño. No dijo nada de la cama vacía del otro lado del tabique ni de la carpeta abierta ni de los ojos hinchados de la huésped. Dejó la jarra sobre la mesa, escurrió el paño con dos manos fuertes y se lo tendió.
—Lávese la cara.
—Estoy bien.
—No pregunté.
Aleska aceptó el paño. El agua tibia le hizo bien, aunque no lo habría admitido. Cuando levantó la cara, la anciana la miraba con las manos apoyadas en las caderas, de pie en medio del cuarto, con una expresión de juez que ya ha dictado sentencia y espera a que el acusado la descubra solo.
—El muchacho durmió en casa de Ramiro —dijo al fin—. En el banco de la cocina. Se levantó antes que el gallo y se fue a mirar el agua.
—No me interesa.
—Claro que no.
—Es una cuestión de trabajo. Tenemos un asunto pendiente con don Eliseo y...
—Don Eliseo no los puede recibir hoy.
Aleska se quedó quieta.
—¿Cómo que no?
—Amaneció mal. La nieta dice que no ha podido levantarse. Dice que mañana, si Dios quiere.
—Mañana.
—Mañana. O pasado. Aquí las cosas se hacen cuando se pueden hacer.
Aleska cerró los ojos. Estuvo a punto de decir algo sobre plazos, sobre ofertas que vencían, sobre una oficina de esquina que se enfriaba a mil kilómetros de distancia, pero se dio cuenta de lo absurdo que sonaba en esa habitación de adobe, frente a una mujer que había enviudado hacía diez años y seguía poniendo dos tazas en la mesa por costumbre.
—Entonces esperaré —dijo.
—Eso hará.
—Pero no me gusta.
—A nadie le gusta esperar —dijo Doña Pilar, recogiendo el paño—. Pero hay cosas que solo maduran así. El queso, el pan y los rencores.
—Yo no tengo rencor.
—Entonces es otra cosa.
Salió dejando tras de sí un olor a leña y una frase suspendida que Aleska no quiso examinar.
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El primer día de espera fue el más largo de su vida adulta. No porque no hubiera nada que hacer, sino porque no había nada que hacer que le perteneciera. En Santiago, cada hora tenía un destino: un expediente, una reunión, un correo que contestar. Aquí las horas simplemente pasaban, una tras otra, como las cabras de Mamani, con el mismo andar indiferente, y ella se quedaba a un costado mirándolas sin saber en cuál subirse.
Intentó ocuparse. Ayudó a una mujer a moler maíz sobre una piedra plana, y a los diez minutos tenía los brazos temblando y la señora, con una amabilidad humillante, le quitó la mano de la piedra y le señaló un banco. Intentó lavar su ropa en el manantial, y descubrió que el agua era tan fría que le dolían los dedos hasta el hueso. Intentó leer, pero solo tenía el contrato, y después de la tercera lectura de la cláusula once cerró la carpeta con tanta fuerza que un niño que pasaba por ahí salió corriendo.
Y todo el tiempo, sin querer, lo buscaba.
No lo veía. Estaba en alguna parte, lo sabía por los comentarios de los vecinos: el fotógrafo andaba por el borde del manantial, el fotógrafo ayudó a descargar un camión, el fotógrafo se sentó a escuchar a los viejos del algarrobo. Lo que nunca le decían era dónde estaba exactamente, y cada vez que ella doblaba una esquina, se encontraba con una plaza vacía y un perro que la miraba con desaprobación.
A media tarde, agotada, se sentó bajo el algarrobo enorme, a la sombra moteada, con los pies cruzados bajo el cuerpo y la carpeta sobre las rodillas, y fue entonces cuando oyó el crujir de papel a su espalda.
—Usted es la señorita de la carpeta.
Se volvió. A tres metros, sentada sobre una raíz del árbol con una agenda de tapas rojas abierta sobre las rodillas y un lápiz detrás de la oreja, había una niña de unos ocho años, de trenzas desiguales y un vestido de algodón con el dobladillo descosido. La miraba con una seriedad tan absoluta que Aleska sintió el impulso absurdo de ponerse de pie.
—Soy Aleska.
—Lo sé. Mi abuela me contó.
—¿Y quién es tu abuela?
—Doña Pilar. Yo soy Inti.
—Mucho gusto, Inti.
—Igualmente. —La niña consultó la agenda con los ojos entornados—. Tengo que preguntarle una cosa y no sé si es el momento.