Un inicio demasiado común.
En un pequeño pueblo cerca de Salem, Massachusetts, solo si logras atravesar el bosque donde se originó la caza de brujas, llegarás a un pequeño asentamiento sin tecnología, aislado del mundo, cuyos habitantes lo han nombrado Hexen Haven.
Ahí vive un chico de piel pálida, cabello negro y ojos oscuros. Su apariencia podría parecer frágil, incluso algo demacrada. En ese momento se estaba arreglando para ir a la escuela… la de los mortales. Su padre no le permitía asistir a la academia de artes oscuras.
—Raven, sal —dijo una voz masculina desde fuera de la habitación. No levantó el tono. No lo necesitaba. Bastaba con esa frialdad casi cruel.
El pelinegro abrió la puerta para dejar pasar a su padre, mientras con la otra mano intentaba domar el desastre de su cabello.
—Por el amor a Satán, ya deberías estar listo —su padre soltó un suspiro frustrado, masajeando su ceño fruncido—. No necesitas tantas frivolidades.
—Cierto… —Raven hizo una pausa mientras se observaba en el espejo—. Tienes asuntos más importantes que tu propio hijo.
Comenzó a buscar su mochila, tratando de ocultar el enojo que hervía dentro de él.
—No. Solo que a veces detesto lo mortal que puedes ser —respondió su padre tras un momento—. Eres exactamente como tu madre. Ella también estaba cegada por banalidades.
El hombre sonrió con una crueldad tranquila.
—Y mira cómo terminó eso… Muerta. Dejando a un niño abandonado.
Raven apretó los puños a sus costados, sintiendo arder la rabia dentro de él. Pero no habló. Se quedó callado, aguantando aquel desprecio en silencio.
—Baja a desayunar ahora —dijo su padre antes de salir de la habitación y dirigirse a su oficina.
Raven suspiró. Se puso una sudadera negra sobre el short corto y ajustado que llevaba, y bajó las escaleras de la escalofriante mansión Royale, que olía perpetuamente a cenizas e incienso. Era, para los mortales, una funeraria.
…
Mientras Raven desayunaba panqueques con mermelada de moras —su favorito, especialmente cuando los preparaba su tía Juniper—, la mujer apareció con su eterna sonrisa maternal y le acomodó un mechón rebelde.
—Mi pequeño cuervo… ¿Tu padre aún no baja?
—No, tía Juniper —respondió él, tomando un pedazo de panqueque.
Ella suspiró mientras acariciaba a un gato siberiano negro entre sus brazos. Su apariencia juvenil contrastaba con los más de tres siglos que ocultaba bajo la piel.
—Por Satán, ese viejo testarudo —murmuró con calma, aunque la irritación hacia su hermano hervía en su interior.
Antes de que terminara de desayunar, sonó el timbre de la gran mansión. Juniper abrió la puerta y se encontró con una chica pelirroja muy linda, de pecas y ojos claros.
—Clarisse, pasa cariño —le indicó el comedor con un gesto.
La pelirroja asintió y se dirigió hacia donde estaba Raven. Al verlo, corrió a abrazarlo. Él, sorprendido, recibió el abrazo con torpeza.
—Clarisse, ponte un cascabel —dijo Raven, mirándola con confusión.
Clarisse era su mejor amiga desde que entró a la preparatoria, y una de las pocas cosas que amaba de su miserable vida casi inmortal.
—Perdón… perdón —repetía ella sin soltarlo.
Raven soltó un suspiro pesado. Clarisse lo liberó de golpe al notar que el padre de Raven había bajado al comedor con el ceño fruncido y los brazos cruzados.
—Hijo, ya vete a clases.
—Sí, padre. Ya nos vamos —Raven empujó a Clarisse hacia la entrada y tomó su mochila.
—¡Hey! —protestó ella en voz baja mientras era conducida a la salida.
Raven le tapó la boca hasta que estuvieron fuera. Sabía bien que a su padre no le gustaban los mortales en casa, ni siquiera la mejor amiga de su hijo.
—¿Qué fue eso, Raven? —dijo Clarisse, frotándose el brazo.
—Nada —respondió él, intentando sonar seguro, aunque su voz tembló sutilmente.
Ella levantó una ceja. No le creyó, pero no insistió.
—Oye, cambiando el tema… ¿Sabías que el heredero de la familia Haunter va a entrar a la escuela?
—¿Hablas de Elias Haunter? —alzó una ceja.
Ese apellido le resultaba familiar, aunque no lograba recordar dónde lo había escuchado. Clarisse asintió.
—Raven, estás más distraído de lo normal. ¿Estás bien?
—Estoy bien. Ya sabes que siempre me pierdo en mis pensamientos —dijo él con una sonrisa.
Clarisse rio suavemente, porque tenía razón.
Mientras caminaban, Raven sintió un cosquilleo en la palma de su mano, como si alguien escribiera sobre ella. Lo más probable era que fuera Luther Blackwood, un brujo engreído e insoportable.
Pequeño Raven, tu padre me ha solicitado que te cuide incluso en la escuela mortal. Espero que no hagas ninguna de tus grandes estupideces de siempre.