Un Nacimiento prohibido.
—¡Lucía, por favor, sobrevive!
Un hombre de unos treinta y cuatro años apretaba con fuerza la mano de la mujer, rogando en voz baja como si las palabras pudieran hacer algo que las manos no podían. Ella, de cabello negro y piel pálida, pujaba cubierta en sudor. Varias mujeres la rodeaban, rezando a su señor oscuro con voces quebradas.
—Sumo Sacerdote, que Satán no lo permita, pero su mujer está muriendo. Debemos sacar al niño a la fuerza —exclamó una de las mujeres mayores, interrumpida de inmediato por el grito desgarrador de Lucía.
—Pero eso la matará —dijo él, mirándolas con el ceño fruncido.
—Es lo único que podemos hacer. Si no actuamos, morirán los dos —respondió la mujer, sosteniéndole la mirada con una gravedad que no dejaba espacio para el debate.
El Sumo Sacerdote asintió, aunque le costó. Sabía lo que significaba ese gesto.
Una joven alta, de cabello rubio y piel morena, tomó una navaja. Las demás sujetaron a Lucía con firmeza y le cubrieron la boca para ahogar sus gritos. La joven comenzó a cortar. El Sumo Sacerdote quiso detenerlas, extendió la mano, pero no pudo. Ya estaba decidido: el bebé tenía que sobrevivir.
O eso creían ellas.
La madre murió desangrada. Su cuerpo quedó en aquel bosque donde cazaban a las brujas, donde la tierra ya estaba acostumbrada a absorber lo que no debía. El Sumo Sacerdote les hizo jurar a todas, una por una, que guardarían aquel secreto hasta la tumba. Que su hijo jamás lo sabría. No todavía.
Eso esperaba él, al menos.
Aunque los jóvenes brujos y brujas suelen ser crueles entre sí, y los secretos, por bien guardados que estén, siempre encuentran la manera de salir.